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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE ETIOPÍA Y ERITREA,
REUNIDOS EN ROMA


Miércoles 27 de abril de 1999

 

Queridos hermanos en el episcopado:

Lleno de confianza en el Señor, saludo cordialmente al cardenal Paulos Tzadua, arzobispo emérito de Addis Abeba, y a los pastores de la Iglesia que está en Etiopía y Eritrea. El estallido de las hostilidades entre vuestros respectivos países no os permite reuniros allá; por eso habéis venido a Roma para realizar vuestra asamblea como Conferencia episcopal. Sobre la base de las reflexiones y las propuestas de vuestra visita ad limina de septiembre de 1997, procuráis consolidar ahora vuestra colaboración acerca de muchas cuestiones comunes para el bien de vuestras Iglesias particulares.

La creación del Estado independiente de Eritrea y el consiguiente período de paz y amistad entre vuestros países fueron signos de esperanza, después de décadas de revueltas armadas. Esta transición de la agresión militar a la armonía fraterna animó a otras naciones de África, y la Iglesia misma compartió la satisfacción de vuestros pueblos y gobiernos por las nuevas perspectivas de mutua comprensión y progreso que se presentaban. Por eso, el estallido de las hostilidades, durante la primavera pasada, no podía haber causado mayor dolor, como he dicho en muchas ocasiones, exhortando a volver a las negociaciones y a la concordia. Como obispos y pastores de la Iglesia católica en Etiopía y Eritrea, estáis preparando ahora un mensaje de paz que vais a dirigir a vuestro clero, a los religiosos y a los laicos, así como a todos los etíopes y eritreos de buena voluntad. La Iglesia entera está con vosotros y apoya todos los gestos de paz y todos los esfuerzos encaminados a restablecer la unidad y la fraternidad.

La guerra trae como consecuencias únicamente tragedia y desesperación, ocasionando víctimas inocentes y destruyendo vidas y hogares, familias y pueblos. Repito con urgencia lo que he dicho muchas veces en el pasado: hay que promover cualquier alternativa a la guerra. Dios ha bendecido a sus hijos con una inteligencia y una creatividad que pueden resolver tensiones y conflictos, y que pueden construir una sociedad cuya piedra angular sea el respeto a la dignidad inalienable de toda persona humana.

Sé que los fieles católicos de rito oriental y latino de Etiopía y Eritrea comparten esta convicción, y estoy seguro de que los miembros de las demás Iglesias y comunidades eclesiales en vuestros países piensan de la misma manera.

De igual modo, vuestros hermanos y hermanas musulmanes, así como los seguidores de las religiones tradicionales africanas, están afrontando los mismos sufrimientos y adversidades del momento actual, y también ellos anhelan la paz y la seguridad. Queridos hermanos en el episcopado, tenéis el deber de construir sobre estos sentimientos comunes e impulsar toda iniciativa con vistas a restablecer la armonía y la amistad que han caracterizado en el pasado las relaciones entre vuestros países. La Iglesia católica en todo el mundo os sostiene en esta tarea y no escatima esfuerzos en la promoción de la solidaridad y la coexistencia pacífica entre los pueblos.

Mientras se acerca cada vez más el gran jubileo del bimilenario del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, reafirmamos nuestra fe en que «Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación» (Gaudium et spes, 10). Por tanto, os invito a abrir vuestro corazón a las inspiraciones del Espíritu Santo y a guiar con valentía al pueblo que Dios ha encomendado a vuestro cuidado pastoral. Inculcadles la santidad de vida y el conocimiento del Evangelio, lo único que puede convertirlos en testigos de la verdad, la justicia, la buena voluntad y la fraternidad universal, que son los elementos fundamentales de la paz.

Ruego por vuestros países y vuestros líderes, para que el corazón de todos vuelva al camino del diálogo y la paz. Renuevo mi exhortación a la comunidad internacional a que preste ayuda de un modo que respete plenamente la independencia de vuestros países y la dignidad de vuestros pueblos. Una manera concreta de alcanzar este objetivo es la aplicación inmediata del Plan de paz propuesto por la Organización de la Unidad Africana y ya aceptado por ambos gobiernos.

Encomiendo a la Iglesia que está en Etiopía y Eritrea a la intercesión de María, Madre del Redentor, que hace dos mil años trajo al mundo la Palabra encarnada, la luz de las naciones. Ella os obtenga a vosotros, pastores, a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos de vuestras Iglesias particulares, el consuelo de la gracia y la fuerza de la fe, la esperanza y el amor, que os sostendrán a todos en las dificultades actuales. «Jesucristo, único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8), sea en todo tiempo vuestra esperanza y vuestro aliento.

Como prenda de mi solicitud por vosotros, y con la seguridad de mi solidaridad en la oración, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

 

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