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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN
EL 150 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA REVISTA «LA CIVILTÀ CATTOLICA»
Jueves
22 de abril de 1999
Amadísimos hermanos:
1. Me alegra dar mi cordial bienvenida a cada uno de
vosotros, agradeciéndoos esta visita, que habéis querido hacerme durante la
gozosa celebración del 150° aniversario de la fundación de La Civiltà
Cattolica. Deseo unirme a vuestra acción de gracias al «Padre de las luces»,
del que desciende «todo don perfecto» (St 1, 17), por el bien realizado
durante este siglo y medio al servicio de la fe católica y de la Santa Sede.
La Civiltà Cattolica, que hoy es la revista
más antigua de las que se publican en Italia, salió a la luz por voluntad de
mi predecesor el Papa Pío IX, de venerada memoria, quien con el breve Gravissimum
supremi, del 12 de febrero de 1866, la dotó de un estatuto particular.
Estableció que esta revista, destinada a defender «con todas las fuerzas e
incesantemente la religión católica con su doctrina y sus derechos», fuera
redactada por un particular colegio de escritores que, designados por el
superior general de la Compañía de Jesús, vivieran y trabajaran juntos en una
casa propia. Después de Pío IX, la obra realizada por la revista siguió
contando con el aprecio y el reconocimiento de los Romanos Pontífices, que
quisieron aprobar de nuevo su estatuto. Observando el largo itinerario
realizado, bien podemos decir, como recordé en la audiencia concedida a vuestro
colegio el 5 de abril de 1982, que La Civiltà Cattolica
«institucionalmente ha estado siempre al servicio del Papa y de la Sede
apostólica», «en el sucederse de hombres, vicisitudes y situaciones
históricas, vuestra revista se ha mantenido siempre fiel» (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 2 de mayo de 1982, p. 8).
2. Al repasar los 150 años de vuestra revista, se
percibe una gran variedad de posiciones, debidas tanto al cambio de
circunstancias históricas como a la personalidad de cada escritor. Sin embargo,
en el amplio y complejo panorama de las vicisitudes religiosas, sociales y
políticas que, desde 1850 hasta hoy, han afectado a la Iglesia y a Italia,
aparece en los volúmenes de La Civiltà Cattolica un punto firme, que
siempre se ha mantenido: la adhesión plena, a veces incluso dolorosa, a las
enseñanzas y directrices de la Santa Sede, y el amor y la veneración por la
persona del Papa. Estoy seguro de que, como ya hicieron vuestros predecesores,
también vosotros seguiréis considerando esta peculiaridad un honor y la razón
de ser de vuestra revista. Estoy convencido, además, de que la Sede apostólica
podrá encontrar en vosotros colaboradores competentes y fieles, sobre todo en
los momentos difíciles, que no faltan nunca en la vida de la Iglesia.
Entre los méritos de la revista, me complace
recordar la prontitud con que acogió la renovación eclesial puesta en marcha
por el concilio Vaticano II, y el compromiso de dar a conocer a un vasto
público su desarrollo, sus debates y sus documentos. También es digno de
destacarse el esfuerzo con que durante los años sucesivos ha tratado de
profundizar los documentos conciliares, con vistas a una mejor aceptación de la
doctrina contenida en ellos y a la renovación de la vida cristiana, a la que se
encaminaban.
3. Frente a los desafíos del momento actual y en la
perspectiva del nuevo milenio, quisiera exhortaros hoy a convertiros en
intérpretes de la urgencia de una vuelta al espíritu y a las enseñanzas del
Concilio, particularmente en temas como la cristología, la eclesiología y el
magisterio de la Iglesia, el papel del laicado y la especificidad del
cristianismo en el diálogo interreligioso, la libertad religiosa, la relación
entre las culturas y el ecumenismo, y los medios de comunicación social y su
influjo problemático en la mentalidad y en la conducta del hombre
contemporáneo.
Se trata de un vasto campo de acción, que os exige
a todos perseverar en vuestro compromiso de «combatir por la fe que ha sido
transmitida a los santos de una vez para siempre» (Judas 3). Las grandes
transformaciones que están teniendo lugar en el mundo contemporáneo requieren
con urgencia un valiente compromiso para educar en una fe convencida y adulta,
capaz de dar sentido a la vida, a fin de resistir los ataques de una cultura a
menudo secularizada, y dar respuestas convincentes a cuantos, aun sin ser
creyentes, buscan a Dios.
Esta tarea, que compete a toda la Iglesia, exige de
cada uno de vosotros, miembros de la Compañía de Jesús, «fundada con el fin
principal de dedicarse especialmente a la defensa y propagación de la fe»
(Julio III, Exposcit debitum, 21 de julio de 1550, n. 1), un compromiso
cada vez más pleno y valiente «de enseñar la verdad cristiana» (ib.),
en plena fidelidad y comunión con el Magisterio.
Hoy la fe cristiana está llamada a confrontarse con
culturas no cristianas, con el progreso de las ciencias, con filosofías
marcadas por el inmanentismo y el agnosticismo, por el rechazo de la metafísica
y por el escepticismo en la capacidad de la razón humana de llegar a la verdad.
En la encíclica Fides et ratio he querido mostrar cómo esa desconfianza
en la razón humana dificulta la aceptación de la fe, y priva a la misma razón
de la aportación de la Revelación para un conocimiento más profundo del
misterio del hombre, de su origen, de su naturaleza espiritual y de su destino.
En este marco, La Civiltà Cattolica está llamada a contribuir a colmar
la brecha entre fe y cultura moderna, entre fe y conducta moral, con especial
atención a los problemas tratados por las encíclicas Veritatis splendor
y Evangelium vitae, que constituyen aspectos esenciales con los que se
mide la fidelidad de los creyentes a la enseñanza de Jesús, conservada en la
tradición auténtica de la Iglesia.
4. ¡Cómo no recordar también que vuestra revista
ha seguido siempre con especial esmero la doctrina social de la Iglesia,
sosteniendo el compromiso del Magisterio en favor de la difusión, la
profundización y la renovación de ese instrumento fundamental de
evangelización! En el panorama actual resulta cada vez más evidente que los
problemas sociales, financieros y económicos no son ajenos a la evangelización
y a la dignidad de la persona humana. Las injusticias sociales, el dominio del
dinero y una economía global sin control pueden herir la dignidad personal de
enteros pueblos y continentes, y dificultar más aún la aceptación del mensaje
evangélico. Por tanto, os animo a proseguir vuestro noble esfuerzo por
profundizar y difundir la doctrina social de la Iglesia, que las
transformaciones que se están realizando en la sociedad y en el mundo del
trabajo hacen cada vez más actual y urgente. El papel de la Iglesia, que
vosotros estáis llamados a difundir y propagar, consiste en proclamar el
«evangelio de la caridad y de la paz», promoviendo la justicia, el espíritu
de fraternidad y la certeza del destino común de los hombres, premisas
indispensables para la construcción de la auténtica paz entre los pueblos.
5. Amadísimos padres escritores, aprovechando el
largo y meritorio camino recorrido por La Civiltà Cattolica, proseguid
vuestro valioso servicio eclesial, en especial y cordial sintonía con la Santa
Sede y con el Papa, a quien, como miembros de la Compañía de Jesús, os une un
voto particular.
Encomiendo vuestro trabajo diario a la Virgen, Madre
de la Iglesia y patrona de la Compañía. Que María obtenga de su Hijo para
cada uno de vosotros un profundo espíritu de fe; os conceda escrutar con
sabiduría evangélica las vicisitudes de la historia humana, y captar en ella
los «signos de los tiempos»; y os ayude a comprometeros generosamente en la
tarea que la Iglesia os ha encomendado por medio de los Romanos Pontífices.
Con estos sentimientos, imparto de corazón al padre
director, a cada uno de vosotros y a vuestros colaboradores, una especial
bendición apostólica, como prenda de mi constante afecto.
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