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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE
LA VISITA A LA UNIVERSIDAD ROMANA «TOR VERGATA» EN EL XV ANIVERSARIO DE
SU FUNDACIÓN
Jueves 29 de
abril de 1999
Rector magnífico; ilustres huéspedes y
profesores; estimado personal técnico-administrativo; amadísimos
alumnos:
1. Me alegra encontrarme hoy entre vosotros, y doy
gracias al Señor que me brinda la oportunidad de realizar esta visita a vuestra
universidad romana «Tor Vergata». Cada vez que tengo la ocasión de
encontrarme con el mundo universitario, me vienen a la memoria mi experiencia
personal de alumno aquí en Roma, y mi actividad de profesor en las
universidades de Lublin y Cracovia.
Con gran cordialidad os saludo, por tanto, a cada uno
de vosotros, queridos profesores, jóvenes alumnos y personal
técnico-administrativo. Doy las gracias a cuantos me han dirigido amables
palabras de bienvenida: al rector magnífico, al gobernador del Banco de Italia
y a la joven alumna. Saludo con deferencia al cardenal vicario, al ministro de
Universidades e investigación científica, a los rectores de las universidades
romanas y a las autoridades religiosas y civiles que han querido participar en
este significativo encuentro.
2. «Feliz el hombre que se ejercita en la
sabiduría» (Si 14, 20). Las palabras del libro del Sirácida, que
acabamos de escuchar, señalan el camino real por el que la universidad se
realiza como comunidad de maestros y alumnos. El trabajo intelectual, animado
por el gaudium de veritate del que san Agustín habla con entusiasmo en
sus Confesiones (cf. X, 23), pone en el centro de su esfuerzo
especulativo la verdad del hombre en su integridad. La dimensión humanística,
según la cual la persona es concebida como sujeto y como fin, funda la función
educativa y cultural de la universidad, puesto que, como afirmé en la sede de
la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la
cultura (Unesco) el 2 de junio de 1980, «la primera y esencial tarea de la
cultura en general, y también de toda cultura, es la educación»
(n. 11: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de junio
de 1980, p. 12).
Por lo demás, el auténtico humanismo no aparta al
hombre de Dios ni lo convierte en su antagonista. Al contrario, abriéndose al
misterio divino, el verdadero humanista encuentra el espacio de su propia
libertad, el impulso de una búsqueda que tiene como confines la verdad, la
belleza y el bien, que son los rasgos de un valor formativo insustituible, al
servicio de un progreso cultural auténtico.
Los congresos científicos, algunos de los cuales han
sido organizados también por vuestra universidad y que, con vistas al jubileo,
han sido programados sobre el tema «La universidad para un nuevo humanismo»,
responden bien a esta perspectiva. Deseo de corazón que sean ocasiones
propicias de profundización científica y, al mismo tiempo, de diálogo y
confrontación entre profesores y alumnos sobre esos temas de gran interés
humano y espiritual. En esta línea se sitúa el Jubileo de los profesores
universitarios, en cuya preparación se está trabajando con empeño. La
celebración del gran jubileo, que en este campus universitario va a
realizar algunos de sus actos más significativos, entre los cuales me complace
mencionar la Jornada mundial de la juventud, que tendrá lugar cerca de
este ateneo, constituirá una ocasión singular para renovar a fondo las
perspectivas de la investigación en todos los campos del saber humano.
3. «Feliz el hombre que se ejercita en la
sabiduría». El autor sagrado considera la sabiduría y la inteligencia como
dones de Dios y conquistas constantes del hombre. El vasto campo de la cultura
es terreno fecundo de confrontación y atención a la persona y a las exigencias
del bien común. Es gimnasio de acción misionera y evangelizadora.
¡Cómo no pensar aquí en la misión ciudadana
en los ambientes, que implica a toda la diócesis de Roma! Sé que, en el marco
de esta importante iniciativa pastoral, en vuestra universidad se han realizado
numerosos encuentros de catequesis y de reflexión cultural. Sé, asimismo, que
con gran generosidad estáis trabajando en la reactivación de la pastoral
universitaria, considerándola como camino privilegiado del proyecto cultural
orientado cristianamente, al que la Iglesia en Italia está dedicando su
atención desde hace algunos años.
Desde esta perspectiva, la capellanía
universitaria, consagrada al cuidado espiritual de las personas y de las
asociaciones, adquiere la fisonomía apropiada de centro pastoral: esta tarea
implica una colaboración más estrecha y activa entre los componentes
culturales de la comunidad universitaria y las diversas experiencias de los
grupos eclesiales presentes en la universidad.
Símbolo y centro de vuestra acción es la capilla que
se está construyendo en el centro del campus universitario y que habéis
querido dedicar a santo Tomás de Aquino. Con su inteligencia abierta y su
interés apasionado por la verdad, este santo supo captar «la armonía que
existe entre la razón y la fe» (Fides et ratio, 43). «Cuando el hombre
tiene una voluntad dispuesta a creer -escribe-, ama la verdad creída, piensa en
ella con seriedad y capta toda clase de razones que pueda encontrar» (Summa
Theologiae, II-II, q.2, a.10). No se trata de fundar la fe en la razón o
subordinar una a otra, sino de iluminar la razón con la luz de la fe. También
la cultura universitaria tiene necesidad de esta luz.
4. Doy las gracias a quienes han impulsado y sostenido
la iniciativa de construir esta capilla, ubicada en el complejo de los edificios
de la universidad como lámpara que brilla «para alumbrar a todos los que
están en la casa» (Mt 5, 15).
Como recordé el año pasado a los capellanes
universitarios de Europa, la capilla -toda capilla universitaria-, es lugar
del espíritu, donde se recogen en oración
y encuentran alimento y apoyo los creyentes, que viven con diferentes
modalidades la vida intensa de la universidad. Es gimnasio de virtudes
cristianas, donde crece y se desarrolla la vida bautismal, y se expresa con
celo apostólico. Es casa acogedora y abierta a todos los que, escuchando
al Maestro interior, buscan la verdad y sirven al hombre dedicándose con
empeño constante a un saber que no se contenta con horizontes estrechos y
pragmáticos.
Vuestra capilla está llamada a ser un centro de
animación cristiana de la cultura. Por eso, con profunda alegría, voy a
bendecir dentro de poco el cáliz, la campana y la estatua de la Virgen, Reina
de los Apóstoles, destinados a ella. Os agradezco, además, el don de las dos
ambulancias para la misión humanitaria en favor de los prófugos de Kosovo. A
la solidaridad concreta que habéis expresado a cuantos sufren las consecuencias
del doloroso conflicto, se une el más vivo deseo de que la guerra termine
cuanto antes y el conflicto de las armas ceda el lugar al diálogo y a la paz.
También encomiendo estos deseos a vuestra oración.
Por último, quisiera retomar, como recuerdo de
nuestro encuentro, la invitación de santo Tomás de Aquino que hemos escuchado:
«Si buscas un lugar a donde ir, sigue a Cristo, porque él es la verdad (...).
Si buscas un lugar donde descansar, está con Cristo, porque él es la vida.
(...) Así pues, sigue a Cristo si quieres estar seguro. No te podrás
extraviar, porque él es el camino».
Así sea para cada uno de vosotros, que encomiendo a
la protección materna de María, Sede de la sabiduría.
Os bendigo a todos de corazón.
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