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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PERSONAL DEL ARCHIVO SECRETO VATICANO
Y DE LA BIBLIOTECA APOSTÓLICA VATICANA


Viernes 15 de enero de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra mucho recibiros hoy a todos vosotros, que trabajáis diariamente en el Archivo secreto vaticano y en la Biblioteca apostólica vaticana, y daros una cordial bienvenida, que extiendo de buen grado a vuestros familiares. Saludo, en particular, a monseñor Jorge María Mejía, archivero y bibliotecario de la santa Iglesia romana, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo, asimismo, al padre Sergio Pagano, prefecto del Archivo secreto vaticano, y a don Raffaele Farina, prefecto de la Biblioteca apostólica vaticana.

El título de bibliotecario, ya usado en el siglo IX por Anastasio Bibliotecario (cf. PL 127-129), es un valioso indicio para deducir tanto la venerable antigüedad de las instituciones de las que formáis parte como el estrecho vínculo existente entre ellas y la Sede apostólica.

En efecto, vuestro trabajo, aunque es muy importante, no se reduce sólo al esfuerzo por la conservación de los libros y los manuscritos, de las actas de los Sumos Pontífices y de las oficinas de la Curia romana, así como por su transmisión a lo largo de los siglos; sino que procura, sobre todo, poner a disposición de la Santa Sede y de los estudiosos de todo el mundo los tesoros de cultura y arte que se conservan en el Archivo y en la Biblioteca. Precisamente por eso, también tenéis la tarea de estudiar atentamente y con esmero esos tesoros, a menudo con la ayuda de otros especialistas, para que puedan publicarse con rigor científico. Testimonios de este valioso servicio son las diversas colecciones que la Biblioteca y el Archivo siguen publicando y difundiendo, suscitando el aprecio del mundo de los historiadores, los canonistas, los estudiosos de paleografía y los especialistas en literatura clásica y en música antigua. Quisiera agradeceros este gran empeño y, a la vez, alentaros de corazón a proseguirlo y profundizarlo con celo constante.

2. Se comprenden bien el interés y el cuidado con que mis venerados predecesores, especialmente desde hace algunos siglos, crearon, promovieron y acompañaron la Biblioteca apostólica, y después, como una rama madura de ella, el Archivo pontificio. Pienso en Nicolás V, Sixto IV, Sixto V, Pablo V y en muchos otros Pontífices, hasta León XIII, que decidió abrir el Archivo a la investigación científica, y Pío XI, que compartió personalmente, como prefecto de la Biblioteca apostólica, este noble interés.

Los Pontífices, además de considerar la Biblioteca y el Archivo como valiosos instrumentos de servicio a la cultura y al arte, han visto en ellos otras dos cualidades sobresalientes, que deseo subrayar aquí, porque han sido siempre importantes y necesarias, hoy quizá más que en el pasado.

La primera es la relación entre los textos conservados y el ejercicio del gobierno y del ministerio de la Sede apostólica, particularmente del Magisterio pontificio. Estos textos venerables contienen y transmiten, en cierto modo, la memoria misma de la Iglesia y, por tanto, la continuidad de su servicio apostólico a lo largo de los siglos, con sus luces y sombras, que hay que conocer y dar a conocer, sin temor, más aún, con sincera gratitud al Señor, que no deja de guiar a su Iglesia en medio de las vicisitudes del mundo.

Esto es lo que tenía muy presente el Papa León XIII cuando quiso que se abriera el Archivo a los estudiosos, ya en el lejano 1880. Además, la estupenda decoración de la sala Sixtina, que Sixto V mandó realizar, manifiesta la relación existente entre la Biblioteca y el ejercicio del Magisterio en sus dos series de frescos, en los que se observan, por una parte, la historia de las más insignes bibliotecas y, por otra, la representación de los concilios ecuménicos.

3. También hay que poner de relieve una segunda cualidad de la Biblioteca y del Archivo y, por consiguiente, de vuestro trabajo en ellos, en sus diversos niveles. Se trata del servicio que prestáis a la evangelización de la cultura, más aún, a la nueva evangelización de la cultura. Sabéis bien que se trata de un compromiso fundamental y vital de la Iglesia en el mundo contemporáneo, al que ya aludía con esclarecedoras palabras el siervo de Dios Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (cf. nn. 19-20), y al que yo mismo me he referido muchas veces. Es necesario encontrar el modo de llevar a los hombres y mujeres de cultura, pero quizá más aún a los ambientes y a los cenáculos en que se elabora y transmite la cultura actual, los valores que el Evangelio nos ha comunicado, junto con los que brotan de un verdadero humanismo, porque en realidad unos y otros están relacionados estrechamente.

En efecto, si el Evangelio nos enseña el primado absoluto de Dios y la única salvación en Cristo Jesús, éste es también el único camino para apreciar, respetar y amar verdaderamente a la creatura humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y llamada a insertarse en el misterio del Hijo de Dios hecho hombre. Por eso, los valiosos tesoros conservados, estudiados y puestos a disposición de los estudiosos en la Biblioteca vaticana y en el Archivo, son como el testimonio vivo de la proclamación constante por parte de la Iglesia de los valores evangélicos, artífices del verdadero humanismo.

4. Queridos hermanos y hermanas, aquí están delineadas muy claramente la grandeza y la dignidad de vuestro servicio, aun en la humildad aparente de las tareas que a veces estáis llamados a realizar. Sed conscientes de que al cumplirlas, prestáis un servicio importante a la Sede apostólica y, de modo particular, al Sucesor de Pedro. Contribuís de manera significativa a crear las condiciones para que los hombres y las mujeres que trabajan en el ámbito cultural puedan encontrar el camino que los lleva a su Creador y Salvador, y así también a la verdadera y plena realización de su vocación específica, en este tiempo de transición del segundo al tercer milenio.

Nos hallamos en vísperas del gran jubileo y, por tanto, es oportuno considerar vuestros diferentes compromisos, incluso las exposiciones que organizáis o en las que colaboráis -entre las que destaca la que se está desarrollando actualmente en la sala Sixtina con el título «Llegar a ser santo»-, como ocasiones para vivir la renovación espiritual a la que todos estamos llamados. Al que va a la Biblioteca o al Archivo, al que visita las exposiciones o consulta los documentos que conserváis, ayudadle a recoger el mensaje contenido en el conjunto de esos testimonios: es un mensaje que remite a la iniciativa salvífica de un Dios misericordioso, que es Verdad suprema y Bien infinito.

5. En fin, siento el deber de dirigiros un llamamiento urgente a todos: amad, respetad y defended este gran patrimonio acumulado a lo largo de los siglos por los Pontífices romanos. Se trata de bienes valiosos e inalienables de la Santa Sede, que hay que conservar celosamente. Como es obvio, sólo el Sumo Pontífice puede disponer de ellos. Por tanto, que cada uno sienta el deber de administrar con sumo esmero estos bienes de la Sede apostólica, consciente de prestar un servicio a la Iglesia y al mundo.

Con estos deseos, os bendigo de corazón a cada uno y bendigo vuestro trabajo diario.

 

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