Excelencia reverendísima:
La cita anual del Congreso para la amistad entre los pueblos,
que ha llegado a su XX edición, no dejará de suscitar en quienes tomen parte
en él un renovado impulso apostólico. Desde esta perspectiva, el Santo Padre
confía a su excelencia la misión de expresar a los organizadores y a los
participantes sus sentimientos de estima y aprecio por el compromiso que los
anima, asegurándoles su recuerdo en la oración, para que esa iniciativa pueda
dar copiosos frutos de bien.
El tema que el Congreso ha propuesto para esta edición, «Lo
desconocido engendra miedo, el Misterio engendra admiración», trae a la
memoria las primeras palabras de Jesús resucitado: «No tengáis miedo» (Mt
28, 10), o las del ángel a las mujeres que van al sepulcro: «No os
asustéis...» (Mc 16, 6). Jesucristo es el Misterio que no sólo se ha
hecho cercano al hombre, sino que también ha vencido, de modo radical y de una
vez para siempre, el miedo. En efecto, él nos ha dado a conocer lo desconocido,
siendo el Misterio que se nos ha revelado. Cristo ha vencido el miedo a lo
desconocido, porque ha vencido la muerte, quitándole su aguijón letal (cf. 1
Co 15, 55-56). Gracias a la difusión en el mundo de este admirable anuncio,
Cristo muerto y resucitado por la humanidad, ha surgido la posibilidad de una
construcción plenamente humana de la vida personal, familiar y social.
Al final de este milenio, el hombre, en las más diversas
culturas, no logra ocultar su preocupación frente a los desafíos del nuevo
siglo que viene. Un síntoma de este malestar puede vislumbrarse en los nuevos
sincretismos religiosos, que van surgiendo en diferentes partes del mundo.
Prometen armonía y paz como resultado de una voluntad renovada del hombre de
salvarse por sí mismo, reconciliándose con la naturaleza maltratada, con el
propio mal y con los demás hombres. En realidad, esta promesa se muestra
incapaz de alejar la angustia que nace de una vida en la que todo aparece
confiado al afán de un «hacer», preocupado por mil cosas, pero que al final
se olvida de la meta última. Con el propósito de mejorarse a sí mismo a
través de las técnicas y las tecnologías, el hombre ha dejado a un lado los
grandes interrogantes de todos los tiempos, los grandes deseos de justicia,
belleza y verdad. Así, se ha creado una armonía artificial y frágil, que
entra en crisis apenas vuelven a presentarse fenómenos oscuros como la guerra,
las grandes injusticias sociales, las desgracias personales y las calamidades
naturales. Vuelven a surgir entonces miedos atávicos, y para conjurarlos se
buscan muchos tipos de escapatorias. Algunos movimientos artísticos, por
ejemplo, se refugian en lo abstracto y virtual, mientras que cierta ideología
científica propone un superhombre capaz de autogenerarse y mejorarse hasta
llegar a una pretendida perfección. Pero precisamente de dichas escapatorias
vuelven a surgir, agigantados, los problemas: pensemos, por ejemplo, en la
biogenética y en los dramáticos interrogantes planteados por ella, con los
consiguientes y legítimos miedos que despiertan.
Muchas veces el Santo Padre ha puesto en guardia contra estas
peligrosas ilusiones, recordando al científico que «la búsqueda de la verdad,
incluso cuando atañe a una realidad limitada del mundo o del hombre, no termina
nunca, remite siempre a algo que está por encima del objeto inmediato de los
estudios, a los interrogantes que abren el acceso al Misterio» (Discurso con
ocasión del VI centenario de la fundación de la Universidad Jaguellónica de
Cracovia, 8 de junio de 1997, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 27 de junio de 1997, p. 10).
Hoy, además, no son pocos los que, habiendo perdido también
las últimas huellas del acontecimiento admirable de la Resurrección, eligen
como escape la vuelta a la superstición, e intentan vencer el sentimiento de
soledad y de miedo al futuro mediante el recurso a horóscopos, astrólogos,
magos y sectas esotéricas. Se trata de usos muy parecidos a los del mundo
pagano del siglo IV. San Agustín ya alertaba contra los promotores de esas
prácticas y, desenmascarando el carácter ilusorio de sus previsiones y
cálculos, recordaba las palabras de la Escritura: «Pues si llegaron a adquirir
tanta ciencia que les capacitó para indagar el mundo, ¿cómo no llegaron
primero a descubrir a su Señor?» (Sb 13, 9).
En la encíclica Fides et ratio Juan Pablo II recordó
que «cada hombre está inmerso en una cultura, de ella depende y sobre ella
influye. Es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En
cada expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto de la
creación: su constante apertura al misterio y su inagotable deseo de conocer.
En consecuencia, toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia
una plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la
posibilidad de acoger la revelación divina» (n. 71).
¿Por qué, entonces, abandonar el verdadero camino? ¿Por qué
no reconocer lo que más necesita el hombre? No se trata del propósito
titánico de superar los propios límites, sino del abandono confiado en los
brazos de aquel que dijo: «¡Ánimo!, soy yo; no tengáis miedo» (Mt
14, 27), revelándose como el Misterio bueno y haciéndose amigo del hombre
hasta la entrega total de sí. Al contemplarlo, se comprende bien que el origen
de todo es el amor: éste es el Misterio que crea y gobierna el universo entero.
Sólo recorriendo este camino es posible vencer la inseguridad,
que es el origen de tanta violencia entre los hombres. Sólo así toda
investigación sobre el hombre puede afrontar sin desaliento los aspectos
misteriosos de acontecimientos que, de otro modo, producirían angustia y que,
por el contrario, pueden abrir a la admiración reflexiva y agradecida. La
experiencia enseña cuán insustituible es para la humanidad aquel que
«manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» (Gaudium et spes,
22).
Su Santidad desea de corazón que los participantes en el Congreso
para la amistad entre los pueblos, profundizando juntos en el conocimiento
de las grandes posibilidades que surgen de la acogida del misterio de Cristo,
testimonien ante el mundo, liberados del temor de la caducidad y de la muerte,
cómo se puede constituir una nueva unidad más allá de las fronteras y las
divisiones sociales, sin temer nada, porque Jesús ha superado victoriosamente
la barrera contra la cual fracasa todo esfuerzo humano: la barrera de la muerte.
Al encomendar a Dios, por intercesión de la santísima Virgen,
los trabajos del Congreso, el Santo Padre imparte de corazón a su excelencia y
a todos los participantes la propiciadora bendición apostólica.
También yo deseo que ese encuentro dé todos los frutos
espirituales anhelados, y aprovecho esta circunstancia para confirmarle mi
estima.