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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN
DEDICADA A PABLO VI


Viernes 23 de abril de 1999

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado;
ilustres señores y señoras:

1.Con gran alegría os doy hoy la bienvenida a todos vosotros, que habéis participado en la inauguración de la exposición «Pablo VI, una luz para el arte», que comenzó en el museo de la catedral de Milán y que prosigue ahora en este Brazo de Carlomagno, de los Museos vaticanos. Agradezco, en particular, al señor cardenal Edmund Casimir Szoka, las cordiales palabras con que ha interpretado los sentimientos de todos los presentes.

La hermosa iniciativa, que empieza hoy gracias al generoso esfuerzo de numerosas personas, permitirá admirar durante algunas semanas diversas obras de arte, que recuerdan a mi venerado predecesor el siervo de Dios Papa Pablo VI, al cumplirse poco más de cien años de su nacimiento y en el 25° aniversario de la fundación de la Colección de arte religioso moderno impulsada por él. Estos dos acontecimientos fueron conmemorados recientemente con la exposición «El Papa Pablo VI y la colección de arte religioso del siglo XX», que se inauguró en Wurzburgo en enero de 1998, prosiguió en Paderborn y concluyó en Ratisbona en el mes de julio sucesivo.

Esta exposición quiere poner de relieve el gran amor que el inolvidable Pontífice cultivó por el arte y la importancia que el arte mismo tuvo en su ministerio petrino. Basta pensar en la ya mencionada colección de arte religioso moderno, inaugurada el 23 de junio de 1973. La ardua tarea de exponer más de setecientas obras, donadas por artistas y coleccionistas, en pocas salas de los Palacios vaticanos, se resolvió entonces recuperando algunos locales que antes estaban destinados a depósitos y aposentos. Las 55 salas utilizadas con este fin fueron ordenadas con un itinerario incluido en el núcleo de las antiguas residencias de los Papas, de Nicolás III a Sixto V. Este itinerario va desde las estancias de Rafael en el apartamento Borja, residencia de Alejandro VI, decorada con frescos realizados por Pinturicchio y su escuela entre 1492 y 1495, hasta la capilla Sixtina, de modo que a la fascinación del arte se une también una historia sugestiva.

2. Conviene recordar aquí que la apertura de esa interesante colección selló una iniciativa que empezó el 7 de mayo de 1964, cuando Pablo VI quiso encontrarse con un grupo de artistas. En esa ocasión, consideró atentamente y recapituló los motivos y las causas, como solía decir, de una «amistad turbada» entre la Iglesia y los artistas. Al respecto, sus palabras fueron muy explícitas: «Tenemos que dejar a vuestras voces el canto libre y potente de que sois capaces» (Discurso a los artistas, 7 de mayo de 1964: AAS, 56 [1964] 441).

Muchos artistas, coleccionistas e instituciones privadas y públicas aceptaron su invitación a un entendimiento mayor entre la Iglesia y el arte. Se constituyeron comités en diversas naciones, coordinados sabiamente por monseñor Pasquale Macchi, que entonces era su secretario particular.

3. Doy gracias al Señor, que hoy me brinda la oportunidad de unir mi voz al testimonio de respeto, estima y confianza de mi venerado predecesor hacia los artistas de todo el mundo. En efecto, a ellos he querido dedicarles una Carta específica, que se publica hoy. Con ella «quiero situarme en el camino del fecundo diálogo de la Iglesia con los artistas, que en dos mil años de historia no se ha interrumpido nunca y que se presenta también rico de perspectivas de futuro en el umbral del tercer milenio» (Carta a los artistas, 1). Este diálogo no responde solamente a circunstancias históricas o a razones funcionales, pues encuentra su raíz en la esencia misma de la experiencia religiosa y de la creación artística.

A todos los que «con apasionada entrega buscan nuevas iuepifaníasla de la belleza para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística» (ib.), quisiera renovarles la invitación del concilio ecuménico Vaticano II: «¡No cerréis vuestro espíritu al soplo del Espíritu Santo!» (Mensaje a los artistas). El tiempo litúrgico que estamos viviendo hace más actual aún esa invitación. En efecto, la cercanía de Pentecostés nos impulsa a abrir el corazón a la acción vivificadora del Espíritu creador.

Aunque el genio del artista puede plasmar obras eminentes incluso sin la fe, de hecho, si al talento natural se añade la comunión íntima y estrecha con Dios, el mensaje que brota de él es más rico y profundo. Así sucedió con el admirable florecimiento de las catedrales de la Edad Media; con las obras de Giotto, del beato Angélico y de Miguel Ángel; con la poesía de Dante y la prosa de Manzoni; con las composiciones musicales de Pierluigi de Palestrina y de Juan Sebastián Bach, por citar sólo algunos artistas.

 4. El espíritu humano, al acercarse a las obras de arte, de cualquier época, se siente impulsado a abrirse a la fascinación misteriosa de lo trascendente, puesto que en toda auténtica expresión artística se halla presente una chispa misteriosa y sorprendente de lo divino.

Ilustres señores y queridos amigos, todo hombre tiene sed de infinito, y el arte es uno de los caminos que orientan hacia él. Deseo vivamente que «vuestros múltiples caminos conduzcan a todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el asombro se convierte en admiración, en embriaguez y en gozo inefable» (Carta a los artistas, 16).

Ojalá que esta exposición cumpla sus dos finalidades: ayudar a comprender mejor el valor del arte en el marco de la nueva evangelización y poner de relieve el papel significativo que desempeñó el Papa Pablo VI en la promoción del compromiso artístico, como valiosa contribución a la difusión del Evangelio.

Con estos sentimientos, os bendigo de corazón a vosotros y a cuantos han colaborado en la realización de esta exposición tan interesante.

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