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DISCURSO DEL
PAPA JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE GRECIA EN VISITA «AD
LIMINA»
Viernes 5 de febrero
de 1999
Venerados hermanos en el episcopado; amadísimo
Ordinario para los católicos griegos de rito armenio:
1. Con alegría os acojo hoy, con ocasión de vuestra
peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. El primer
significado de la visita ad limina es poner de relieve la comunión de las
Iglesias particulares esparcidas por el mundo con el Sucesor de Pedro. Agradezco
a monseñor Nicolaos Fóscolos, presidente de vuestra Conferencia episcopal, los
sentimientos de afectuosa devoción que me ha manifestado y las palabras que me
ha dirigido en vuestro nombre.
Como pastores encargados de dirigir al pueblo de Dios,
estáis llamados a ayudar a las comunidades a dejarse guiar por el Espíritu
Santo en su deber de testimoniar el Evangelio, contribuyendo al mismo tiempo a
la paz y a la concordia entre los hombres. Ante todo, quisiera deciros cuánto
aprecio el ministerio que desempeñáis con diligencia. En vuestro país, donde
los fieles de la Iglesia católica son una minoría, es oportuno que sigáis
esforzándoos por organizar vuestra Conferencia episcopal, para realizar mejor
los proyectos pastorales que habéis elaborado, respondiendo así más
eficazmente a las numerosas exigencias de la misión y, al mismo tiempo,
asegurando una gestión administrativa más eficaz. Desde esta perspectiva,
sería oportuna la creación de un secretariado permanente, para facilitar una
puesta en práctica más rápida de las decisiones adoptadas durante vuestras
asambleas, llevando a cabo los proyectos pastorales que conciernen a toda la
Iglesia católica en Grecia. Así, podréis sosteneros mutuamente, para
responder con eficacia a las diversas exigencias del ministerio episcopal, con
la colaboración de personas competentes. Para este fin, es conveniente crear
ocasiones regulares de diálogo y•reflexión entre•todos los miembros de la
comunidad católica. Estos encuentros, prosiguiendo vuestra reciente Sinaxis,
facilitarán las reuniones eclesiales o los sínodos diocesanos, con vistas a un
impulso pastoral que implique a toda la comunidad católica de vuestras
diócesis.
A través de vosotros, deseo alentar cordialmente a
cuantos colaboran en vuestra misión, en particular a los sacerdotes que llevan
el peso del ministerio diario y tienen que afrontar, especialmente a causa de su
escaso número, dificultades y tareas cada vez más vastas y arduas. Gracias a
los encuentros fraternos con ellos, sabréis sostenerlos en su misión y les
ayudaréis a valorar bien las actividades pastorales y a elaborar nuevos
proyectos. También saludo con afecto a los fieles de vuestras diócesis, cuya
tarea es esencial, puesto que, en virtud del bautismo, participan tanto en la
edificación de la Iglesia como en la animación cristiana de las realidades
temporales. Transmitid a los jóvenes la llamada de la Iglesia a abrir su
corazón a Cristo y la invitación a participar el año próximo en las
actividades previstas para la Jornada mundial de la juventud, durante la cual
podrán encontrarse con muchos otros coetáneos suyos.
2. La Iglesia católica en Grecia acaba de vivir una
segunda Sinaxis, en la que los representantes del clero secular, de los
religiosos, de las religiosas y de los laicos, se reunieron con vosotros para
dar un nuevo impulso a la vida pastoral. Se trata de una etapa significativa en
vuestro itinerario apostólico, que quiere implicar a todos los fieles en una
participación más activa en la vida de la Iglesia. Todos están invitados a
crecer en su unión con el Salvador, mediante la oración personal, la
meditación de la sagrada Escritura, la lectio divina, la vida litúrgica
y sacramental y una devoción mariana filial. Éstos son los elementos
necesarios para el crecimiento y la maduración espiritual y humana del
cristiano.
Para poder guiar a todas las personas por el camino de
la intimidad con Cristo es indispensable una intensa formación, que no se
limite a una etapa inicial de la vida cristiana, sino que se desarrolle mediante
un proceso permanente encaminado a sostener al cristiano en su relación diaria
con Cristo y en su compromiso misionero. Por eso, animo a cada uno a continuar
este camino de renovación espiritual e intelectual, para construir una
comunidad de fe dedicada generosamente al anuncio y al testimonio del Evangelio.
Deseo atraer vuestra atención hacia el papel
particular que desempeña en la vida de las comunidades cristianas la liturgia,
en la cual cada uno descubre la profundidad del misterio divino y experimenta a
la Iglesia como Cuerpo de Cristo. A este propósito, la obra de traducción de
los diversos textos litúrgicos por parte de los obispos latinos requiere
especial atención, para responder a las exigencias de nuestro tiempo.
Basándose en los principios enunciados por la instrucción del «Consejo»,
publicada el 25 de enero de 1969, esta tarea debe respetar las tradiciones
latinas y su relativo patrimonio litúrgico, amado por los fieles, que así
pueden acercarse con mayor facilidad a Cristo, encontrándolo en los sacramentos
y en el esplendor del culto divino.
3. La comunidad católica está extendida en toda
Grecia, y está compuesta cada vez más por miembros de orígenes diferentes.
Por otra parte, durante los veranos acuden numerosos turistas, a los que
deseáis dar vuestro apoyo espiritual. Esta realidad humana dificulta toda
acción pastoral que quiera hacer de los fieles una comunidad que tenga un solo
corazón y una sola alma (cf. Hch 4, 32). En este sentido, ya se ha hecho
mucho en los campos de la evangelización, la catequesis, la educación y la
asistencia caritativa y social. Algunos fieles, con la ayuda de Dios, están
particularmente comprometidos en el ámbito social, en el servicio a los pobres,
en la promoción de la comunión y de la solidaridad, en la respuesta a las
necesidades de los enfermos y en la importantísima tarea de la educación y del
apoyo a las familias.
Esta participación en la vida social, que hoy deseo
impulsar con fuerza, es un modo de seguir fielmente a Jesús. Es una forma
insigne de testimonio, gracias a la cual se reconoce a la Iglesia como una
comunidad abierta, dispuesta a proponer y realizar iniciativas que la acerquen a
todas las personas, respetando la legítima libertad. La colaboración activa en
el campo social, junto con miembros de otras confesiones religiosas, constituye
un aspecto significativo del diálogo ecuménico, dado que la acción común
suscita respeto mutuo y amor. Desde este punto de vista, las escuelas católicas
dan una contribución esencial a la vida social. Deseo saludar y alentar a los
sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos que se dedican a la
educación de la juventud. En efecto, la acogida de los niños -independientemente
de su confesión religiosa-, el descubrimiento y la estima recíproca son
elementos que ayudarán a los jóvenes griegos a vivir juntos, respetando su
diversidad; esta última es una riqueza, si se pone al servicio de todos. Con
una formación integral, los jóvenes recibirán una educación en los valores
morales, humanos y civiles fundamentales, con efectos benéficos para toda la
sociedad.
4. La situación particular que vive la Iglesia
católica en Grecia la impulsa, asimismo, a profundizar incesantemente en la
llamada del Señor a caminar cada vez más por el camino de la unidad (cf. Jn
17, 21), respondiendo a la exigencia ecuménica que surgió del concilio
Vaticano II. «Entre las súplicas más fervientes de este momento excepcional
al acercarse un nuevo milenio, la Iglesia implora del Señor que prospere la
unidad entre todos los cristianos de las diversas confesiones hasta alcanzar la
plena comunión. Deseo que el jubileo sea la ocasión adecuada para una
fructífera colaboración en la puesta en común de tantas cosas que nos unen y
que son ciertamente más que las que nos separan» (Tertio millennio
adveniente, 16). Con este espíritu, respetando plenamente los programas de
las Iglesias y comunidades eclesiales, y el legítimo derecho a la libertad
religiosa, es preciso dirigir una mirada positiva y llena de esperanza al
diálogo ecuménico, procurando siempre ser instrumentos del Espíritu Santo,
para que se alcance la unidad plena, con los medios queridos por Dios.
Con vistas al gran jubileo, ya cercano, el amor de
Cristo nos mueve a realizar proyectos ecuménicos que permitan a los discípulos
de Cristo conocer mejor las tradiciones propias y las ajenas. Es evidente que
estos gestos serían para el mundo un testimonio del amor que nos viene del
Salvador y de la firme voluntad de todos los cristianos de alcanzar lo más
pronto posible la unidad plena. Toda iniciativa y oración común, todo diálogo
respetuoso y toda petición de perdón recíproco pueden acercar a los hermanos
en la fe y hacer que los hombres de hoy descubran la ternura y la misericordia
del Padre, tema central del último año de preparación para el gran jubileo.
Como afirma el Apóstol, el amor viene de Dios, y «si Dios nos amó de esta
manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4, 11).
Deseo subrayar una vez más el valor de la oración en las relaciones
ecuménicas, pues nos ayuda a vivir como hermanos. «Nuestra participación
común en la oración nos habitúa a vivir al lado los unos de los otros, nos
lleva a aceptar juntos, y por tanto a poner en práctica, la voluntad del Señor
para con su Iglesia» (Ut unum sint, 53).
5. En vuestros informes quinquenales, habéis
señalado la escasez de sacerdotes para el servicio a las comunidades
cristianas, manifestando al mismo tiempo vuestra confianza en el Señor, que no
abandona jamás a su grey. Es verdad; la pastoral vocacional tiene que ser una
de vuestras preocupaciones principales; más aún, debe ser un compromiso de
toda la comunidad eclesial. A este respecto, exhorto a las familias a ser
siempre muy conscientes de su responsabilidad en relación con el nacimiento y
la maduración de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Que los padres no
tengan miedo del futuro cuando un hijo manifiesta el deseo de consagrarse al
Señor. Tienen la misión de ayudarle a realizar plenamente su vocación. A
cuantos siguen totalmente a Cristo, se les proporcionan los medios necesarios
para cumplir la misión encomendada.
En la Iglesia católica de vuestro país, los
religiosos y las religiosas desempeñan un papel insustituible. Los exhorto a
continuar su obra con generosidad, incluso en situaciones pastorales difíciles,
en estrecha comunión con sus pastores y permaneciendo fieles al propio carisma.
Invito a las congregaciones religiosas y demás institutos a enviar nuevos
miembros a Grecia, para reforzar las comunidades ya existentes o para crear
otras nuevas, capaces de percibir las necesidades de la Iglesia católica en esa
tierra y la aportación que la vida religiosa activa y contemplativa está
llamada a darle. A este propósito, expreso mi afecto y mi gratitud a las
órdenes contemplativas presentes en vuestro país. Son un faro luminoso, un
hermoso testimonio de fe y amor a Dios, que los cristianos de las demás
confesiones consideran con estima y atención.
6. De igual modo, sería oportuno proyectar soluciones
nuevas con vistas a la pastoral vocacional, al discernimiento y a la formación
de los candidatos al sacerdocio, quizá incluso dentro de una estructura común
al servicio de todas las diócesis. Así, los jóvenes de las diversas diócesis
podrían vivir en una comunidad educativa más sólida y crear vínculos
importantes para el futuro de la fraternidad sacerdotal en vuestro país.
Además, otros coetáneos suyos se sentirían atraídos por una gozosa
experiencia, que fortalece el deseo de consagrar la propia vida a Dios y a los
hermanos.
También los sacerdotes, los religiosos y las
religiosas tienen un papel importante en el camino vocacional de los jóvenes.
Deberán preocuparse por testimoniar, en la vida personal y en el ministerio
diario, cuán felices los hace el seguimiento de Cristo. Es importante que los
jóvenes encuentren en los adultos modelos de vida cristiana, que sepan
transmitirles el sentido de Dios, invitándolos claramente a una consagración
total en el sacerdocio o en la vida religiosa.
7. Habéis mencionado las dificultades que las
familias deben afrontar tanto fuera como dentro de la pareja y en las relaciones
entre las generaciones, y también las tensiones que existen en los matrimonios
mixtos, en particular por lo que respecta a la educación religiosa de los
hijos. Mediante una pastoral familiar apropiada, la Iglesia tiene el deber de
recordar la indisolubilidad del matrimonio y la necesidad que tienen los fieles
de vivir su vida conyugal en armonía con la fe. Por otra parte, no hay que
dejar de brindar asistencia a los matrimonios que atraviesan momentos de crisis,
a fin de que puedan volver al fervor de su compromiso inicial, desarrollar su
vida espiritual y encontrar en la gracia del sacramento del matrimonio las
energías necesarias para cumplir su misión de esposos y padres. En un marco de
secularización y materialismo, es importante proponer a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo un ideal cristiano, que constituya la base de su vida y de su
compromiso diario.
8. Si la Iglesia católica se preocupa por sus fieles,
éstos, a su vez, desean dar su contribución responsable a la vida social,
sirviendo al bien común. Por tanto, es propio de los católicos, como de todos
los habitantes del país, trabajar incansablemente en favor de la serena
convivencia entre todos los griegos, gozando cada uno de los mismos derechos y
de las mismas libertades, en particular de la libertad religiosa. En este
ámbito,
me alegran los significativos esfuerzos realizados por los diversos
protagonistas y la buena voluntad manifestada por todos para encontrar
soluciones justas y equitativas a los problemas aún sin resolver, de modo
especial el del estatuto jurídico de la Iglesia católica. Ojalá que el
diálogo con las diferentes autoridades competentes prosiga y se intensifique,
para el bien de la población entera. Esto permitirá a la comunidad católica
experimentar una renovada vitalidad, y contribuirá a que todos participen cada
vez más activamente en la construcción de la casa común, infundiendo
confianza en todos los ciudadanos para la edificación•de una•sociedad
pacífica y fraterna.
9. Al término de vuestra visita ad limina, os deseo que
volváis a vuestro país confortados en la misión de sucesores de los
Apóstoles. Que la experiencia de comunión que habéis vivido durante estos
días entre vosotros, obispos, os ayude a intensificar vuestra colaboración,
para que vuestras diócesis se sientan hermanas, prosigan la concertación
necesaria en el ámbito nacional con la finalidad de afrontar los desafíos de
la misión y, en el marco de la gran Europa, continúen manteniendo relaciones
con las diversas organizaciones eclesiales. A vosotros, así como a los fieles
de vuestras diócesis, os imparto de buen grado la bendición apostólica.
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