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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE LAOS Y CAMBOYA
EN VISITA «AD LIMINA»


Jueves 11 de febrero de 1999


Queridos hermanos en el episcopado;
querido padre administrador:

1. Con gran alegría os acojo mientras realizáis vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles. Vosotros, pastores de la Iglesia católica que está en Laos y en Camboya, venís juntos por primera vez a encontraros con el Sucesor de Pedro, con ocasión de vuestra visita ad limina. Deseo vivamente que vuestra estancia os permita hacer más fuerte aún entre vosotros el espíritu de colegialidad, en comunión con el Obispo de Roma. Ojalá que éste sea un tiempo de gracia que os ayude a acrecentar la fe, la esperanza y la caridad de las comunidades confiadas a vuestra solicitud pastoral, en íntima unión con la Iglesia universal.

Agradezco al presidente de vuestra Conferencia episcopal, monseñor Yves Ramousse, las cordiales palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Evocan con emoción las pruebas que vuestros pueblos han vivido durante los años pasados, y ponen de relieve la vitalidad de vuestras comunidades, que experimentan un florecimiento espiritual lleno de esperanza para el futuro.

En estos momentos privilegiados de comunión con vuestras Iglesias particulares, me dirijo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles de vuestros países. Al volver, llevadles el saludo afectuoso del Papa, así como su apoyo, para que sigan siendo testigos generosos del amor del Padre a todos los hombres. Transmitid también mi cordial saludo a los pueblos de Camboya y de Laos, cuya valentía y voluntad de construir naciones fraternas y prósperas conozco muy bien.

2. Junto con vosotros, doy gracias al Señor por la fidelidad heroica que han mostrado los discípulos de Cristo durante el tiempo en que vuestras naciones debieron afrontar terribles sufrimientos y hubo innumerables víctimas inocentes de la violencia ciega y de la negación de la dignidad del hombre. Un sinfín de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos dieron su vida por seguir al Señor, uniendo su sangre a la de sus hermanos y hermanas, afrontando las pruebas con dignidad y entereza. Nadie debe olvidar jamás ese admirable testimonio. Recuerda que hoy, como ayer, la pertenencia a Cristo es un signo de contradicción para el mundo y también que «Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte» (1Co 1, 27).

Queridos hermanos en el episcopado, sé con cuánta abnegación habéis servido y seguís sirviendo a la Iglesia en vuestros países. Muchos de vosotros habéis sufrido la cárcel o el exilio, mientras que algunos de vuestros hermanos ya han dado la vida por su grey, a ejemplo del buen Pastor. Hoy debéis realizar a menudo vuestro ministerio episcopal en situaciones difíciles. Tened la seguridad de que el Sucesor de Pedro está cercano a cada uno de vosotros tanto en los sufrimientos apostólicos como en las alegrías y en las esperanzas.

3. Ahora que la nueva situación que viven vuestros países permite un florecimiento de las comunidades cristianas, os animo a ser siempre y dondequiera testigos ardientes de la esperanza que anunciáis y os da vida. Para conservar en vosotros este don del Señor y dar a la Iglesia de vuestros países un nuevo impulso apostólico, apacentad la grey de Dios que os está encomendada, velando de buen grado por ella, según Dios, con el anhelo del corazón, y siendo sus modelos (cf. 1P 5, 2-3).

Enviados por Cristo a la Iglesia particular que presidís, sois los primeros responsables del anuncio del Evangelio. Por eso, con una actitud de servidores de la verdad, debéis proclamar, con humildad y perseverancia, que Cristo es el único Salvador del hombre, y que creer en él «significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad y el mundo están metidos» (Dives in misericordia, 7).

También habéis recibido la misión de guiar a los fieles por el camino de la santidad y hacer que se beneficien lo más ampliamente posible de los sacramentos, en particular de la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección del Señor que edifica a la Iglesia. Al presidir el ministerio de la caridad, con que toda la comunidad testimonia su participación en la misión de Cristo, enviado «para anunciar a los pobres la buena nueva» (Lc 4, 18), sois los imitadores del buen Pastor, que se compadece de la miseria y la debilidad de su pueblo, y se hace prójimo de todos los que sufren.

4. Para ayudaros en vuestra ardua labor apostólica, vuestros sacerdotes, todavía poco numerosos, afrontan frecuentemente condiciones difíciles de vida y de ministerio. Los saludo con afecto y los aliento a proseguir con confianza y audacia su generoso servicio al pueblo de Dios y su contribución al anuncio de la buena nueva de la salvación. Recuerden que, al poder contar siempre con la fuerza divina, no están nunca solos en su acción. Cristo, que los ha llamado a participar en su misión, los asiste con su gracia para que puedan dedicarse con absoluta confianza a su ministerio. Han de ser los hombres de fe y oración que el mundo necesita. Los invito a promover cada vez más entre sí un espíritu de fraternidad sacerdotal y de colaboración, con vistas a una acción pastoral de conjunto que dé frutos. De acuerdo con su vocación de pastores, deben dar prioridad al servicio espiritual de los fieles confiados a ellos, para guiarlos hacia Aquel a quien representan, siendo para todos hombres de misión y de diálogo.

Queridos hermanos en el episcopado, considerad a vuestros sacerdotes «como hijos y amigos, lo mismo que Cristo a sus discípulos ya no los llama siervos, sino amigos» (Lumen gentium, 28). Para favorecer una comunión cada vez mayor en la Iglesia, os invito asimismo a asociarlos fraternalmente a la dirección de las circunscripciones eclesiásticas, respetando las orientaciones del concilio Vaticano II y las normas del Derecho canónico.

Las religiosas y los religiosos, originarios de vuestros países o procedentes de otros lugares, participan plenamente, con abnegación y valentía, en la obra evangelizadora de la Iglesia, prestando atención particular a las personas más pobres y débiles de la sociedad. En nombre de la Iglesia, les agradezco de todo corazón el testimonio elocuente de caridad que dan con su entrega total por amor a Dios y a sus hermanos. La vida consagrada ha contribuido en gran medida a la implantación y al desarrollo de la Iglesia en vuestros países; deseo que sea cada vez más objeto de vuestra solicitud pastoral particular, a fin de promoverla en sus formas activas y contemplativas, y proteger su carácter propio para el servicio del reino de Dios.

Me alegra saber que actualmente las vocaciones sacerdotales y religiosas están aumentando. Os felicito por la atención que prestáis a las vocaciones y por los esfuerzos meritorios que realizáis en orden a la formación de los jóvenes que aceptan seguir a Cristo para servir a la Iglesia. La  organización de un seminario es valiosa para el futuro del ministerio presbiteral y de la fraternidad sacerdotal.

A todos los jóvenes que responden a la llamada del Señor, así como a sus familias, transmitidles la gratitud del Papa por el don generoso que aceptan dar a la Iglesia y a Cristo. Decidles que el Sucesor de Pedro da gracias a Dios por todos los que aceptan convertirse en obreros de la mies y por quienes los acompañan.

5. Queridos hermanos en el episcopado, quisiera aprovechar nuestro encuentro para manifestar a los laicos de vuestras diócesis mi gran aprecio por su fidelidad a Cristo, con frecuencia heroica, en particular cuando, en algunas regiones, han sido privados de sacerdotes durante muchos años. Hoy, a pesar de su escaso número y, algunas veces, de su lejanía de un centro parroquial, participan con devoción en la vida de sus comunidades, asumiendo con valentía sus responsabilidades en la misión de la Iglesia. Que nunca dejen «de mantener vigilante -en el corazón y en la vidala conciencia eclesial, es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera» (Christifideles laici, 64).

Para permitir a los fieles, jóvenes y adultos, «el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad cada vez mayor a vivirla en el cumplimiento de la propia misión» (ib., 58), es necesario que puedan beneficiarse de una sólida catequesis sobre las verdades de la fe y sobre sus implicaciones concretas en su vida. Así, se les ayudará a vivir su existencia armonizando las exigencias de su compromiso de seguir a Cristo con su actividad familiar y social. Esta formación, dada y recibida en la Iglesia, permitirá la creación de comunidades cristianas sólidas y misioneras.

Durante los períodos difíciles que habéis vivido, la familia cristiana ha desempeñado un papel esencial para conservar la fe. Por eso, es indispensable que los padres transmitan a sus hijos lo que han recibido. Al fundar la vida familiar en el amor, la sencillez, el compromiso concreto y el testimonio diario, se defenderán los valores fundamentales que la constituyen contra la degradación que amenaza muy a menudo en nuestros días a esta institución primordial de la sociedad. Os invito, pues, a ayudar a las familias a «ser en la fe ieun solo corazón y una sola almali, mediante el espíritu apostólico común que los anima y la colaboración que los empeña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil» (Familiaris consortio, 50).

6. Se han desarrollado en vuestros países antiguas y nobles civilizaciones. Han sido marcadas profundamente por las grandes tradiciones religiosas de Asia, portadoras de sabiduría y cultura, particularmente el budismo, que es la religión tradicional de la mayoría de los habitantes de la región. El cristianismo está presente allí desde hace más de cuatro siglos.

Según el espíritu del concilio Vaticano II, la Iglesia considera con respeto y estima las riquezas culturales y espirituales arraigadas en vuestros pueblos y que también forman parte del patrimonio de la humanidad. Al creer firmemente que Cristo es el único Salvador del mundo, exhorta «a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que se encuentran en ellos» (Nostra aetate, 2). Con una actitud fraterna y respetuosa de la libertad de cada uno, desea compartir con los hombres de buena voluntad el mensaje de esperanza y paz que ha recibido de su Fundador, y colaborar con ellos, con mutua comprensión, en la defensa de la vida y de la dignidad humanas, así como en la promoción de la reconciliación, la justicia y la concordia entre todos. De este modo, pretende expresar su voluntad de contribuir, en el lugar que le corresponde, a la construcción de una sociedad cada vez más solidaria y conforme a la grandeza de la persona humana.

El mensaje evangélico no puede considerarse como una cultura extranjera, que se implantaría desde fuera, puesto que el designio de salvación de Dios abarca a todos los hombres y a todos los pueblos. Por tanto, es importante que el Evangelio sea proclamado y acogido en la cultura de vuestros pueblos, y se encarne profundamente en ella. Me alegra la reciente publicación de la primera traducción ecuménica de la Biblia a la lengua jemer, que permite a numerosos cristianos de vuestra región recibir la palabra de Dios en su propia lengua.

7. Durante los últimos años, la Iglesia, con la contribución generosa de voluntarios procedentes de numerosos países, se ha dedicado de diferentes maneras a ayudar a los refugiados y a los necesitados, independientemente de las opciones políticas de las personas. Ha contribuido a su reinserción en sus países, y ha asistido a quienes han permanecido en el extranjero. Hoy, cuando se lo permiten, trabaja con ardor en la rehabilitación de las personas que han sido heridas en su ser por la violencia de los hombres, y de las damnificadas por las catástrofes naturales que han azotado a la región. Por otra parte, prosigue su firme compromiso encaminado a la abolición definitiva de las minas antipersonales, esas armas inhumanas que causan aún numerosas víctimas en vuestros países.

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Señor, con su compromiso de solidaridad en favor del hombre, quiere combatir todo lo que esclaviza a la persona humana y amenaza su vida, participando así con todos en la reconstrucción de la nación. Os animo vivamente a continuar vuestra labor generosa y desinteresada al servicio de las poblaciones de vuestros países, en particular de las personas más débiles. De esta manera, contribuís a promover los valores del reino de Dios, convirtiéndoos en signos de esperanza para muchos. Por otro lado, podemos sentirnos satisfechos por los esfuerzos que se hacen para lograr una mayor libertad, que permita a la Iglesia proseguir su compromiso en favor del progreso y el bienestar de todos.

8. Queridos hermanos en el episcopado, al término de nuestro encuentro, os invito de nuevo a avanzar con valor por los caminos del futuro. Quiera Dios que, en los pueblos de Laos y de Camboya, los católicos sean signos de la esperanza que vivifica. Deseo que vuestras naciones progresen, con sus gobernantes, en el establecimiento de una sociedad cada vez más fraterna y solidaria, en la que una paz duradera permita a todos alcanzar la prosperidad y crecer humana y espiritualmente.

Asegurad a cada una de vuestras comunidades, así como a sus miembros que viven aún lejos de su patria, la cercanía espiritual del Papa. Ahora que estamos preparándonos para entrar en el tercer milenio, los invito a poner toda su esperanza en Cristo salvador y a dejarse guiar por él. A los jóvenes de vuestras comunidades les repito con fuerza que la Iglesia cuenta con su generosidad y su dinamismo.

Encomiendo a la protección de la Madre del Salvador, Madre de todos los hombres, a vuestros fieles, cuya gran devoción mariana, que se expresa a menudo con magníficas formas artísticas, conozco bien, y de corazón os imparto a todos la bendición apostólica.

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