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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS HERMANAS DE CARIDAD
DE LAS SANTAS BARTOLOMEA CAPITANIO
Y VINCENZA GEROSA


Viernes 30 de abril de 1999

 

Amadísimas hermanas:

1.¡Bienvenidas! Os dirijo a cada una mi cordial saludo, que de buen grado extiendo a todas las religiosas de vuestro instituto de Hermanas de caridad de las santas Bartolomea Capitanio y Vincenza Gerosa.

¡Gracias por vuestra visita! Con ocasión de vuestro XXIV capítulo general, habéis querido encontraros con el Papa para renovar el testimonio de vuestra fidelidad a la Sede apostólica y ser confirmadas en la fe y en la entrega total al Señor. Durante estos días de oración y reflexión, os estáis dedicando a la profundización de vuestro carisma específico de caridad para el bien del prójimo, tratando de discernir la mejor manera de vivirlo en el actual marco sociocultural. Desde esta perspectiva, queréis poner más de relieve, a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, vuestra identidad, y, captando los «signos de los tiempos», os preparáis para responder a los desafíos que la sociedad contemporánea os plantea ya en el umbral del tercer milenio cristiano.

Permaneced fieles a la intuición originaria de vuestras santas fundadoras. Así, en las nuevas condiciones históricas y sociales podréis encarnar vuestro carisma típico que, durante la asamblea capitular, sin duda profundizaréis e ilustraréis ulteriormente.

2. Habéis nacido en la Iglesia, como dice vuestra Regla de vida, para manifestar a los hombres el amor de Dios mediante la práctica de las obras de misericordia. Se trata de una forma singular de apostolado, que os lleva a reconocer el rostro mismo de Cristo sufriente en vuestros hermanos, especialmente en los más pobres, abandonados y desorientados.

En un tiempo como el nuestro, marcado por el contraste entre la opulencia de una parte de la humanidad y las condiciones miserables de una inmensa multitud de indigentes condenados a menudo al hambre, ante la indiferencia de muchos, es preciso un suplemento de amor que sacuda las conciencias e impulse a las personas de buena voluntad a abrirse a las exigencias de la justicia y la solidaridad.

En este marco de urgencia improrrogable, sed mensajeras y testigos del evangelio de la caridad con vuestra palabra, con vuestra conducta y vuestra vida. En las personas que encontréis, suscitad de nuevo la esperanza y la valentía, anunciándoles la ternura de Dios, que jamás abandona a sus hijos.

Sin embargo este testimonio, para ser auténtico y duradero, necesita regenerarse continuamente en las fuentes puras de la gracia. Es indispensable escuchar la palabra de Dios y hacerla vida. Que el contacto diario con Dios en la oración anime vuestro servicio, a fin de que todo lo que hagáis sea para la gloria del Señor y el bien de las almas.

3. Frente a las expectativas de su tiempo, las santas Bartolomea Capitanio y Vincenza Gerosa sintieron irresistiblemente la llamada a «esa bendita caridad». Vieron a Cristo en los pobres, y se lo mostraron como respuesta plena a sus necesidades más profundas. Su ejemplo es para vosotras una enseñanza constante, que os alienta a proseguir la misma labor, valiosa entonces como ahora, porque está ordenada a anunciar y testimoniar a Cristo, Redentor del hombre y de todo el hombre. Encarnad este mensaje con vuestro servicio diario.

Tenéis ante vuestros ojos como modelo a Jesús, que «se compadece de la gente» (cf. Mc 8, 22). Ojalá que, siguiendo su enseñanza, se dilaten en vuestro corazón los espacios de la caridad, para que podáis llegar al mayor número posible de personas. A este propósito, me congratulo con vosotras porque vuestra familia religiosa, durante estos últimos años, a pesar de la escasez de sus miembros, ha incrementado su acción misionera en muchas naciones, especialmente de África. Esta valiente iniciativa es signo de que la fecundidad de la caridad no se mide por el florecimiento numérico, sino por la revitalización constante de la alegría de la consagración religiosa, abriendo generosamente el corazón a las necesidades de los hermanos.

4. Queridas hermanas, proseguid por este sendero, dejando que el Espíritu Santo, «el agente principal de la nueva evangelización» (Tertio millennio adveniente, 45), siga derramando sus dones de gracia sobre toda vuestra congregación. Acompaño estos deseos con la seguridad de mi oración.

La Virgen santísima, a quien veneráis como María Niña, oriente las reflexiones y las decisiones de vuestro capítulo general, y sostenga a cuantas sean llamadas a asumir la ardua responsabilidad de dirigir a vuestra familia durante el próximo sexenio. Sobre todas vosotras imploro una abundante efusión de los dones del Espíritu, para que la renovación del instituto se traduzca en motivo de consuelo y de esperanza para gran número de hombres y mujeres. Os conforte también en vuestra misión evangelizadora y en vuestra búsqueda de santidad la bendición apostólica, que os imparto de corazón a vosotras, extendiéndola a todas vuestras hermanas y a cuantos son objeto de vuestro cuidado apostólico diario.

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