DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
FINAL DE UN CONCIERTO ORGANIZADO POR LA EMBAJADA DE RUMANIA
Domingo 22 de agosto de 1999
Gentiles señoras e ilustres señores; amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Al término de este concierto, deseo dar las
gracias cordialmente a los artistas del cuarteto «Contempo», que con
sensibilidad y pericia nos han brindado un momento de intensa contemplación
estética. Mi agradecimiento se extiende también a la embajada de Rumanía ante
la Santa Sede, que ha proyectado y organizado esta velada musical.
Las piezas, alternando fases serenas y movidas,
dramáticas y emotivas, han sido para todos nosotros una ocasión de
participación y reflexión. En efecto, el arte sería una ejercitación
estética vacía si no abriera a la intuición del aspecto más profundo de la
realidad, traduciéndose en invitación al compromiso, para que cuanto se ha
percibido no sea abstracción vana, sino que se concrete en la vida diaria,
iluminándola con su luz de belleza y de verdad. El arte, escribí en la Carta
a los artistas, es una «llamada al Misterio» (n. 10).
Dos indicaciones pedagógicas, de modo particular,
nos ofrece la experiencia artística: indicaciones que, a su vez, se transforman
en inspiración para la vida. La primera deriva de la constatación de la
armonía que nace de la diversidad: la belleza surge de varios componentes, que
no se anulan recíprocamente, sino que se funden en un único designio. La
segunda se refiere a la nobleza de los sentimientos: la belleza jamás es fruto
de trivialidad y mediocridad, sino de tensión hacia lo más elevado y perfecto.
Las personas y las sociedades crecen y maduran en la medida en que encarnan
estos valores en la existencia diaria.
2. Un ulterior motivo hace que esta velada sea
particularmente feliz y evocadora: hace pocos meses tuve la alegría de visitar
Rumanía, encontrándome con las autoridades y los ciudadanos de esa amada
nación, y acogiendo en mi corazón los propósitos y esperanzas de las mujeres
y los hombres de esa ilustre tierra. La música de esta noche, como un eco fiel
de las riquezas culturales del pueblo rumano, me trae a la memoria aquel
encuentro extraordinario, rico en cordialidad y comunión, y renueva en mí la
admiración sincera por la historia, la civilización y las realizaciones de ese
gran pueblo.
A usted, señor embajador, le pido que se haga
intérprete ante las autoridades de su país de mis sentimientos de estima
sincera y cordial cercanía. A los hábiles artistas les deseo una brillante
carrera profesional y una realización humana más satisfactoria aún.
Que el Señor, Dios de la belleza y la armonía,
llene de alegría vuestra vida, colmando a cada uno de sus bendiciones.
(Evocando su reciente viaje a
Rumanía del 7 al 9 de mayo, el Santo Padre añadió)
Recuerdo que al final de una inolvidable jornada en
Rumanía, el segundo domingo de mayo, todos los participantes en la misa
gritaban: «¡Unitate! Unitate!». Esta palabra sigue siendo
emblemática. Pienso que nuestro encuentro de hoy, este concierto magnífico,
se halla también en esta línea. Gracias a todos y enhorabuena!
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