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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A TODOS LOS OBISPOS, PÁRROCOS,
VICEPÁRROCOS Y DIÁCONOS
DE LA DIÓCESIS DE ROMA


Jueves 18 de febrero de 1999

 

1. Bienvenidos, amadísimos sacerdotes de Roma, párrocos, vicarios parroquiales, sacerdotes comprometidos en otras formas de ministerio, y vosotros, diáconos permanentes o que os preparáis para el sacerdocio. Me alegra encontrarme con vosotros, como de costumbre, al comienzo de esta Cuaresma, y a todos y cada uno os saludo con afecto.

Hemos escuchado las palabras iniciales del cardenal vicario y después vuestras diferentes intervenciones, que nos han permitido comprender cómo se está desarrollando la misión ciudadana y cuáles experiencias concretas estáis realizando en este ámbito. También yo me referiré a este punto central de la pastoral diocesana, que constituye la preparación específica de Roma para el gran jubileo y que, por eso, es con razón el tema constante de nuestros encuentros de los últimos años. En efecto, la misión ciudadana está recorriendo su última etapa, dedicada especialmente a los diversos ambientes de trabajo y vida. La empezamos con la entrega del crucifijo a los misioneros el primer domingo de Adviento, el mismo día en que promulgué la bula de convocación del gran jubileo, mientras que la cita conclusiva de todo nuestro recorrido está fijada para el próximo Pentecostés.

2. La opción de no limitar la misión a las familias que viven en el territorio de las parroquias, sino de presentarnos también en los numerosos lugares de esta gran ciudad en donde la gente trabaja, estudia, pasa su tiempo libre o, incluso, sufre y recibe asistencia, ha sido indudablemente una decisión valiente y comprometedora. La hemos tomado porque estamos convencidos de su importancia, más aún, de su necesidad, si queremos verdaderamente anunciar y testimoniar el evangelio de Cristo a todos y en todas las circunstancias y situaciones de la vida (cf. 1 Co 9, 16-23). Nos sostiene y da fuerza la especial abundancia de gracia relacionada con el acontecimiento del gran jubileo, al que nos estamos acercando a•grandes pasos.

Por otra parte, con la misión en los ambientes no hacemos sino poner en práctica el principio pastoral recordado a menudo durante el Sínodo diocesano: el principio por el que cada parroquia y toda la comunidad eclesial de Roma deben buscarse y encontrarse fuera de sí mismas, es decir, donde vive en realidad el pueblo de Dios.

Es evidente que la realización práctica de esta tarea está confiada ante todo a los fieles laicos, que viven y trabajan de hecho en los diversos ambientes. En efecto, tanto más eficaz será la misión en cada ambiente, cuanto más la interpreten y protagonicen las personas que diariamente están presentes y trabajan en ellos. Por eso, el 8 de diciembre del año pasado, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y tercer aniversario del primer anuncio de la misión ciudadana, escribí una carta a todos los hermanos y hermanas creyentes que viven, actúan y trabajan en Roma, para invitarlos a ser misioneros valientes y coherentes del Evangelio.

3. También para la misión en los ambientes, considerada en su conjunto y en cada una de sus implicaciones, vale lo que en los años pasados os he recordado a vosotros, sacerdotes, con ocasión de nuestros encuentros. Vosotros, queridos hermanos, al ser los más estrechos colaboradores del orden episcopal, sois los primeros a quienes se encomienda el ministerio de anunciar el Evangelio a todos. La misión, vocación y tarea fundamental de la Iglesia no es principalmente obra de los creyentes de forma individual, sino de toda la comunidad y, por ello, ante todo de quienes son sus primeros responsables.

En numerosos y significativos ambientes vosotros, sacerdotes, estáis presentes de modo directo, en virtud de vuestro ministerio específico. Así, en muchas escuelas, como profesores de religión; en los hospitales y cárceles, como capellanes; además, en Roma ejercen aún su ministerio, con mucho provecho, algunos capellanes del trabajo. No quisiera olvidar tampoco a cuantos están comprometidos en las «fronteras» de la caridad, atendiendo a los pobres, a los menores con dificultades, a jóvenes con problemas de toxicomanía, a los inmigrantes y a la gente que carece de vivienda. En cada uno de estos lugares, y atendiendo a todos esos hermanos y hermanas nuestros, estáis llamados a ser signos vivos del amor de Dios, de la salvación que Cristo nos ha traído y de la solicitud materna de la Iglesia. Siempre y en todas partes sois y debéis ser misioneros y evangelizadores.

Y vosotros, queridos diáconos permanentes, que en vuestro grado participáis en el sagrado ministerio, pero que, en cuanto al trabajo y a la familia, compartís la condición de nuestros hermanos laicos, os encontráis en una situación particularmente favorable para dar vuestro testimonio y realizar vuestra acción evangelizadora en los ambientes donde estáis insertados. La misión en los ambientes representa para vosotros una llamada peculiar y una valiosa posibilidad de desarrollo de vuestro ministerio específico.

4. Sin embargo, nuestra tarea de ministros ordenados con respecto a esta forma de misión no se limita a lo que podemos hacer directamente, trabajando dentro de cada ambiente. En efecto, cada uno de nosotros, aunque no esté encargado de un apostolado de ambiente, desempeña el papel fundamental de formador, con el que puede y debe preparar y sostener a los fieles laicos, llamados a dar testimonio de Cristo en todas las situaciones de la vida.

Este tema, muy importante, guarda relación con el modo mismo como concebimos y ejercemos nuestro ministerio de pastores. El horizonte del compromiso eclesial no debe limitarse al buen funcionamiento de la parroquia o de cualquier otro organismo directamente encomendado a nuestro cuidado. Más bien, debemos abrazar idealmente toda la Iglesia en su dimensión misionera esencial, que la pone al servicio de la salvación integral del hombre.

A la luz de esto, nuestra labor de formación no se ha de limitar a promover un laicado capaz de asumir responsabilidades en la parroquia o en la comunidad eclesial. Con mayor empeño debemos formar auténticas conciencias cristianas, para que cada uno, laico o sacerdote, logre la unidad en su propia vida y dé un testimonio evangélico creíble y gozoso en todo ambiente y situación. Y, de igual manera, debemos ayudar a los fieles laicos a tomar mayor conciencia de que a ellos compete y les está confiada la misión evangelizadora de la Iglesia. Esa misión han de realizarla normalmente con su acción y su testimonio de vida, así como con la capacidad y la prontitud con las cuales sepan dar razón de la esperanza de que, como creyentes en Cristo, también son depositarios y portadores (cf. 1 P 3, 15).

Esta misma tensión misionera no puede menos de caracterizar los elementos fundamentales de la formación y del crecimiento espiritual: la oración, que nos pone en presencia de Dios; la catequesis, que alimenta la fe y ayuda a ver toda realidad con los ojos de la fe; la penitencia y la conversión del corazón; y la apertura progresiva al amor de Dios y de los hermanos. Sólo así el crecimiento del testigo y del misionero tiene lugar a la vez que el crecimiento del cristiano.

5. Éste es el camino por el que, en el nuevo milenio que está a punto de comenzar, la presencia cristiana podrá ser cada vez más influyente y persuasiva en nuestra Roma, tan amada. Los ambientes de trabajo son, en algunos casos, los lugares en donde la secularización parece haber avanzado más, y hablar en ellos de Dios y de Jesucristo puede resultar difícil y casi fuera de lugar. Pero, en realidad, Dios jamás es un extraño; Cristo nunca es un extraño. El Hijo eterno de Dios, que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre y amó con corazón de hombre» (Gaudium et spes, 22), es y seguirá siendo, dondequiera que esté en juego nuestra humanidad, el único Redentor del hombre. Recuerdo que hace veinte años, precisamente en este tiempo de Cuaresma, promulgué mi encíclica Redemptor hominis.

Por consiguiente, al comenzar con confianza la misión en los ambientes, todos deben tomar mayor conciencia de que se trata de una labor a largo plazo. Es parte integrante e indispensable de la nueva evangelización, que se irá enraizando y desarrollando cada vez más en la pastoral de la comunidad diocesana.

6. Queridos sacerdotes, el impulso a la misión nace del fuego del amor que el Señor ha encendido en nuestro corazón, con el don de su Espíritu Santo, y se expresa, en primer lugar, con el lenguaje concreto del amor. Así pues, la misión ciudadana, en este último año de preparación para el jubileo, que está dedicado a Dios Padre y en el que destaca la virtud teologal de la caridad (cf. Tertio millennio adveniente, 50-51), deberá poner especial atención en la «evangelización de los pobres» (cf. Mt 11, 5), haciendo que sus condiciones de vida sean menos tristes y precarias.

En vuestro ministerio pastoral, constatáis cómo van aumentando el desempleo y la pobreza en nuestra ciudad. Por eso, resulta cada vez más necesario descubrir nuevas posibilidades y caminos para que Roma, basándose en su misión espiritual y civil y valorando el patrimonio de humanidad, cultura y fe, acumulado a lo largo de los siglos, pueda promover su desarrollo social y económico, también con vistas al bien de toda la nación italiana y del mundo (cf. Carta a todos los trabajadores, profesionales y artesanos de la ciudad de Roma, n. 8). La caridad de Cristo nos impulsa, pues, a estar presentes y a proponer iniciativas en todos los ambientes donde se prepara concretamente el futuro de nuestra ciudad. Amadísimos sacerdotes y diáconos, conozco vuestro compromiso diario, los trabajos y dificultades que debéis afrontar a menudo. Deseo aseguraros que estoy constantemente cerca de vosotros, con el afecto y la oración. La Virgen María, ejemplo perfecto de amor a Dios y al prójimo, os sostenga a cada uno en el camino y obtenga a todos la disponibilidad plena a la llamada del Señor que ella supo tener en el momento de la Anunciación y luego al pie de la cruz (cf. Tertio millennio adveniente, 54).

Con estos sentimientos, os imparto de corazón a todos una especial bendición, que extiendo de buen grado a vuestras parroquias y a cuantos encontréis durante la misión ciudadana.

La última parroquia que he visitado ha sido la de San Fulgencio; y la próxima será la de San Ramón Nonato. Al final de agosto se celebra la memoria litúrgica de san Ramón Nonato; ahora voy a visitar la parroquia dedicada a él en Roma.

 

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