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DISCURSO DE JUAN PABLO II AL
PATRIARCA DE CILICIA DE LOS ARMENIOS Y A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA ARMENIA
CATÓLICA
Lunes 13 de diciembre
Beatitud; queridos obispos de la Iglesia armenia
católica; hermanos y hermanas:
1. Con entrañable afecto os doy la bienvenida a esta alma Urbe,
santificada por la sangre de los apóstoles san Pedro y san Pablo, sede
del Obispo que, edificado él mismo sobre la
piedra que es fundamento de la Iglesia, tiene el mandato de confirmar en la fe a
sus hermanos.
Le doy una bienvenida particular con el santo beso de la fraternidad a usted,
venerado hermano Nerses Bedros XIX, que pocos días después de haber sido
elegido patriarca de Cilicia de los armenios católicos y haber recibido de mí
la comunión eclesiástica, está aquí para significar y manifestar con alegría
esta comunión y la de su Iglesia con el Sucesor de Pedro. Este acontecimiento
celebra la bondad del Señor, que nos ha amado hasta el extremo de darnos la
participación plena en la misma fe. Hemos manifestado esta gratitud del modo más
alto y solemne que tienen los cristianos: concelebrando la misma Eucaristía
e intercambiándonos los santos dones del Cuerpo y la Sangre del Señor, nuestra
esperanza común.
Le agradezco en especial las afectuosas palabras que ha querido dirigirme. Como
ya ha hecho en su primera carta pastoral, también en este saludo ha citado al
santo doctor armenio Nerses el Agraciado, cuyo nombre ha deseado tomar en el
momento de asumir su nueva responsabilidad de padre y cabeza de la Iglesia
armenia católica, juntamente con el nombre de Pedro que, por una hermosa y
significativa tradición de amor a esta Sede apostólica, asumen todos los
patriarcas armenios católicos.
Aprecio particularmente a san Nerses por la profundidad de su doctrina, por el
edificante testimonio de su vida y por su gran apertura ecuménica, que lo llevó
a amar y valorar el encuentro con las demás Iglesias cristianas y a desear
ardientemente que se restableciera la comunión plena entre ellas.
A usted, Beatitud, le deseo que siga las huellas de su santo patrono y que sea
promotor incansable de comunión, ante todo en el seno de su Iglesia; luego, en
la admirable sinfonía de la catolicidad; y, por último, en el camino tan
anhelado hacia la comunión plena con los amados hermanos de la Iglesia armenia
apostólica, a la que usted ha querido aludir en sus palabras de saludo, y a la
que yo también envío el beso de la paz y mis felicitaciones en la cercanía de
la santa Navidad.
2. Usted asume su delicada responsabilidad en un momento de gracia
particular, pero también de gran dificultad. Experimentamos gran alegría en vísperas
del gran jubileo del año 2000, tiempo de gracia que desvela a la fe el
verdadero significado de la historia y el camino de la humanidad hacia el Señor
que viene. Este júbilo es mayor aún por el hecho de que, en el 2001, el pueblo
armenio celebrará el XVII centenario de su conversión al cristianismo. La
historia de los armenios sería realmente incomprensible si se prescindiera de
ese acontecimiento, que se ha grabado profundamente en su vida, y que ha
caracterizado su historia, en particular mediante el testimonio heroico del
martirio. Como usted ha escrito: "Para comprender bien nuestra
historia, leámosla con ojos cristianos. (...) Todo hombre busca la felicidad,
todo hombre tiene derecho a la felicidad, pero no existe verdadera felicidad sin
la luz, sin Cristo" (Carta pastoral, n. 6).
Así pues, alegría, pero marcada aún por las dificultades que atraviesa el
pueblo armenio, sobre todo en la madre patria, afligida también recientemente
por trágicos acontecimientos. Aseguro a su pueblo el afecto, la cercanía y la
oración del Papa.
3. Su ministerio le exige una gran fuerza espiritual. Le espera una
apasionante tarea de reorganización de la Iglesia armenia católica, cuyo punto
de partida consiste en confirmarla y consolidarla en la fe. No hay verdadera
renovación ni auténtico progreso si no es mediante la fe. Una fe que ante todo
es preciso conocer, profundizar y celebrar. La predicación de san Gregorio el
Iluminador está inscrita en el corazón de los armenios: es necesario
vivificarla, hacerla consciente y testimoniarla. De este modo, la tradición de
santidad de su pueblo no será sólo ocasión de orgullo, como si fuera parte
del pasado, sino también fuente de compromiso en la actualidad para un
testimonio coherente de vida. Nuestro mundo, sus engaños y sus falsos dioses
exigen un nuevo "martirio": el de la coherencia, y no hay
coherencia sin una asimilación cada vez más profunda del evangelio de
Jesucristo. Esto se obtendrá mediante una vuelta del corazón y de la mente a
la Escritura, a vuestra liturgia y a vuestros Padres, que tanto han enriquecido
el patrimonio cristiano.
Esta tarea le corresponde sobre todo a usted, beatísimo hermano, que ya es
conocido y estimado por su esmerado compromiso de trabajo, sostenido firmemente
por su abandono a la voluntad de Dios, y también le corresponde al Sínodo, que
usted preside. Un modo importante para celebrar los acontecimientos de salvación
del tiempo que nos espera consiste en hacer que el Sínodo de los obispos se
convierta verdaderamente en un órgano propulsor de la comunión en la fe y en
la vida eclesial. Para que esto suceda se requiere que todos tengan un gran
sentido de responsabilidad y la conciencia de que el bien de la Iglesia está
por encima de los horizontes personales e, incluso, de los de cada ambiente
pastoral, por importantes que sean. Es el bien del pueblo, el bien de la
Iglesia, y debe actuarse con la amplitud de horizontes que exige.
El pueblo necesita la solicitud amorosa de sus pastores. Los obispos no pueden
menos de sentirse comprometidos ante las expectativas de las ovejas de su grey.
El santo doctor Nerses pone en labios de Cristo nuestro Señor estas palabras
sobre el ministerio episcopal: "Del mismo modo que yo no me he
dedicado a los placeres, sino que he asumido el sacerdocio por el género
humano, sufriendo la cruz y la muerte, así también vosotros debéis
combatir hasta la muerte por las ovejas de vuestra grey, que yo he
adquirido con mi sangre" (Carta encíclica, cap. IV).
4. Los sacerdotes han de ser el objeto principal de su solicitud: le
piden su ayuda para encontrar verdadera y concretamente en Cristo, y no en la
posición social o en el prestigio personal, la raíz y el sentido de su
ministerio. En el mundo actual, sentirse orgullosos de la propia posición en la
Iglesia, además de contradecir abiertamente el mandato del Señor, es
considerado por los fieles como una inútil forma de separación y de
insensibilidad pastoral. ¿De qué podemos enorgullecernos los hombres de
Iglesia si conocemos nuestro pecado y nuestra debilidad? De una sola cosa
debemos gloriarnos: de la cruz de Cristo, que ha vencido a la muerte. A
los sacerdotes, que el santo patriarca Nerses llama "nodrizas de los hijos
de Dios" (ib., cap. V), les da dos orientaciones valiosas:
ante todo, crecer en el conocimiento de Dios y de su palabra. Muy concretamente,
les pide que no dejen correr "distraídamente, como el agua por un tubo,
las palabras místicas de la oración que ofrecéis, (...) sino, por el
contrario, siempre con la máxima atención, y si es posible con lágrimas y
gran temor, como si las sacarais ahora mismo de vuestro corazón y de vuestra
mente" (ib.).
Renovar la propia respuesta a Cristo quiere decir también esforzarse por
profundizar, mediante la oración y el estudio, el significado de la propia
vocación. Para hacerlo, será importante aprender con diligencia y frecuentar
con asiduidad ante todo los tesoros de espiritualidad que son peculiares de la
tradición armenia, asimilando con humildad los instrumentos para penetrar en
ellos, porque Dios se comprende mejor cuando nos acercamos a su palabra a través
de la lengua y la sensibilidad de los propios Padres.
Esto vale, en particular, para la liturgia, por cuya pureza y dignidad usted
debe velar, con la seguridad de que hablará de modo admirable al corazón de
sus hijos. En efecto, la primera reforma litúrgica es la asimilación y el
conocimiento de la oración común tradicional.
5. El segundo compromiso indicado por Nerses es la concordia en la caridad:
"Os suplico a todos -escribe- que no os entreguéis precipitadamente a las
discusiones y a las conversaciones inútiles; por el contrario, estad prontos y
dispuestos a la reconciliación y a la paz" (ib.). El pueblo de Dios
necesita ver sacerdotes que se aman y se esfuerzan por estimarse entre sí. Ésta
es la primera condición para que puedan amar a los que están confiados a su
cuidado pastoral. Se trata de un testimonio fuerte para que los jóvenes los
consideren como modelos dignos de imitar. Con la ayuda de Dios, la escasez de
vocaciones podrá resolverse cuando la Iglesia verdaderamente llegue a
ser transparente en su testimonio, creíble en su anuncio y ardiente en su amor
fraterno. No faltan jóvenes que quieran seguir a Cristo. No debemos
defraudarlos.
También confío a su cuidado asiduo a los monjes, a los religiosos y a las
religiosas, a quienes el santo Catholicós define "columnas del mundo, ángeles
vestidos de carne y astros que resplandecen en la tierra" (ib., cap.
III). Los armenios, como sucede particularmente con todas las Iglesias de
Oriente, encuentran en el monaquismo lo que los afianza en la fe, el alma
orante, la referencia a los tiempos últimos y un modelo de vida fraterna. Los
religiosos y las religiosas armenios católicos han colaborado, en tiempos difíciles
para todo el pueblo armenio y a su servicio, sin distinción de pertenencia
eclesial, para crear personalidades fuertes y armoniosas, caracterizadas por sus
buenas costumbres, la profundidad de su cultura y su amor a la patria. Que este
tesoro no se ponga en peligro; que no se dilapide el patrimonio de generaciones
enteras. No sólo se lo pide el Papa, sino también todo el pueblo armenio, para
el cual el servicio de la cultura es también garantía de supervivencia.
6. Beatitud, sus hijos e hijas confían en usted y esperan su palabra
paterna y su guía eficaz. Que el Espíritu Santo guíe sus pasos, sostenga sus
propósitos e inspire sus opciones.
Cuando vuelva a su sede en el Líbano y cuando recorra el mundo para confirmar
en la fe a los armenios confiados a su cuidado, presentes en todos los lugares
con su inteligente laboriosidad, lléveles, junto con su saludo y su bendición,
el afecto y la oración del Papa.
Citando una vez más las palabras de su protector celestial san Nerses, "le
pido a usted, a los obispos, a los sacerdotes y a los monjes que le pertenecen,
que oren por mis múltiples necesidades al Señor, el cual en todos los lugares
está cerca de los que lo invocan en la verdad, (...) a fin de que todos
nosotros, pastores y grey, lleguemos a los bienes celestiales para poseer
el paraíso en Cristo. A él la gloria y la virtud, con el Padre y el Espíritu
Santo, por los siglos de los siglos. Amén" (Discurso con motivo de su
consagración como Catholicós).
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