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DISCURSO
DEL SANTO PADRE
A LOS "JÓVENES HACIA ASÍS"
Amadísimos jóvenes:
1. Con verdadera alegría os acojo al final de vuestro primer congreso
internacional, titulado "Jóvenes hacia Asís", que se ha celebrado
en forma de peregrinación, siguiendo las huellas de san Francisco de Asís.
¡Bienvenidos! Os saludo a todos con afecto.
Os agradezco a cada uno la contribución que habéis dado al éxito de esta
iniciativa; agradezco al ministro general de los Frailes Menores Conventuales
las amables palabras que me ha dirigido. Expreso mi complacencia, en
particular, a los Frailes Menores Conventuales, que os han propuesto esta
singular peregrinación como tiempo de experiencia prejubilar, en el marco de
la preparación para la XV Jornada mundial de la juventud del 2000, que tendrá
lugar en Roma dentro de aproximadamente un año. Les manifiesto mi deseo de
que sepan vivir constantemente su consagración como don que el Señor hace a
la Iglesia, fieles al estilo de vida que el Poverello de Asís confió a la
orden.
2. Amadísimos muchachos y muchachas, el itinerario que os ha llevado a
los lugares tan queridos para la espiritualidad mariana y franciscana, ha
estado jalonado por momentos de oración y penitencia, y por encuentros de
reflexión. En Padua, Loreto y Asís habéis visitado santuarios
significativos de la fe en Italia, y vuestra actual etapa en Roma culmina
vuestro itinerario espiritual. Os guía la pregunta: "Francisco, ¿por
qué te sigue el mundo?". Estoy seguro de que, al escuchar las enseñanzas
y los testimonios, habéis recibido estímulos provechosos para renovar
vuestra adhesión al Evangelio.
Hoy habéis venido, a ejemplo de san Francisco, a encontraros con el Papa para
reafirmar vuestra fidelidad a la Iglesia, que, como decía el santo,
"conservará intactos entre nosotros los vínculos de la caridad y de la
paz... En su presencia florecerá siempre la santa observancia de la pureza
evangélica y no permitirá que se evapore, ni siquiera por un instante, el
buen olor de la vida" (2 Cel XVI, 24; FF 611).
¡Gracias por vuestra visita! Habéis querido entregarme, como hizo san
Francisco con mi venerado predecesor Honorio III, una regla de vida evangélica
que deseáis poner en práctica, así como un donativo, fruto de vuestra
jornada penitencial. Os lo agradezco de todo corazón.
3. Ahora concluye vuestra experiencia y, al volver a vuestros
hogares, podréis comunicar a vuestros coetáneos cuanto habéis experimentado
durante estos días. Ciertamente, esta peregrinación ha sido una oportunidad
providencial de encuentro con Cristo y con vosotros mismos. Os ha permitido
contemplar el rostro de Dios (cf. Sal 27, 8) y su admirable santidad,
confiando en el poder salvífico de su gracia y de su misericordia.
Dad gracias al Señor porque os han acompañado maestros pacientes, que os han
guiado espiritualmente, paso a paso, y ahora, al reanudar el camino en otras
direcciones, mantened vuestro corazón dócil a la escucha de Dios. Al volver
a vuestras actividades habituales, difundid en vuestro entorno la luz que ha
iluminado vuestro espíritu. Amad y seguid a Cristo. Si a veces, cuando el
camino se hace difícil, os sentís cansados, deteneos a la sombra de la oración.
En el diálogo con Dios encontraréis paz y alivio.
Tenéis como compañeros de camino a los "testigos" que durante
estos días habéis aprendido a conocer mejor y amar más. En Padua, en la basílica
dedicada a San Antonio, os habéis encontrado con un hombre evangélico que
recorrió el camino de una paciente y celosa visitación de Dios. En Loreto,
en la Santa Casa, el humilde corazón a la escucha de María, la "Virgen
hecha Iglesia", como solía llamarla san Francisco (Saludo a la Santísima
Virgen, 1: FF 259), os ha puesto ante Cristo encarnado. En Asís,
Francisco, corazón libre y orante, misericordioso y fraterno, os ha enseñado
a tener compasión de todos los hombres y de todas las criaturas. Siguiendo la
invitación de la Escritura a considerar atentamente "el final de su
vida, imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb
13, 7-8).
4. Amadísimos jóvenes, vuestro encuentro itinerante, que ha tocado
lugares y temas sugestivos de la fe, puede considerarse una anticipación de
la Jornada mundial de la juventud que, Dios mediante, se celebrará aquí, en
Roma, el año próximo. Ya desde ahora os invito a todos a participar en ella.
En el corazón del Año santo 2000 será efectivamente una extraordinaria
ocasión para vosotros, jóvenes: Cristo quiere que colaboréis con él
en la construcción del nuevo milenio, según su designio universal de salvación.
Vivir el Evangelio es, sin duda, una tarea exigente; pero sólo con Cristo es
posible edificar eficazmente la civilización del amor.
Que os acompañe María, Estrella del camino; os protejan san Antonio, san
Francisco y santa Clara. Por mi parte, estoy cerca de vosotros con mi oración.
Antes de despedirme, deseo ahora bendeciros con las palabras de la Escritura,
tan queridas para Francisco y que seguramente habéis escuchado muchas veces:
"El Señor os bendiga y os guarde; os muestre su rostro y tenga
misericordia de vosotros. Dirija su mirada sobre vosotros y os conceda su
paz" (cf. Nm 6, 24-26; FF 262).
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