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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN EL TERCER CENTENARIO DE LA CONSAGRACIÓN
DE LA CATEDRAL DE NIZA

 

A monseñor Jean BONFILS
Obispo de Niza (Francia)

Ahora que la diócesis de Niza celebra el tercer centenario de la consagración de la basílica catedral de Santa María y Santa Reparada, que tuvo lugar el 2 de mayo de 1699, me uno de todo corazón a la alegría y a la acción de gracias de la comunidad cristiana, que se reúne en ese lugar particularmente expresivo para la Iglesia diocesana, signo de su unidad, en torno a su obispo. La catedral de Niza está dedicada ahora a la Virgen María, Madre de la Iglesia, y a Santa Reparada, que el martirologio romano nos presenta como virgen, originaria de Cesarea de Palestina, y mártir, que se negó a ofrecer sacrificios a los ídolos.

 Mediante un acto litúrgico solemne, la consagración convirtió la catedral en centro de vuestra diócesis, dado que refleja su vida, como una casa refleja la vida de la familia que vive en ella. Es el lugar, abierto a todos, donde cada uno encuentra a Cristo, que llama a sus discípulos para alimentarlos con su palabra y su Cuerpo. Punto de referencia permanente de todos los diocesanos, está destinada a reunir a los fieles en «Iglesia-asamblea» y en «Iglesia-comunidad». La catedral debe ser considerada el centro de la vida litúrgica de la diócesis: «Por la majestad de su construcción, evoca el templo espiritual que se edifica interiormente en las almas y resplandece con la magnificencia de la gracia divina, como afirma el apóstol san Pablo: iaVosotros sois el templo de Dios vivol. (2 Co 6, 16)» (const. apost. Mirificus eventus, 7 de diciembre de 1965).

La catedral no sólo simboliza una parte de la Iglesia, sino la totalidad de ella. En efecto, en cada Iglesia particular se halla presente la Iglesia de Cristo, y en ella reside la presencia de Cristo. La oración de la dedicación nos recuerda que un templo «es signo del misterio de la Iglesia, a la que Cristo santificó con su sangre, convirtiéndola en su esposa resplandeciente, virgen admirable por la integridad de su fe y madre fecunda por la fuerza del Espíritu». Así, todos los fieles están invitados a profundizar cada vez más en el misterio de la Iglesia. En particular, deben recordar que la catedral es la iglesia donde está la sede del obispo, la cátedra, que es «signo del magisterio y de la autoridad del pastor de la Iglesia particular, y signo de la unidad de los creyentes en la fe que anuncia el obispo como pastor de su rebaño» (Ceremonial de los obispos, 42). En la cátedra de Niza, desde los primeros siglos, se han sucedido numerosos obispos, «transmisores de la semilla apostólica» (Lumen gentium, 20). En torno a la sede del obispo están llamados a reunirse los ministros ordenados y los fieles, puesto que «donde está el obispo, allí está también la Iglesia» (san Ignacio de Antioquía, Carta a los fieles de Esmirna, 8, 2).

Deseo que los católicos de su diócesis acudan en gran número a esa catedral, sobre todo durante el gran jubileo, para confirmar su fe, sentirse cada vez más miembros de la Iglesia, convertirse y ser misioneros de la nueva evangelización (cf. bula de convocación del gran jubileo del año 2000 Incarnationis mysterium, 6). Deberán reforzar los vínculos de comunión eclesial al acudir a ella el domingo para celebrar el memorial del Señor, muerto y resucitado. Al entrar en esa casa de Dios, cuya decoración atrae la mirada hacia las alturas y expresa el misterio de la revelación en Jesucristo, escucharán su llamada permanente a conocerlo y seguirlo, como dice el Salmo: «Tu amor, oh Dios, evocamos en medio de tu templo» (Sal 48, 10). Desde la perspectiva jubilar, irán también a obtener la fuerza del perdón, para encontrar la paz que proviene del Resucitado.

Invocando a la Virgen María y a santa Reparada para que este aniversario fortalezca en sus diocesanos la fe en Dios, el amor a la Iglesia, los vínculos de comunión y el deseo de la misión, le imparto de todo corazón la bendición apostólica a usted, así como a quienes se unan a la celebración de la dedicación y a todos los fieles que celebren en ese lugar los santos misterios o que vayan a rezar allí.

Vaticano, 20 de abril de 1999 

 

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