 |
VII
JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II AL FINAL DE
LA MISA DE LA VIRGEN DE LOURDES
Queridos hermanos y hermanas:
Con gusto me uno a vosotros al final de esta
celebración en honor de la santísima Virgen de Lourdes. Este encuentro con
vosotros, los enfermos, me interesa mucho. Esta iniciativa tiene ya una larga
historia: se remonta a cuarenta años atrás, cuando un celoso párroco de Roma
dio inicio a una celebración para los enfermos en memoria de la Virgen de
Lourdes. Desde el inicio de mi pontificado, hace ya veinte años, quise presidir
personalmente esta liturgia en la basílica vaticana, siempre con la
colaboración de la Obra romana para las peregrinaciones y de la Unión nacional
italiana de transporte de enfermos a Lourdes y santuarios internacionales
(UNITALSI). Se trata de un momento de oración muy sugestivo, que une
espiritualmente a los enfermos del mundo entero, especialmente desde que, hace
siete años, el 11 de febrero se ha convertido en la Jornada mundial del enfermo
y se celebra cada vez en un importante santuario mariano: hoy se hace en el
libanés de Harisa, cerca de Beirut.
Amadísimos hermanos, en la peregrinación hacia el
gran jubileo del año 2000, nos encontramos «en camino hacia el Padre», como
ha recordado el congreso teológico-pastoral que se concluye con esta misa. En
el camino que lleva a Dios nos precede María santísima: nos precede en la fe y
en la esperanza. A ella os encomiendo a cada uno de vosotros, invocando su
consuelo en la prueba. Os aseguro mi recuerdo diario en la oración y con afecto
imparto a todos los presentes, y a cuantos están espiritualmente unidos a
nosotros, una especial bendición apostólica.
|