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VIAJE PASTORAL A RUMANIA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN
LA CEREMONIA DE DESPEDIDA
9
de mayo de 1999
1. En el momento de dejar esta amada tierra de
Rumanía, lo saludo ante todo a usted, señor presidente, y le agradezco la
acogida que me ha dispensado. A través de usted, extiendo estos sentimientos a
todo el querido pueblo rumano que, durante estos días, me ha rodeado con su
cordialidad y entusiasmo.
Un saludo particular va a Su Beatitud, el patriarca
Teoctist, a los metropolitas, a los obispos y a todo el pueblo de la venerable
Iglesia ortodoxa de Rumanía. Abrazo fraternalmente a los obispos y a las
comunidades católicas, tanto de rito bizantino como latino, todas presentes en
mi corazón. Saludo asimismo a las otras confesiones cristianas y a los miembros
de las demás religiones presentes en el país. Un don de Dios para todo el
pueblo
2. Han sido días de profundas emociones, que he
vivido con intensidad y que permanecerán grabadas indeleblemente en mi
corazón. Recibimos como un don de la mano de Dios los acontecimientos en que
hemos participado juntos, esperando que produzcan frutos de gracia no sólo para
los cristianos, sino también para todo el pueblo de Rumanía. Vuestro país
lleva inscrita en sus raíces una singular vocación ecuménica. Por su
posición geográfica y su larga historia, por su cultura y su tradición,
Rumanía es una casa en la que Oriente y Occidente entablan con naturalidad el
diálogo.
También la Iglesia respira aquí, de modo
particularmente evidente, con sus dos pulmones. Y durante estos días hemos
podido experimentarlo. Todos juntos, como Pedro, Andrés y el resto de los
Apóstoles reunidos en oración con la Madre de Dios en el primer cenáculo,
hemos vivido un nuevo Pentecostés espiritual. El
viento del Espíritu Santo ha soplado con fuerza sobre esta tierra, y nos ha
impulsado a ser más firmes en la comunión y más audaces en el anuncio del
Evangelio. Hemos practicado y gustado la dulzura y la belleza, la fuerza y la
eficacia de la lengua nueva que se nos ha dado, la lengua de la comunión
fraterna.
3. Mientras está a punto de abrirse la puerta del
tercer milenio, se nos pide que salgamos de nuestros confines habituales para
hacer que se sienta con mayor vigor el viento de Pentecostés en los países del
viejo continente y hasta los extremos del mundo. Por desgracia, parece que el
fragor amenazador de las armas prevalece sobre la voz persuasiva del amor, y la
violencia desencadenada está volviendo a abrir antiguas heridas que, con
esfuerzo y paciencia, se trataba de cicatrizar.
Deseo que se llegue finalmente a deponer las armas,
para volver a encontrarse y comenzar un nuevo y más eficaz diálogo de
comunión y paz. A este respecto, un papel importante corresponde a los
cristianos, independientemente de la confesión a la que pertenezcan. Están
llamados hoy a vivir y manifestar con mayor audacia su fraternidad, para que los
pueblos puedan sentirse alentados, más aún, impulsados a reencontrar y
consolidar lo que los une. El acontecimiento espiritual que hemos vivido,
bendecido por san Demetrio y por los santos mártires de los últimos decenios,
es una experiencia que hay que conservar y transmitir, con la esperanza de que
el nuevo milenio que se abre ante nosotros sea un tiempo de renovada comunión
entre las Iglesias cristianas y de descubrimiento de la fraternidad entre los
pueblos. Éste es el sueño que llevo en mi corazón al dejar esta querida
tierra.
4. Quisiera encomendaros este sueño a todos vosotros.
En particular, quisiera encomendarlo a los jóvenes. Sí, a vosotros, queridos
jóvenes de Rumanía. Hubiera querido encontrarme personalmente con vosotros;
por desgracia, no ha sido posible. Esta tarde hago mías las palabras con que
san Pedro, cuando estaba a punto de terminar el día de Pentecostés, anunció a
quienes lo escuchaban el cumplimiento de la promesa de Dios: «Derramaré mi
Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hch
2, 17). Durante estos días el Espíritu os encomienda a vosotros, jóvenes, el
«sueño» de Dios: que todos los hombres formen parte de su familia, que todos
los cristianos sean uno. Entrad con este sueño en el nuevo milenio.
Vosotros, que os habéis liberado de la pesadilla de
la dictadura comunista, no os dejéis engañar por los falsos y peligrosos
sueños del consumismo. También esos sueños matan el futuro. Jesús os invita
a soñar una Rumanía nueva, una tierra donde el Oriente y el Occidente puedan
encontrarse de modo fraternal. Esta Rumanía está encomendada a vuestras manos.
Construidla juntos, con audacia. El Señor os la confía. Vosotros encomendaos a
él, sabiendo que «si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los
constructores» (Sal 127, 1).
El Señor bendiga a Rumanía, bendiga a su pueblo y
bendiga a Europa.
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