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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE QUEBEC EN VISITA «AD LIMINA»


Jueves 22 de abril de 1999

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Con ocasión de vuestra visita ad limina, acto que inscribe a las comunidades católicas esparcidas por el mundo en la tradición bimilenaria de la Iglesia y manifiesta vuestra comunión con el Papa y sus colaboradores, os acojo hoy con alegría a vosotros, pastores de la Iglesia católica en la región apostólica de Quebec. Saludo cordialmente a monseñor Pierre Morissette, vuestro presidente, así como a cada uno de vosotros, en particular a los dos nuevos obispos auxiliares de Montreal y a los ordinarios maronita y melquita. Nuestro encuentro me permite unirme con el pensamiento a los sacerdotes y a los diáconos, que colaboran generosamente con vosotros; a las personas consagradas, que están comprometidas en el apostolado y tienen como misión particular la oración; y a los fieles laicos, que se dedican con empeño a servir a la Iglesia y a la sociedad de su país.

En los informes quinquenales expresáis vuestra alegría de ver que numerosas personas participan en la misión de la Iglesia, cada una según su servicio específico. Junto con vosotros, doy gracias al Señor por este dinamismo renovado de las comunidades locales. A los ministros ordenados, que son vuestros colaboradores inmediatos y cumplen su deber diariamente con fidelidad, transmitidles el aliento afectuoso del Sucesor de Pedro. A los religiosos, a las religiosas y a los laicos de vuestras diócesis, confirmadles mi confianza y mi estima por todo lo que realizan, dejándose guiar por el Señor.

2. Sois la primera región apostólica de Canadá que este año hace su visita quinquenal. Con los diferentes grupos de obispos de vuestro país, que se sucederán en las próximas semanas, deseo abordar algunos temas significativos para la Iglesia de hoy, ofreciéndoos algunos elementos de reflexión, con el espíritu de lo que el Señor pidió a Pedro: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32). En vuestros informes, mencionáis la cuestión de los jóvenes y la pastoral que realizáis con ellos. Por eso, hoy examinaré más detenidamente ciertos aspectos de esta misión específica, pero sin pretender esbozar un cuadro completo de las situaciones locales y de las expectativas de los jóvenes, que conocéis.

3. La Iglesia en Quebec tiene una rica tradición de compromiso en favor de los jóvenes, que son la esperanza del futuro (cf. Ecclesia in America, 47). Me alegra la atención que prestáis a la juventud, tanto en las familias y las parroquias como en las instituciones escolares y los movimientos. Aprecio vuestros esfuerzos y los de numerosos adultos, sacerdotes, religiosos, religiosas, padres y educadores, para proponer, de modo renovado y concertado, la fe a los jóvenes, invitando a las comunidades locales a movilizarse en este sentido, principalmente desde la perspectiva del gran jubileo y de la próxima Jornada mundial de la juventud, que tendrá lugar en Roma. El año jubilar es una ocasión incomparable para dar un nuevo impulso a la pastoral de la juventud.

4. El despertar de la fe en el ámbito familiar es fundamental; permite al niño progresar en su búsqueda interior de Dios, Padre de toda vida, y descubrir la verdad profunda del misterio cristiano. La oración en familia también es una gran riqueza, puesto que ofrece a cada uno la posibilidad de entablar una relación filial con el Señor. Mientras el niño desarrolla su interioridad y llega a ser capax Dei, como dicen los Padres de la Iglesia, la familia tiene un papel insustituible y específico en su formación humana y espiritual. La infancia es un período importante para el descubrimiento de los valores humanos, morales y espirituales. Como reconocéis vosotros, para los padres con frecuencia es una buena ocasión para interrogarse sobre su propia fe, su fidelidad a Cristo y la conformidad de su existencia con el Evangelio. En efecto, ¿cómo pueden responder los padres a las preguntas exigentes de sus hijos y dar razón de su esperanza, si no dedican tiempo a profundizar su itinerario cristiano y a encontrarse con Cristo mediante la oración, la lectura de la Escritura y la vida eclesial? La Iglesia debe ayudar y apoyar a las parejas y a las familias, para que puedan tomar conciencia de su misión de educadores en la fe y cumplirla plenamente.

5. Me habéis informado acerca de las dificultades que encontráis en la pastoral de los adolescentes y los jóvenes. Destacáis, sin embargo, que algunos adultos se dedican a acompañarlos con celo, aprovechando todas sus cualidades de animadores pastorales y su sentido eclesial. Los exhorto a no desanimarse si no ven inmediatamente los frutos de su esfuerzo. No olviden nunca que son instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve de modo misterioso. En la sociedad actual, que no les propone un sentido para su existencia, los jóvenes tienen interrogantes y sufrimientos que desembocan en comportamientos personales y sociales que pueden desconcertar a quienes están a su lado, en especial los fenómenos de violencia y droga, así como las actitudes suicidas. «La juventud es el tiempo de un descubrimiento particularmente intenso del propio "yo" y del propio "proyecto de vida"; es el tiempo de un crecimiento que ha de realizarse i"en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52)» (Christifideles laici, 46). La educación requiere una paciencia infinita y una cercanía amorosa. Esto ayuda a los jóvenes a amar y a descubrir que son amados por los adultos y, a través de éstos, por Dios, que confía en ellos. Os invito a desarrollar y reafirmar la pastoral de la juventud, sobre todo enviándoles en misión a personas jóvenes y particularmente formadas en la esfera espiritual, pero también humana y psicológica: sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos.

Los jóvenes tienen necesidad de educadores y guías espirituales competentes, sabios y delicados en su modo de orientarlos, que se esfuercen por facilitar la maduración progresiva de las personas, sembrar la palabra de Dios en su corazón y estar al servicio de su «encuentro con Cristo vivo», que «es un camino de conversión, comunión y solidaridad» (cf. Ecclesia in America, 7 y 27). En este campo, es importante que los sacerdotes propongan también a la juventud una vida sacramental sólida, en particular el sacramento del perdón. En el encuentro personal con el ministro de Cristo y por la confesión personal de sus pecados, el joven tomará conciencia del amor del Señor y de la respuesta que debe darle, y descargará su peso sobre él; aprenderá a vivir en la verdad, será guiado en su camino y encontrará los medios para luchar contra el pecado.

6. Además, quisiera recomendar encarecidamente a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los laicos competentes en este campo, que propongan a los jóvenes la experiencia de la dirección espiritual, a fin de que relean las diferentes etapas de su existencia bajo la mirada de Dios, para discernir en ellas su presencia y hacer su voluntad, fuente de libertad profunda. El acompañamiento por parte de un adulto en quien el joven tenga confianza le ayudará a superar los momentos interiores más difíciles, a analizar su conducta, a tener una escala de valores en sus decisiones, y a entrar en relación cada vez más íntima con Cristo. Asimismo, con esta actitud de cercanía, los adultos son los interlocutores y los testigos que necesitan los jóvenes para afrontar serenamente su futuro de hombres y de cristianos. Así los jóvenes podrán escuchar con confianza la invitación de Cristo a bogar mar adentro (cf. Lc 5, 4), se atreverán a manifestar su identidad cristiana y serán misioneros en medio de sus compañeros en una sociedad en la que, como afirmáis, se tiende a reducir la fe al ámbito privado y, en consecuencia, la Iglesia encuentra dificultades para hacerse reconocer.

Para que los jóvenes puedan crecer en la fe, es conveniente asimismo asegurarles un lugar y compartir con ellos las responsabilidades, no sólo en los grupos de sus coetáneos, sino también en el seno de las comunidades locales, a fin de que se sientan parte integrante de toda la Iglesia, que ora, se reúne para la celebración dominical, se fortalece mediante la vida sacramental y vive la caridad. De esta manera, los jóvenes tomarán conciencia de que la sociedad y la Iglesia los necesitan, y que están llamados a servir a sus hermanos, para construir la civilización del amor.

En vuestras diócesis se organizan regularmente grandes reuniones o grupos más reducidos para ayudar a los jóvenes a reflexionar sobre la vida afectiva y la vocación al matrimonio, explicándoles el sentido y el valor de la sexualidad humana. Felicito a todos los adultos que están comprometidos en esta actividad educativa, y los invito a proseguir su misión, para presentar a los jóvenes la enseñanza de la Iglesia, que contribuirá en gran medida a su formación humana y espiritual. En un mundo en el que la célula familiar es frágil y numerosas actitudes hieren profundamente a los jóvenes, principalmente a quienes sufren porque sus padres se separan y forman nuevas familias, la Iglesia tiene el deber de educarlos en una vida afectiva basada en sólidos valores humanos y morales, para que en el futuro puedan comprometerse en la vida matrimonial, conscientes de sus responsabilidades y de la misión que esto representa para el cónyuge y los hijos.

7. Durante la infancia y la adolescencia, las comunidades cristianas y los educadores deben esforzarse por desarrollar una catequesis orgánica, para que los jóvenes puedan conocer las grandes líneas del misterio cristiano. Con este espíritu, es importante dar continuidad a los sacramentos de la iniciación cristiana, para que los niños puedan vivir una vida espiritual y eclesial profunda que les ayude durante toda su existencia. Invito a todos los fieles a movilizarse incesantemente para transmitir la fe y los valores cristianos a los niños. Su formación no puede consistir únicamente en un aprendizaje de materias científicas y técnicas. Debe integrar las dimensiones antropológica, moral y espiritual, para formar la personalidad de los jóvenes. Exhorto a todos los que tienen una función educativa en centros de enseñanza confesional a que eviten que la especificidad y la identidad católicas, que son una riqueza, se pierdan o se oculten.

8. Entre las dimensiones principales del ministerio del obispo figura la pastoral de las vocaciones sacerdotales, que conviene organizar y desarrollar continuamente, gracias a sacerdotes y laicos sólidos y dinámicos, procurando confiar a algunos sacerdotes jóvenes un papel activo en este campo, pues éstos pueden ser modelos y ejemplos, ya que están más cerca de las generaciones que los siguen por su edad y su mentalidad. Deben mostrar que el ministerio presbiteral es fuente de alegría y equilibrio. La pastoral de las vocaciones requiere, además, el compromiso de todos los protagonistas de las Iglesias particulares. Se trata de sembrar la palabra de Dios en el corazón de los muchachos, despertar en ellos el deseo de seguir a Cristo y transmitirles ampliamente la llamada del Señor, proponiendo «de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello» (Pastores dabo vobis, 39). También es conveniente ayudarles a descubrir el compromiso radical que esto supone, mediante la entrega de sí a Cristo, en el celibato, para el servicio a los hermanos.

Las posibles confusiones, que atenuarían el vínculo entre el sacerdocio y el celibato, sólo pueden dañar la sana búsqueda de los jóvenes y su futuro compromiso sacerdotal. Me alegra que en algunas diócesis existan seminarios menores, donde los jóvenes, prosiguiendo los estudios clásicos, pueden plantearse realmente la cuestión de una vocación sacerdotal. Se trata de semilleros de vocaciones, que no hay que descuidar en absoluto. Invito, por tanto, a todos los sacerdotes a prestar atención a los jóvenes, a ser promotores de vocaciones y a poponerles sin temor el camino del sacerdocio.

9. Jesús llama igualmente a algunos muchachos y muchachas a seguirlo de una manera más exclusiva, y a consagrarse completamente a él en la vida religiosa, para dar al mundo un «testimonio ante todo de la afirmación de la primacía de Dios y de los bienes futuros, como se desprende del seguimiento y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente entregado a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas» (Vita consecrata, 85). Esta llamada de Cristo a la vida consagrada es un testimonio elocuente para el mundo actual, pues recuerda que la verdadera felicidad viene de Cristo y que la libertad de la persona humana no puede separarse ni de la verdad ni de Dios (cf. ib., 87-91). Exhorto a los religiosos y a las religiosas a mostrar a los jóvenes que una vida entregada totalmente mediante un amor radical a Cristo y a su Iglesia da la felicidad.

10. Os animo a seguir apoyando las fuerzas vivas de la Iglesia en Quebec para que todos, en las familias, en las parroquias, en las instituciones escolares y en los movimientos, colaboren en la misión de caminar con los jóvenes, acompañándolos en su crecimiento y proponiéndoles la fe a través de sus búsquedas, a fin de que descubran, con alegría, la bondad del Padre, vivan de la buena nueva de Jesucristo y se dejen guiar por la fuerza del Espíritu Santo. Así, podrán abrirse a la llamada que el Señor les dirige a participar, de modo fraterno y solidario, en la obra de la Creación y en la obra de la Redención y, por tanto, a descubrir que su vida tiene sentido, que vale la pena comprometerse en el sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio, trabajar por el bien común en el mundo, y participar de todo corazón en la comunión de la Iglesia y en su misión.

11. Al término de nuestro encuentro, os aliento a proseguir vuestra misión episcopal, invitándoos a continuar vuestra colaboración fraterna y a sosteneros en vuestro ministerio; así, vuestras Iglesias diocesanas estarán más unidas y se ayudarán mutuamente, para afrontar los desafíos que se os plantean como comunidades centradas en Jesucristo y en diálogo con el mundo.

Llevad el saludo del Sucesor de Pedro a todos vuestros colaboradores y al pueblo de Dios confiado a vuestro cuidado pastoral y, de manera particular, transmitid a los jóvenes mi afecto. Invocando la intercesión maternal de la Virgen María, os imparto de todo corazón la bendición apostólica a vosotros, así como a todos vuestros diocesanos.

 

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