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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS
CATÓLICOS DE CHINA
"Y el Verbo se hizo carne"
Amadísimos hermanos y hermanas de la Iglesia católica en China:
En vísperas del gran jubileo, durante el cual recordaremos el bimilenario del
nacimiento de Cristo, con alegría y con gran afecto os saludo a todos en el
amor de Dios Padre y en la comunión del Espíritu Santo.
Todos los católicos de origen chino están cerca de mi corazón de Pastor de la
Iglesia universal, pero en este momento siento el deber de dirigirme de modo
particular a los pastores y a los fieles de la China continental, que aún no
pueden manifestar de forma plena y visible su comunión con esta Sede apostólica .
1. También vosotros, hermanos y hermanas de la Iglesia que está en China,
junto con todos los fieles que se preparan en el mundo entero para celebrar el
gran jubileo y el inicio de un nuevo milenio, habéis acogido la invitación del
Sucesor de Pedro y Obispo de Roma, y esperáis con fe este acontecimiento.
Las indicaciones prácticas, que expliqué en la bula de convocación Incarnationis
mysterium, y las disposiciones para lucrar la indulgencia jubilar,
publicadas en el correspondiente decreto de la Penitenciaría apostólica, serán
para todos los católicos norma y guía con miras a una fructuosa celebración
de ese providencial año de gracia, no sólo en Roma y en Tierra Santa, sino
también en otras circunscripciones eclesiásticas.
A muchísimos católicos, esparcidos por todo el mundo, no les será posible
cruzar el umbral de la Puerta santa en Roma y venerar las tumbas de los apóstoles
san Pedro y san Pablo. Pero todos están invitados a descubrir, donde viven, que
"pasar por esa puerta significa confesar que Cristo Jesús es el Señor,
fortaleciendo la fe en él para vivir la vida nueva que nos ha dado. Es una
decisión que presupone la libertad de elegir y, al mismo tiempo, el valor de
dejar algo, sabiendo que se alcanza la vida divina (cf. Mt 13,
44-46)" (Incarnationis mysterium, 8).
2. Nuestros corazones se dirigen al momento histórico en que, en la
"plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), nació entre nosotros el
Hijo de Dios: un acontecimiento que la mayoría de la humanidad ha
aceptado ya como punto de referencia para la cronología de la historia. Jesús
nació en una provincia de Palestina, país asiático que se encuentra en la
encrucijada de los grandes intercambios culturales entre Oriente y Occidente,
punto de encuentro entre Asia, Europa y África.
Ese nacimiento produjo, y produce aún hoy, alegría a todos los hombres en el
"vasto ámbito que se extiende bajo el cielo", precisamente como los
ángeles anunciaron a los pastores en Belén: "Os anuncio una gran
alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad
de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 10-11)
El nombre que dieron al recién nacido: Jesús, "Dios da la salvación",
sintetiza su misión y es una promesa para todo el género humano: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verdad" (1 Tm 2, 4); "tanto amó Dios al mundo que
le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que
tenga vida eterna" (Jn 3, 16).
3. Jesús comenzó a realizar durante su vida lo que se dijo
de él cuando nació: "Anunció la salvación a los pobres, la
liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo" (Plegaria
eucarística IV).
Con el propósito de cumplir el designio misericordioso y misterioso de Dios
para la salvación de los hombres, "se entregó a la muerte y,
resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva
vida" (ib.).
Antes de su Ascensión y de su vuelta al Padre, mandó a sus discípulos, es
decir, a la Iglesia naciente: "Id, pues, y haced discípulos a todas
las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo" (Mt 28, 19).
Los discípulos, obedientes al Señor y animados por el Espíritu Santo,
cumplieron el mandato de Jesús, llevando la buena nueva a Oriente y Occidente,
al norte y al sur.
4. El jubileo, a la vez que recuerda el ingreso de Jesús en la historia,
celebra también su presencia progresiva entre los pueblos.
Amadísimos hermanos y hermanas, como bien sabéis, según los planes
misteriosos de la divina Providencia, el evangelio de la salvación se anunció
muy pronto también en vuestro país. En efecto, ya en los siglos V y VI algunos
grupos de monjes de Siria, atravesando el Asia central, llevaron el nombre de
Jesús a vuestros antepasados. Aún hoy, una famosa estela en la capital
Chang'an (Xi'an) resume muy bien, a partir del año 635, aquel momento histórico
que marcó el ingreso oficial de la "religión luminosa" en China.
Después de algunos siglos, aquel anuncio se debilitó. Pero el hecho de que el
evangelio de Jesús se haya predicado a vuestros antepasados en un período histórico
en el que gran parte de Europa y del resto del mundo no tenía aún conocimiento
de él, tiene que ser para vosotros motivo de gratitud a Dios y de intensa alegría.
5. El mensaje evangélico, que se proclamó en aquellos comienzos remotos,
no ha perdido actualidad y os invita e impulsa a anunciarlo a quienes aún no lo
han recibido.
La vida de los discípulos de Jesús, tanto entonces como ahora, en China y
otros lugares, debe inspirarse en la "buena nueva"; así, la auténtica
realización del Evangelio en vuestra vida se convertirá en un testimonio
luminoso de Cristo en vuestro ambiente. Por tanto, todos vosotros, hermanos y
hermanas, estáis llamados a anunciar con nuevo vigor el evangelio de la salvación
al pueblo chino de hoy.
Comprendo que no os sintáis a la altura de una misión tan grande y ardua, pero
sabéis que contáis con la fuerza victoriosa de Cristo (cf. Jn 16 33),
que os asegura su presencia y su ayuda. Bajo la guía de vuestros pastores y en
comunión con ellos, vosotros, queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos, debéis elaborar planes pastorales actualizados, dando gran relieve y
prioridad a todo lo que concierne al anuncio de Jesús y de su palabra de vida,
y prestando particular atención al mundo juvenil.
En este marco, la celebración del jubileo será una ocasión para recordar las
labores apostólicas, los sufrimientos, las lágrimas y el derramamiento de
sangre que han acompañado el camino de la Iglesia entre los hombres de todos
los tiempos. También entre vosotros, la sangre de vuestros mártires ha sido
semilla de una multitud de auténticos discípulos de Jesús. Mi corazón está
lleno de admiración y gratitud al Señor por el generoso testimonio que han
dado numerosos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Y parece
que, en algunas regiones, el tiempo de la prueba no ha terminado aún.
6. Al prepararos para la celebración del gran jubileo, recordad que en la
tradición bíblica este momento ha implicado siempre la obligación de
perdonarse las ofensas unos a otros, reparar las injusticias cometidas y
reconciliarse con los demás.
También a vosotros se ha anunciado la "gran alegría preparada para todos
los pueblos": el amor y la misericordia del Padre, la redención
realizada por Cristo. En la medida en que vosotros mismos estéis dispuestos a
aceptar este anuncio gozoso, podréis transmitirlo, con vuestra vida, a todos
los hombres y mujeres con quienes tenéis contacto. Deseo ardientemente que
secundéis las sugerencias interiores del Espíritu Santo, perdonándoos unos a
otros todo lo que debéis perdonaros, acercándoos y aceptándoos recíprocamente,
y superando las barreras para eliminar todo lo que pueda separaros.
No olvidéis las palabras de Jesús durante la última cena: "En esto
conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a
los otros" (Jn 13, 35).
He sabido con alegría que queréis ofrecer, como don muy valioso para la
celebración del gran jubileo, la unidad entre vosotros y con el Sucesor de
Pedro. Este propósito es seguramente fruto del Espíritu, que guía a su
Iglesia por los difíciles caminos de la reconciliación y la unidad.
7. "Un signo de la misericordia de Dios, hoy especialmente necesario,
es el de la caridad, que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en
la pobreza y la marginación" (Incarnationis mysterium, 12).
Entre los compromisos prácticos, que mostrarán vuestro esfuerzo de conversión
y renovación espirituales, deberá figurar la caridad con vuestros hermanos, en
la forma tradicional de las obras de misericordia corporales y espirituales.
Esta solidaridad concreta será vuestra contribución discreta, pero eficaz,
también al bien de vuestro pueblo. De este modo, daréis un testimonio
elocuente del nombre cristiano que lleváis con valentía y orgullo: como
buenos chinos y auténticos cristianos, amáis a vuestro país y también a la
Iglesia particular y universal.
8. El jubileo del año 2000 será una gran plegaria de alabanza y acción
de gracias, sobre todo por el don de la encarnación del Hijo de Dios y de la
redención que realizó.
Será alabanza y acción de gracias por el don de la Iglesia, fundada por Cristo
como "sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de
la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1).
"Su agradecimiento se extenderá, finalmente, a los frutos de santidad
producidos en la vida de tantos hombres y mujeres -también en vuestro pueblo-
que en cada generación y en cada época histórica han sabido acoger sin
reservas el don de la redención" (Tertio millennio adveniente, 32).
9. Unidos entre vosotros en la verdad y en la caridad de Cristo, en comunión
con la Iglesia universal y con el Papa, llamado por Jesús para ser el Sucesor
de Pedro y prenda de unidad, cruzad el umbral del nuevo milenio, confiando en
que el único Dios y Padre de todo el género humano bendice y bendecirá
vuestros pasos y los pasos de todo vuestro pueblo. Sed levadura de bien para
vuestro pueblo, aunque vuestro número sea escaso. Sed signo y sacramento de la
salvación prometida por Dios a todos los hombres, invitando a los demás a
escuchar y creer en la buena nueva del gran jubileo: "¡Os ha nacido
un Salvador!".
María, Madre del Redentor, Auxilio de los cristianos y Reina de China, os
proteja y sostenga en la realización de vuestra vocación y en la actuación de
los propósitos que nazcan en vuestro corazón, cada vez más atento y generoso.
10. En este momento, mi mirada se ensancha de nuevo para abrazar también a
todos los católicos chinos que viven fuera de la China continental. Los saludo
con afecto y les expreso mi deseo sincero de que, durante el Año jubilar, se
sientan fortalecidos, al ser "conscientes de llevar al mundo la luz
verdadera, Cristo Señor" (Incarnationis mysterium, 2). Están
llamados a ser luz y levadura donde la Providencia los ha situado, y a cultivar
la unidad espiritual con todos sus hermanos y hermanas de la gran familia china.
"La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión
del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Amén". Con este deseo, os
bendigo a todos de corazón.
Vaticano, 8 de diciembre de 1999, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la
Santísima Virgen María.
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