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PALABRAS
DEL SANTO PADRE A UN GRUPO ECUMÉNICO DE CHICAGO
Lunes
15
de febrero de 1999
Eminencias; queridos amigos:
En el amor de la santísima Trinidad, os doy la bienvenida con las palabras del
apóstol Pablo: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la
comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13).
Saludo especialmente a su eminencia el cardenal Francis George, arzobispo de
Chicago, y a su eminencia el metropolita Iakovos de Krinis, obispo
greco-ortodoxo en Chicago (Estados Unidos).
Estáis realizando una peregrinación de fe, primero a Constantinopla, ciudad
sagrada por el recuerdo del apóstol Andrés, y ahora a Roma, ciudad sagrada por
el recuerdo de los apóstoles Pedro y Pablo. Desde el concilio Vaticano II, los
católicos y los ortodoxos hemos llegado a apreciar más plenamente nuestra
unidad de fe en Cristo Jesús. Hemos llegado a ver cómo «el Señor nos concede
redescubrirnos como Iglesias hermanas» (Ut unum sint, 57). Los
intercambios regulares entre nuestras Iglesias y la obra del diálogo teológico
han sido importantes en este proceso; e iniciativas comunes, como vuestra
peregrinación, ayudan de otro modo a fortalecer los vínculos de la koinonía.
Mientras nos preparamos para celebrar el bimilenario del nacimiento de nuestro
Señor Jesucristo, es cada vez más urgente la llamada del Espíritu Santo a la
comunión. Superando las incomprensiones del pasado, miramos con esperanza a un
futuro en que el amor entre nosotros será perfecto y, así, el mundo sabrá que
somos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35). Sobre todos vosotros invoco
la protección de la Madre de Dios y de la gran multitud de los santos, los
ciudadanos de la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que «no necesita ni de sol
ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara
es el Cordero» (Ap 21, 23). Dios os bendiga a todos.
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