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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
UN CONGRESO ORGANIZADO POR EL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA Y EL
CEFAES DE MADRID
Sábado 4 de diciembre
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra recibiros a todos vosotros, participantes en el congreso sobre
"La familia y la integración del minusválido en la infancia y en la
adolescencia", organizado por el Consejo pontificio para la familia, en
colaboración con el "Centro educación familiar especial" (CEFAES) de
Madrid y con el "Programa Leopoldo" de Venezuela. Saludo al señor
cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo pontificio para la
familia, y le agradezco las cordiales palabras que ha querido dirigirme,
interpretando los sentimientos de los presentes. Os saludo y os doy las gracias
a cada uno por vuestra presencia y por el empeño con que estáis afrontando un
tema tan importante, que afecta a un elevado número de familias. Espero que los
resultados de este encuentro ayuden a mejorar la situación de tantos niños y
adolescentes que tienen dificultades.
En el marco del Adviento, que nos prepara para celebrar el nacimiento del Señor,
vuestro simposio adquiere una importancia singular. En efecto, a la luz del Niño
Jesús es más fácil la reflexión sobre la condición de los niños. Cuando
las dificultades, los problemas o las enfermedades afectan a la infancia, los
valores de la fe pueden ayudar a los valores humanos para hacer que se reconozca
y respete también a los minusválidos su dignidad personal originaria. Por
tanto, es muy oportuno vuestro congreso, que centra su atención en las
familias, para ayudarles a descubrir, también en los hijos minusválidos, un
signo del amor de Dios.
2. La llegada de un hijo discapacitado es, sin duda alguna, un
acontecimiento desconcertante para la familia, que queda íntimamente afectada.
También desde este punto de vista, es importante animar a los padres a dedicar
"una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima
por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus
derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular
cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es
minusválido" (Familiaris consortio, 26).
La familia es el lugar por excelencia donde se recibe el don de la vida como tal
y se reconoce la dignidad del niño con expresiones de particular cariño y
ternura. Sobre todo cuando los niños tienen más necesidades y están más
expuestos al riesgo de ser rechazados por los demás, la familia puede tutelar
con mayor eficacia su dignidad, igual a la de los niños sanos. Es evidente que
en esas situaciones los núcleos familiares que deben afrontar problemas
complejos tienen derecho a ser apoyados. De ahí la importancia de personas que
sepan estar cerca de ellos, ya sean amigos, médicos o asistentes sociales. Hay
que alentar a los padres a afrontar esa situación, ciertamente no fácil, sin
encerrarse en sí mismos. Es importante que no sólo compartan el problema los
familiares más íntimos, sino también personas competentes y amigas.
Éstos son los "buenos samaritanos" de nuestro tiempo que, con su
presencia generosa y amistosa, repiten el gesto de Cristo, el cual hizo sentir
siempre su cercanía consoladora a los enfermos y a las personas que se
encontraban en dificultades. La Iglesia expresa su gratitud a esas personas que
día a día y en todos los lugares se esfuerzan por aliviar los sufrimientos con
"gestos cotidianos de acogida, sacrificio y cuidado desinteresado" (Evangelium
vitae, 27).
3. Si el niño que tiene dificultades se halla insertado en un hogar
acogedor y abierto, no se siente solo, sino en el corazón de la comunidad, y así
puede aprender que la vida siempre merece ser vivida. Los padres, por su parte,
experimentan el valor humano y cristiano de la solidaridad. He recordado en
otras ocasiones que es preciso demostrar con los hechos que la enfermedad no
crea brechas infranqueables, ni impide relaciones de auténtica caridad
cristiana con quien la padece. Por el contrario, la enfermedad debe suscitar una
actitud de especial atención a esas personas, que pertenecen con pleno derecho
a la categoría de los pobres, a quienes corresponde el reino de los cielos.
Pienso, en este momento, en el ejemplo de extraordinaria dedicación a sus hijos
que han dado innumerables padres; pienso en las múltiples iniciativas de
familias dispuestas a acoger con gran generosidad a niños minusválidos, en
custodia o en adopción. Cuando las familias se alimentan abundantemente de la
palabra de Dios, se producen en su seno milagros de auténtica solidaridad
cristiana. Esta es la respuesta más convincente que se puede dar a cuantos
consideran a los niños minusválidos como un peso o creen incluso que no son
dignos de vivir plenamente el don de la existencia. Acoger a los más débiles,
ayudándoles en su camino, es signo de civilización.
4. Los pastores y los sacerdotes tienen la misión de sostener a los padres
para que comprendan y acepten que la vida es siempre don de Dios, incluso cuando
está marcada por el sufrimiento y la enfermedad. Toda persona es sujeto de
derechos fundamentales, que son inalienables, inviolables e indivisibles. Toda
persona; por consiguiente, también el minusválido, que, precisamente
a causa de su minusvalidez, puede encontrar mayores
dificultades en el ejercicio concreto de esos derechos. Por tanto, necesita
que la sociedad no lo deje solo, sino que lo acoja y, según
sus posibilidades, lo inserte en ella como miembro con pleno derecho.
Ante todo ser humano, siempre digno del máximo respeto en virtud de su dignidad
de persona, la sociedad civil y la Iglesia tienen papeles específicos que
desempeñar, contribuyendo a desarrollar en la comunidad la cultura de la
solidaridad. El minusválido, como cualquier otro sujeto débil, debe ser
estimulado a convertirse en protagonista de su existencia. Compete, ante todo, a
la familia, superado el primer momento, comprender que el valor de la existencia
trasciende el de la eficiencia. Si no sucede así, corre el riesgo de
desmoralizarse y quedar defraudada cuando, a pesar de todas las tentativas, no
se obtienen los resultados esperados de curación o recuperación.
5. Evidentemente, la familia necesita un apoyo adecuado por parte de la
comunidad. En algunos casos hacen falta sistemas de intervención rápida para
los momentos cruciales y otras veces se ha de recurrir a instituciones donde
existan pequeñas comunidades debidamente equipadas, cuando la convivencia en la
familia ya no es posible.
En todo caso, es importante mantener la comunicación familiar en un nivel
constantemente elevado, puesto que, como es sabido, hablar, escuchar y dialogar
son factores esenciales para regular y armonizar el comportamiento. Además, es
necesario que el hijo discapacitado pueda disfrutar de momentos de atención y
amor dedicados a él. En esta función, la familia es
indispensable; pero sólo con sus fuerzas difícilmente logrará obtener
resultados apreciables. Se abre aquí el espacio para la intervención de
asociaciones especializadas y de otras formas de ayuda extrafamiliar, que
aseguren la presencia de personas con las que el niño minusválido pueda
dialogar y entablar relaciones educativas y amistad.
La vida de grupo y la amistad constituyen, asimismo, una gran ayuda para
disminuir la dificultad de inserción y lograr una mejor adaptación personal y
social, gracias a la creación de relaciones abiertas y gratificantes.
6. Amadísimos hermanos y hermanas, he reflexionado junto con vosotros en
algunos aspectos prácticos de gran importancia, relacionados con la integración
de los niños minusválidos en la familia y en la sociedad. Mucho se ha escrito
acerca de este tema, y la acción pastoral debe dedicar gran atención a los
problemas que implica. Los niños merecen los mejores cuidados, y esto vale en
particular cuando se encuentran en condiciones difíciles.
Sin embargo, por encima de cualquier investigación científica provechosa y de
cualquier iniciativa social y pedagógica, para el creyente es importante el
humilde y confiado abandono en las manos de Dios. En la oración, sobre todo, la
familia encontrará la energía para afrontar las dificultades. Los
familiares, recurriendo constantemente al Señor, aprenderán a acoger, amar y
valorar al niño o la niña marcados por el sufrimiento.
María, Madre de la esperanza, ayude y sostenga a cuantos deben afrontar esas
situaciones. A ella le encomiendo vuestro meritorio compromiso, a la vez que os
imparto complacido a vosotros, y a vuestros seres queridos, una especial bendición
apostólica.
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