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DISCURSO DEL SANTO PADRE
AL XXIII CONGRESO DE LA UNITALSI


20 de febrero de 1999


Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra daros una afectuosa bienvenida a todos los que habéis venido a Roma para celebrar el congreso anual de la Unión nacional italiana de transporte de enfermos a Lourdes y santuarios internacionales (UNITALSI). Saludo en particular a monseñor Alessandro Plotti, arzobispo de Pisa y vuestro presidente, y le agradezco las cordiales palabras con que, en nombre de todos, ha expresado sentimientos de devoción y afecto, y ha presentado tanto los ideales y los propósitos de esta asociación, como los objetivos de la reunión anual. Saludo, asimismo, al asistente eclesiástico nacional, a los dirigentes y a cuantos participan en las actividades organizadas por vuestra asociación.

Deseo manifestaros mi satisfacción por la benéfica y solícita labor que realizáis con discreción y generosidad en beneficio de cuantos sufren en el cuerpo y en el espíritu. Les dais un particular testimonio de caridad, brindándoles la posibilidad de vivir la profunda experiencia de la peregrinación a diversos santuarios y lugares consagrados a la santísima Virgen, y sosteniéndolos en la fe y la esperanza, cuando el sufrimiento invade su vida.

La red de animación y asistencia, articulada en las diversas diócesis italianas, testimonia la generosidad de numerosos sacerdotes, médicos, enfermeros, damas de caridad, camilleros, acompañantes y voluntarios que, reproduciendo en el mundo de hoy la imagen del buen samaritano, se preocupan por el aspecto material y espiritual de los enfermos.

2. Amadísimos hermanos y hermanas, vuestro congreso anual está dedicado a la reflexión sobre el «espíritu unitalsiano» en relación con las transformaciones y los desafíos de la sociedad actual, que se desarrolla y cambia rápidamente. Esas transformaciones exigen la búsqueda prudente de respuestas adecuadas que, fundándose constantemente en el ideal evangélico de la caridad, sepan orientar y dar nuevo impulso a las actividades nacionales de la Unión. Sin embargo, la confrontación con las problemáticas de la sociedad actual y el esfuerzo por lograr una oportuna actualización de vuestras estructuras no deben llevaros a renunciar a las exigencias y al espíritu que han determinado el nacimiento y el admirable desarrollo de la UNITALSI.

Cambian las estructuras y la organización, pero no pueden cambiar el espíritu y el carisma de servicio unitalsiano; y, sobre todo, su centro vital de irradiación debe seguir siendo la caridad, sin la cual vuestra obra perdería su sentido (cf. 1 Co 13). El amor fraterno y diligente, alimentado diariamente por la oración, se manifiesta al poner a los enfermos como centro de todos los esfuerzos: en ellos se refleja el rostro del Crucificado, y en sus sufrimientos es posible reconocer el signo misterioso del Padre para la salvación del mundo.

3. Mientras toda la Iglesia ya se acerca a la cita del gran jubileo, estáis llamados a acompañar la peregrinación de cuantos, probados en el cuerpo y en el espíritu, representan en el mundo un anuncio de redención y salvación. En el gran itinerario del pueblo de Dios, los peregrinos del dolor y del sufrimiento son una alegoría de la humanidad que busca sobre todo a Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). A vosotros, como «humildes servidores de los enfermos» (cf. Estatuto), se os ha encomendado la tarea de sostenerlos en las dificultades y ayudarles a transformar sus sufrimientos en presencia arcana de salvación.

Ojalá que todo lo que sugiera el Espíritu durante este congreso se transforme en orientación eficaz para vuestra solicitud, y suscite un renovado compromiso en el servicio de caridad, con el que todo cristiano está llamado a revelar la ternura paterna de Dios.

Os guíe y acompañe María, peregrina solícita hacia la casa de Isabel, donde, con sus atenciones, se convirtió en un medio para que su prima descubriera el designio del Padre.

Con estos deseos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

 

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