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DISCURSO DE JUAN PABLO II AL
PRESIDENTE DE LA FEDERACIÓN LUTERANA MUNDIAL
jueves 9 de diciembre
Señor presidente:
1. Lo saludo cordialmente en el palacio apostólico, juntamente con los
delegados de la Federación luterana mundial. Han pasado siete años desde que
tuve la alegría de acoger en el Vaticano a su ilustre predecesor, el presidente
Gottfried Brakemeier. En aquella ocasión festejamos el vigésimo quinto
aniversario del diálogo entre católicos y luteranos. Llenos de gratitud, hemos
podido observar los numerosos y significativos frutos que han producido las
conversaciones bilaterales. A partir del concilio Vaticano II, los católicos y
los luteranos se han acercado sensiblemente: con la ayuda de Dios,
lentamente y con paciencia, hemos logrado eliminar las barreras que nos
separaban. Al mismo tiempo, se han fortalecido también los vínculos visibles
de unidad. La relación ecuménica entre católicos y luteranos ha crecido de
manera constante, tanto a nivel internacional como nacional. Los signos de
comunión en la fe se han convertido en una buena costumbre. La colaboración en
el ámbito caritativo y social se ha hecho más estrecha.
2. Un fruto particular del diálogo teológico se produjo hace algunas
semanas, en Augsburgo, donde se firmó la Declaración conjunta sobre la
doctrina de la justificación por la fe: un tema que durante siglos ha
sido una especie de símbolo de la separación entre católicos y protestantes.
Demos gracias a Dios, que nos ha concedido poner una
piedra miliar en el arduo camino del restablecimiento de la unidad
plena entre los cristianos (cf. Ángelus, 31 de octubre de 1999).
Ese Documento es, sin duda alguna, un punto de partida seguro para ulteriores
pasos ecuménicos. Exhorta a orientar la investigación teológica en el ámbito
ecuménico y a eliminar los obstáculos que aún se oponen a la comunión en la
mesa del Señor, tan profundamente deseada. Por eso, uniendo nuestras energías,
debemos esforzarnos para traducir el contenido de la doctrina, que hemos
elaborado juntos, a la lengua y a la vida de nuestros contemporáneos. Se
necesitan buenos intérpretes, capaces de transmitir la verdad con fidelidad a
su propia identidad y por amor a los respectivos interlocutores.
3. Con nuestra mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de
Dios, hemos llegado juntos al umbral del tercer milenio. "Jesús es la
verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad" (Incarnationis
mysterium, 1).
Me alegra mucho que haya aceptado celebrar con la Iglesia católica el año
jubilar aquí, en Roma, y en todo el mundo. Dos puntos de la reciprocidad ecuménica
merecen atención particular. En primer lugar, recuerdo la Semana de oración
por la unidad de los cristianos, con ocasión de la cual abriré la Puerta santa
en San Pablo extramuros; en segundo lugar, quisiera mencionar la conmemoración
de los nuevos mártires cristianos.
Precisamente en este siglo, afligido por la violencia y el terror, el testimonio
de los mártires es muy elocuente, tanto para los católicos como para los
luteranos. Es "un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de
la verdad del amor cristiano" (ib., 13). Los mártires son los que
"han anunciado el Evangelio dando su vida por amor" (ib.). De
este modo, el martirio cobra un significado ecuménico, puesto que quienes creen
en Cristo y están unidos en el seguimiento de los mártires, no pueden
permanecer divididos (cf. Ut unum sint, 1).
4. La fiesta común del gran jubileo es una oportunidad para profundizar
nuestro testimonio común de fe. Precisamente el mundo actual desea que los
cristianos se acerquen entre sí.
Por este motivo, el calendario del Año santo prevé diversos encuentros ecuménicos.
¿Por qué deberíamos recorrer aún caminos separados, si ya nos encontramos en
el mismo camino? El año jubilar, como acontecimiento espiritual, ofrece a los
católicos y a los luteranos diferentes posibilidades, que pueden aprovechar
juntos.
Las Vísperas ecuménicas, que celebramos recientemente con motivo de la
proclamación de santa Brígida como copatrona de Europa, fueron una anticipación.
En esa ocasión, al dar gracias a Dios con himnos y salmos, percibí el
"espacio espiritual" en que los cristianos están juntos en presencia
de su Señor (cf. ib., 83). El espacio espiritual común es más grande
que algunas barreras confesionales que aún nos separan en el umbral del tercer
milenio. Si los cristianos, a pesar de sus divisiones, saben unirse cada vez más
en la oración común en torno a Cristo, crecerá en ellos la convicción de que
es realmente poco lo que los separa, en comparación con lo que los une (cf. ib.,
22).
Quien es consciente de esto, no puede considerar el ecumenismo como un mero
"apéndice", que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia
(cf. ib., 20). La unidad plena es un objetivo en el que vale la pena
comprometerse. Es un impulso para la actividad espiritual de toda la Iglesia.
5. A propósito de estas consideraciones, llenas de esperanza, estoy
convencido de que las buenas relaciones que existen entre la Iglesia católica y
la Federación luterana mundial pondrán las bases sobre las que se podrán
entablar ulteriores diálogos destinados a solucionar las cuestiones aún
abiertas.
De la misma forma que la oración es el alma de la renovación ecuménica y de
la aspiración a la unidad (cf. ib., 28), así también nuestro diálogo
común sobre las cuestiones fundamentales de la doctrina ha de estar sostenido
en el futuro por una ferviente oración en nuestras comunidades. La oración de
los fieles es, por decirlo así, el viento que impulsa el diálogo ecuménico.
Quiera Dios que pronto lleguemos a la unidad que quiere Jesús. Elevemos esta súplica
junto con nuestra acción de gracias al Señor de la historia. No sólo debemos
mirar atrás, a los dos mil años después de Cristo; con vistas al año
2000, también hemos de caminar confiadamente con Cristo hacia el futuro.
Con ocasión de la fiesta del nacimiento de Jesucristo, nuestro Señor ayer, hoy
y siempre, os deseo la paz y la bendición del Hijo de Dios encarnado.
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