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DISCURSO
DEL PAPA JUAN PABLO II AL FINAL DE UN CONCIERTO DE LA «ACADEMIA MUSICAE
PRO MUNDO UNO»
Domingo 1
de agosto de 1999
Gentiles señoras e ilustres
señores; amadísimos hermanos y hermanas:
1.Brota
espontáneamente del corazón de todos nosotros, que hemos participado en este
concierto, un profundo agradecimiento hacia quienes, en diversos
ámbitos, lo han hecho posible y realizado. Doy las gracias, ante todo, con
sinceridad y cordialidad, al señor Giuseppe Juhar, presidente de la
«Academia musicae pro mundo uno», y a los socios de esta estimada
institución. Mi gratitud va, además, al maestro Alberto Lysy, que ha guiado
impecablemente la interpretación, y a los instrumentistas de la «Camerata
Lysy», de Gstaad (Suiza), que han mostrado ser «constructores de belleza».
Las piezas interpretadas, al hacernos gustar el encanto de
sugestivas armonías, han renovado en nosotros la experiencia de la maravilla
y del asombro, abriendo nuestra mente a un horizonte pleno de sentido y valor.
En efecto, todo el arte, como escribí en mi reciente Carta a los artistas,
es «una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo»
(n. 6). Invita al hombre a elevarse a la contemplación de la perfección, no
para apartarse de la vida concreta, sino para volver a ella con el propósito
de hacerla más verdadera y noble, en una palabra, «más hermosa».
2. El arte llega a ser así una experiencia muy educativa,
porque, mediante formas sensibles, indica una meta que alcanzar, un camino que
seguir y una disciplina que poner en práctica. La alegría que suscita en
nosotros es signo de una íntima sed de belleza, del deseo de vencer el miedo
y la angustia, y de la aspiración a los ideales más elevados de verdad y
libertad.
Dios, «belleza tan antigua y tan nueva», acompañe los pasos
de vuestra vida hacia la búsqueda de la perfección estética y existencial,
al servicio de una humanidad necesitada, hoy más que nunca, de bondad y
armonía.
Con este deseo, invoco sobre todos las bendiciones de Dios
omnipotente.
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