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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
S.E. MONS. DOMIGOS LAM KA TSEUNG CON MOTIVO DE LA VUELTA DE MACAO A LA
SOBERANÍA CHINA
Al venerado hermano
Domingos Lam Ka Tseung
Obispo de Macao
Casi cuatrocientos veinticuatro años después de que mi predecesor Gregorio XIII
erigiera la diócesis de Macao, la comunidad diocesana confiada al cuidado de
su excelencia reverendísima se prepara para vivir un acontecimiento
importante de su historia plurisecular, cuando, el próximo 20 de
diciembre, ese territorio vuelva a la soberanía china.
La diócesis de Macao, creada para proveer a las necesidades pastorales que
surgían de la difusión del cristianismo en el Extremo Oriente asiático,
abarcaba al inicio toda la China, además de otras tierras confinantes e islas
adyacentes. De este modo, su historia se ha entrelazado con la historia de la
evangelización de toda el área geográfica circundante y, en particular, con
la de China, país de antiguas tradiciones filosófico-religiosas. La función
de puerta de la Iglesia para China, que la Providencia divina asignó a la diócesis
de Macao y que ésta ha desempeñado durante cuatro siglos con mayor o menor
éxito, adoptará nuevas formas ahora que esa comunidad diocesana va a formar
parte con pleno derecho de la Iglesia en China. En particular, deberá
profundizar su vocación misionera en el seno del mundo chino, para
convertirse en un punto de referencia y de apoyo espiritual también para los
numerosos hermanos y hermanas en la fe que viven esparcidos en ese vasto país
que es la China.
La tradición histórico-cultural de esa Iglesia particular es rica en valores
significativos. Macao no sólo fue la puerta de la evangelización del
continente chino, sino también una vanguardia de cultura cristiana y un lugar
de encuentro con las culturas del Extremo Oriente. De hecho, en esa ciudad,
con la creación del prestigioso Colegio universitario San Pablo, se erigió
la primera universidad de estudios del Extremo Oriente ya en 1594, es decir,
apenas treinta y nueve años después de que los navegantes portugueses
desembarcaran por primera vez en Macao. Así, además de la instrucción
elemental, que la Iglesia organizó inmediatamente, comenzó también la de
grado superior.
Al igual que en el campo cultural, la presencia de los católicos se ha
distinguido por su labor social, como lo demuestra, entre otras obras, la
Santa Casa de la Misericordia, creada en 1569, que ha tenido una influencia
enorme en la historia humana de la población local.
En este importante momento en que el territorio vuelve a ser parte integrante
de China, la Iglesia que está en Macao, rica en tradición y dignidad, está
llamada a continuar su compromiso de servicio espiritual, cultural y social.
Ojalá que, en vísperas del nuevo siglo y en el marco del Año santo ya
inminente, impulse su compromiso evangélico, renovando con generosidad y
audacia los métodos y las formas tanto de su testimonio religioso como del
valioso servicio que presta en los sectores educativo, escolar y asistencial.
Que sea una Iglesia profética, que anuncie al hombre, seducido por la avidez
de los bienes materiales y desorientado en sus fines, la elevada razón de la
vida moral, la dignidad y la libertad de toda persona humana, la belleza del
Evangelio, y la alegría de adherirse a Cristo. Que sea una Iglesia fiel al
significado del glorioso nombre de la ciudad: "Macao, ciudad del
nombre de Dios". Que hable a todos, sin miedo, del amor del Padre,
manifestado en Jesús y concedido por el Espíritu Santo. Que mantenga fiel su
tradición, testimoniada por los innumerables y espléndidos edificios
sagrados que, a lo largo de los siglos, ha dedicado a la Madre de Dios, a san
José, a Santiago y a san Francisco Javier.
Que conserve su comunión plena con la Iglesia universal y, como en el pasado,
promueva siempre la comunión con la Iglesia de toda la China, a la que desde
ahora pasa a estar unida por un especial vínculo civil.
Al formular estos votos, deseo asegurar mi oración, y la de toda la Iglesia,
por la comunidad diocesana de Macao y por la familia católica más vasta de
toda la China continental.
Le envío a usted, venerado hermano, mi afectuoso saludo y mi bendición apostólica,
que extiendo a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los fieles
laicos y a todas las personas de buena voluntad.
Vaticano, 3 de diciembre de 1999, fiesta de san Francisco Javier, patrono
de las misiones
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