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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS DEL HOSPITAL REGIONAL
DE ANCONA (ITALIA)


Domingo 30 de mayo de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegro mucho de poder dirigiros un afectuoso saludo, y ante todo a vosotros, queridos enfermos. Todos los días recuerdo en mi oración especialmente a los enfermos, y sé que muchos de vosotros hacéis lo mismo por el Papa y la Iglesia. El sufrimiento, vivido con fe y amor, se transforma en motivo de profunda unión espiritual, y es una riqueza para todos.

Saludo también cordialmente a los médicos y al personal paramédico, así como a los religiosos y laicos que prestan su servicio diario con gran entrega en este centro sanitario.

He venido a Ancona con ocasión del milenario de la catedral de San Ciríaco. El templo de piedra ha ofrecido la oportunidad de visitar la Iglesia hecha de hombres y mujeres, la comunidad de piedras vivas. Y entre estas piedras vivas estáis vosotros que, afrontando la prueba de la enfermedad con fe y amor, contribuís a edificar el templo espiritual, la Iglesia de Cristo.

2. Queridos enfermos, me siento espiritualmente cercano a cada uno de vosotros, que tenéis un lugar especial en el corazón y en la misión de la Iglesia. Estáis viviendo un momento de prueba, que a veces puede ser difícil de soportar para las pobres fuerzas humanas. Cristo os llama especialmente entonces a uniros a él, para compartir sus sufrimientos y experimentar el poder de su resurrección. Lo dice el apóstol san Pablo (cf. Flp 3, 10), que añade: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,•13).

Sí, amadísimos hermanos, Jesús es nuestra fuerza. Lo es sobre todo cuando la cruz resulta demasiado pesada y, como le sucedió a él, experimentamos miedo y angustia (cf. Mc 14, 33). Acordémonos entonces de las palabras que dijo a sus discípulos: «Velad y orad» (Mc 14, 38). Velando y orando con él entramos en el misterio de su Pascua: nos da a beber su cáliz, que es cáliz de pasión, pero sobre todo cáliz de amor. El amor de Dios es capaz de transformar el mal en bien, la oscuridad en luz, la muerte en vida.

3. Queridos hermanos, si nos dejamos iluminar por la fe, el hospital, que es lugar de sufrimiento, puede convertirse en templo de misericordia para todos: para quien está internado, para quien trabaja en él, para cuantos vienen a visitar a los enfermos y para toda la comunidad cristiana. Un hospital puede transformarse en una central de misericordia que produce energía vital, fruto del compromiso común de servir a la vida y combatir el mal con el bien.

En este momento, ¡cómo no pensar en las personas que, en zonas donde hay guerra, necesitarían atención médica! Incluso los hospitales sufren las consecuencias del conflicto. La enfermedad más grave es el odio y la violencia del hombre contra su propio hermano, el odio fratricida; es la primera enfermedad del espíritu que debemos combatir. Y la única terapia contra ella es la conversión, el perdón y la reconciliación. Desde este hospital, en el que os veis obligados a vivir, clavados a una cama, a veces durante muchos días, podéis estar cerca de todos vuestros hermanos y hermanas que sufren en las diversas zonas del mundo donde se viola diariamente el derecho a la vida y a la salud. Vuestra condición de enfermos puede convertirse en un puente de solidaridad humana y cristiana: la cruz de Cristo es fuente de paz.

4. ¿Quién puede ayudarnos en este esfuerzo, ciertamente difícil? ¿Quién sino la mujer que está junto a la cruz, la Madre de Jesús y Madre nuestra? A ella, a quien invocamos como «Salud de los enfermos», os encomiendo a cada uno de vosotros, para que pronto podáis quedar curados y, mientras tanto, afrontéis la prueba con la serenidad, que es el gran testimonio de los enfermos.

En cuanto a mí, llevaré en mi corazón vuestro recuerdo; y os aseguro mis oraciones, a la vez que os digo de nuevo gracias por el apoyo espiritual que todos me brindáis. Ahora os imparto de corazón a todos la bendición apostólica, extendiéndola a vuestros familiares y a cuantos trabajan diariamente en este gran centro sanitario.

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