Excelencias,
Señoras y Señores:
1. Les estoy muy reconocido por los buenos deseos que, por medio de su
decano, el Embajador de la República de San Marino, el Señor
Giovanni Galassi, me han presentado en los comienzos de este año,
el último antes del 2000. Estos se suman a las numerosas muestras
de afectuosa adhesión que me han llegado de parte de las
Autoridades de sus países y de sus compatriotas con ocasión
del vigésimo aniversario de mi pontificado y del nuevo año.
Deseo reiterar a todos mi sentido agradecimiento.
Esta ceremonia anual reviste un carácter de encuentro familiar y,
por eso mismo, me es particularmente querida. En primer lugar, porque, por
medio de sus personas están representadas casi todas las naciones
de la tierra, con sus realidades, sus esperanzas y también con sus
interrogantes. Además, porque este encuentro me ofrece la grata
oportunidad de expresarles los mejores deseos, que concreto en la oración
por sus personas, por sus familias y sus conciudadanos. Pido a Dios que
concede a cada uno salud, prosperidad y paz. Ustedes saben que pueden
contar con el Papa y sus colaboradores siempre que se trate de apoyar lo
que emprende cada país, con sus mejores energías, en pro de
la elevación espiritual, moral y cultural de los ciudadanos, o el
desarrollo de todo lo que contribuye al buen entendimiento entre los
pueblos, en la justicia y la paz.
2. La familia de las naciones, que recientemente ha compartido la alegría
propia de la Navidad y que unánimemente ha saludado la llegada del
Año nuevo, tiene, sin lugar a dudas, diversos motivos para
alegrarse.
En Europa, pienso especialmente en Irlanda, donde el acuerdo firmado el
pasado Viernes Santo ha puesto las bases de la tan esperada paz, que deberá
fundarse sobre una vida social estable, cimentada en la confianza recíproca
y en el principio de la equidad del derecho para todos.
Otro motivo de satisfacción para todos nosotros es el proceso de
paz que en España permite por primera vez a las poblaciones del
territorio vasco ver como se aleja el espectro de la violencia ciega y
pensar seriamente en un proceso de normalización.
El paso a la moneda única y la apertura hacia el Este, van a
ofrecer sin duda a la Europa -éste es, en todo caso, nuestro más
vivo deseo- la posibilidad de llegar a ser cada vez más una
comunidad de destino, una verdadera "comunidad europea".
Evidentemente esto requiere que las Naciones que la componen sepan
conciliar su historia con un proyecto compartido, permitiendo que todos se
consideren socios igualitarios, deseosos únicamente del bien común.
Las familias espirituales que han aportado tanto a la civilización
de este continente -pienso ciertamente en el cristianismo- tienen un papel
que me parece cada vez más decisivo. Ante los problemas sociales
que mantienen a grandes sectores de la población en la pobreza,
ante las desigualdades sociales que son un fermento de inestabilidad crónica
o ante las nuevas generaciones que buscan puntos de referencia en un mundo
a menudo incoherente, es importante que las Iglesias puedan proclamar el
amor de Dios y la llamada a la fraternidad que la reciente fiesta de la
Navidad ha hecho brillar una vez más para toda la humanidad.
Un ulterior motivo de satisfacción sobre el que quisiera llamar
su atención, Señoras y Señores, se refiere al
Continente americano. Se trata del Acuerdo logrado entre el Ecuador y el
Perú, en Brasilia, el pasado 26 de octubre. Gracias a la acción
perseverante de la comunidad internacional -y particularmente de los países
garantes-, dos pueblos hermanos han tenido el valor de renunciar a la
violencia y aceptar un compromiso para resolver pacíficamente sus
controversias. Es un ejemplo a proponer a otras naciones aún
enfrentadas en sus divisiones y en sus discordias. Tengo la firme convicción
de que estos dos pueblos, gracias en particular a su fe cristiana que les
une, sabrán aceptar el gran desafío de la fraternidad y de
la paz y pasar así una página dolorosa de su historia que,
por otro lado, tiene sus raíces en los primeros momentos de su
existencia como Estados independientes. Dirijo mi llamado vehemente y
paterno a los católicos ecuatorianos y peruanos para que, con la
oración y la acción, sean artesanos convencidos de la
reconciliación y contribuyan de este modo a que la paz pase desde
los tratados hasta el corazón de cada uno.
Nos debemos alegrar igualmente por los esfuerzos realizados por el gran
pueblo de China, comprometido con determinación en un diálogo
en el que participen las poblaciones de las dos riberas del estrecho. La
Comunidad internacional -y la Santa Sede en particular- sigue con gran
interés este feliz desarrollo, con la esperanza de progresos
significativos que serán, sin duda, beneficiosos para todo el
mundo.
3. Pero la cultura de la paz está lejos de estar extendida
universalmente, como lo atestiguan las llamas de persistentes conflictos.
No lejos de nosotros, la región de los Balcanes continúa
viviendo un período de gran inestabilidad. No se puede hablar aún
de normalización en Bosnia-Erzegovina, donde las secuelas de la
guerra perviven todavía en las relaciones entre las diversas
etnias, donde la mitad de la población vive desplazada y donde las
tensiones sociales se mantienen de manera peligrosa. El Kosovo ha sido aun
recientemente teatro de enfrentamientos sangrientos por motivos étnicos
y políticos, que han impedido tanto un diálogo sereno entre
las partes como el desarrollo económico mismo. Debe hacerse todo lo
posible para ayudar a los kosovos y a los serbios a encontrarse en torno a
una mesa, para resolver sin dilación la amenaza armada que paraliza
y que mata. Albania y Macedonia serían las primeras en
beneficiarse, pues es sabido que en el territorio de los Balcanes todo está
relacionado. También varios otros países de Europa central y
oriental, pequeños y grandes, son víctimas de la
inestabilidad política y social, recorren con dificultad el camino
de la democratización y no consiguen aún vivir en una economía
de mercado capaz de ofrecer a cada uno su legítima parte de
bienestar y desarrollo.
El proceso de paz relativo al Oriente Medio sigue teniendo un recorrido
accidentado y no ha ofrecido a las poblaciones la esperanza y el bienestar
que tienen derecho a gozar. No se las puede mantener indefinidamente entre
la guerra y la paz sin correr el riesgo de acrecentar peligrosamente las
tensiones y violencias. No se puede razonablemente demorar más la
cuestión del estatuto de la Ciudad Santa de Jerusalén, hacia
la cual los creyentes de las tres religiones monoteístas dirigen su
mirada. Las partes interesadas deben afrontar estos problemas con un
sentido claro de sus responsabilidades. La reciente crisis acaecida en
Irak ha mostrado, una vez más, que la guerra no resuelve los
problemas. Más bien los complica y hace recaer sus consecuencias
dramáticas sobre las poblaciones civiles. El diálogo leal,
el deseo efectivo del bien de las personas y el respeto del orden
internacional, son los únicos que pueden conducir a soluciones
dignas de una región en la que se arraigan nuestras tradiciones
religiosas. Si la violencia es a menudo contagiosa, también puede
serlo la paz, y estoy seguro que un Oriente Medio estable contribuirá
eficazmente a devolver la esperanza a muchos pueblos. Pienso, por ejemplo,
en las martirizadas poblaciones de Argelia y de la isla de Chipre, donde
la situación continúa estancada.
Sri Lanka celebraba hace algunos meses el cincuentenario de su
independencia, pero todavía hoy se encuentra desgarrado por luchas étnicas
que han retrasado la apertura de negociaciones serenas, las únicas
que llevarán a la paz.
África sigue siendo un continente en peligro. De los cincuenta y
tres Estados que la forman, diecisiete tienen conflictos armados, internos
o entre Estados. Pienso, de modo especial, en Sudán, donde a las
crueles combates se añade un terrible drama humano; a Eritrea y
Etiopía, e nuevo antagonistas; a Sierra Leona, cuya población
es víctima, una vez más, de luchas despiadadas. Los países
de la región de los Grandes Lagos no han superado aún las
llagas de los excesos del etnocentrismo y se debaten entre la pobreza y la
inseguridad; así sucede en Ruanda y Burundi, donde un embargo
agrava aún más la situación. La República
Democrática del Congo está aún lejos de haber
completado su transición y de conocer la estabilidad a la que sus
gentes legítimamente aspiran, como lo demuestran las matanzas
habidas recientemente a comienzos de año cerca de la ciudad de
Uvira. Angola sigue en busca de una paz no lograda, y ha visto surgir en
estos días un preocupante desarrollo de los acontecimientos, del
que no se ha librado la Iglesia católica. Las noticias que me
llegan regularmente de esas zonas atormentadas me confirman la convicción
de que la guerra supone siempre inhumanidad y que la paz es sin ninguna
duda la primera condición para los derechos del hombre. A todas
estas poblaciones que a menudo me dirigen llamadas de auxilio, quisiera
decirles que estoy a su lado. Han de saber también que la Santa
Sede no escatima esfuerzo alguno para que se alivien sus sufrimientos y se
encuentren, tanto en el ámbito político como humanitario,
soluciones ecuánimes a los graves problemas existentes.
Esta cultura de la paz se ve contrarrestada una vez más por la
legitimación y la utilización de armas con fines políticos.
Las pruebas nucleares recientemente realizadas en Asia y los intentos de
otros países que trabajan en secreto para poner a punto su
potencial atómico, podrían conducir poco a poco a una
banalización de la fuerza nuclear y, en consecuencia, a un rearme
que debilitaría notablemente los esfuerzos loables en favor de la
paz, haciendo así vana la política de prevención de
los conflictos.
A esto se añade la producción de armas a bajo coste de
construcción, como las minas antipersonales, afortunadamente
prohibidas por la Convención de Ottawa del mes de diciembre de 1997
(que la Santa Sede se ha apresurado a ratificar el año pasado), y
las armas ligeras, que exigen, me parece, una mayor atención por
parte de los responsables políticos, con el fin de controlar sus
perniciosos efectos. Los conflictos regionales, donde a menudo se recluta
a los niños para el combate, adoctrinándolos e incitándolos
a matar, requieren un serio examen de conciencia y un verdadero acuerdo
entre todos.
En fin, no se debe subestimar el riesgo que supone para la paz las
desigualdades sociales y un crecimiento económico artificial. La
crisis financiera que ha azotado Asia ha puesto de manifiesto la gran
semejanza entre la seguridad económica y la seguridad política
y militar, pues también ella exige trasparencia, acuerdos y respeto
de ciertos límites éticos.
4. Ante estos problemas que les son familiares, Señoras y Señores,
quiero hacerles partícipes de una íntima convicción:
en este último año antes del 2000 es necesario un despertar
de la conciencia.
Nunca como hoy los protagonistas de la comunidad internacional han
tenido en sus manos un conjunto de normas y convenciones tan precisas y
completas. Lo que falta es la voluntad de respetarlas y aplicarlas. Ya lo
decía en mi Mensaje para el 1º de enero refiriéndome a
los derechos del hombre: "Cuando se acepta sin reaccionar la violación
de uno cualquiera de los derechos humanos fundamentales, todos los demás
están en peligro" (n. 12). Me parece que este principio debe
aplicarse a todas las normas jurídicas. El derecho internacional no
puede ser el del más fuerte, ni el de una simple mayoría de
Estados, ni incluso el de una organización internacional, sino el
que sea conforme a los principios del derecho natural y de la ley moral,
que se imponen siempre a las partes en causa y en las diferentes
cuestiones en litigio.
La Iglesia católica, así como las comunidades de creyentes
en general, estará siempre al lado de quienes se esfuerzan en hacer
prevalecer el bien supremo del derecho sobre cualquier otra consideración.
También es preciso que los creyentes puedan hacerse oír y
participen en el diálogo público en las sociedades de las
cuales son miembros de pleno derecho. Esto me lleva a compartir con
Ustedes, que son representantes cualificados de los Estados, mi dolorosa
preocupación ante las demasiadas violaciones de la libertad de
religión en el mundo actual.
Muy recientemente, por ejemplo, en Asia, la comunidad católica ha
sido probada dramáticamente por episodios de violencia: iglesias
destruidas y el personal religioso maltratado e incluso asesinado. Otros
hechos lamentables se podrían señalar igualmente en varios
países de Africa. En diversas regiones, en las cuales el Islam es
mayoritario, se deben deplorar graves discriminaciones de las cuales son víctimas
los creyentes de otras religiones. Hay incluso un país donde el
culto cristiano está totalmente prohibido y donde poseer una Biblia
es un crimen penalizado por la ley. Esto es aún más doloroso
cuando se tiene en cuenta que, en muchos casos, los cristianos han
contribuido eficazmente al desarrollo de esos países, especialmente
en los campos de la educación y de la salud. En ciertos países
de Europa occidental se percibe una evolución igualmente
inquietante que, bajo la influencia de una falsa concepción del
principio de separación entre el Estado y las Iglesias o de un
pertinaz agnosticismo, se tiende a confinar a éstas últimas
en el ámbito meramente cultual, aceptando difícilmente que
puedan decir una palabra en público. En fin, algunos países
de Europa central y oriental tienen mucha dificultad en reconocer el
pluralismo religioso propio de las sociedades democráticas y se
empeñan en restringir, a través de una práctica
administrativa limitativa y cicatera, la libertad de conciencia y de
religión que sus Constituciones proclaman solemnemente.
Al recordar las persecuciones religiosas, lejanas o recientes, creo que
ha llegado el momento, en este final de siglo, de intentar asegurar por
doquier en el mundo las condiciones idóneas para una efectiva
libertad de religión. Esto exige, por una parte, que cada creyente
sepa reconocer en el otro un poco del amor universal de Dios por sus
criaturas, y que, por otra parte, las Autoridades públicas
-llamadas por vocación a pensar en lo universal- sepan, también
ellas, acoger la dimensión religiosa de sus conciudadanos, con su
inevitable expresión comunitaria. Para lograr esto, tenemos ante
nosotros no sólo las lecciones de la historia, sino también
valiosos instrumentos jurídicos que no requieren sino ser
aplicados. En cierto sentido, de esta relación inluctable entre
Dios y la Ciudad depende el futuro de las sociedades, pues, como afirmé
con ocasión de mi visita a la sede del Parlamento europeo el 11 de
octubre de 1988, allí donde el hombre no se apoya ya sobre
una grandeza que le trasciende, corre el riesgo de entregarse al poder sin
freno de lo arbitrario y de los seudoabsolutos que lo destruyen (n.
10).
5. Estos son algunos de los pensamientos que me vienen a la mente y al
corazón al contemplar el mundo de este siglo que está
finalizando. Si Dios, al enviarnos a su Hijo, se ha interesado tanto por
los hombres, hemos de corresponder a un amor tan grande. Él, el
Padre universal, a establecido con cada uno de nosotros una alianza que
nada podrá romper. Al decirnos y demostrarnos que nos ama, nos da a
la vez la esperanza de que nosotros podemos vivir en paz; y es verdad que
sólo el que es amado puede a su vez amar. Es bueno que todos los
hombres descubran este Amor que les precede y les espera. Este es mi
augurio más íntimo para cada uno de Ustedes, así como
para todos los pueblos de la tierra.