DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL
PONTIFICIO SEMINARIO REGIONAL «PÍO XI» DE PULLA
Sábado
16 de enero de 1999
Venerados hermanos en el episcopado y el
sacerdocio; amadísimos jóvenes:
1. ¡Bienvenidos! Con gran alegría os recibo hoy en
vuestra amable visita. A todos os dirijo mi más cordial saludo.
Con el corazón lleno de gratitud saludo a vuestro
rector, y acojo las palabras que, en nombre de cada uno de vosotros, ha querido
dirigirme: son la expresión de una relación que encuentra en la fe su valor
más auténtico y su desarrollo más completo.
Vuestra visita coincide con una fecha particularmente
significativa para vosotros: hace poco más de un mes se celebró el 90°
aniversario de la fundación de vuestro seminario, en el que se han formado
numerosos sacerdotes durante estos nueve decenios. Demos gracias al Señor por
este feliz aniversario y por los objetivos conseguidos durante este período.
2. La fecha que celebráis entraña muchos recuerdos:
vuestra «casa», a lo largo de este siglo, ha acogido y formado a generaciones
de ministros sagrados que, en los diversos ámbitos de la comunidad eclesial,
han prestado y siguen prestando su servicio como diáconos, presbíteros,
obispos y cardenales. Incluso muchos jóvenes que no han proseguido en el camino
hacia el sacerdocio han encontrado en ella, durante un período significativo de
su vida, el «rostro» y las atenciones de un lugar agradable y familiar.
La fecha que conmemoráis se proyecta, al mismo
tiempo, hacia el futuro: en vuestro seminario se vive también hoy con gran
entusiasmo; en él se sigue acogiendo a los jóvenes que quieren reflexionar
sobre un proyecto vocacional en la Iglesia y para el mundo. Se les propone una
experiencia educativa capaz de transformar su proyecto en fecunda realidad
apostólica.
Todo seminario nace con un objetivo muy preciso:
preparar a los futuros ministros de la Iglesia en un clima de oración, estudio
y fraternidad. «Pastores dabo vobis»: el Señor promete a su grey pastores
«según su corazón» (Jr 3, 15). El tiempo que se vive en el seminario
está orientado totalmente hacia esta meta: lograr que en los jóvenes
encaminados hacia el sacerdocio se produzca esta «transformación del
corazón», que los impulsará a amar y servir a la comunidad eclesial con los
mismos sentimientos de Cristo.
Además, un seminario regional acentúa el arraigo de
esta comunidad y de sus ministros en un territorio específico, reconocible por
determinadas características geográficas, comunes vicisitudes históricas y
expresiones originales de vida y cultura que, en interacción con otras
realidades territoriales, configuran su mentalidad y sus costumbres. El
seminario se convierte, entonces, en un instrumento privilegiado de las Iglesias
particulares, llamadas a realizar «aquí y ahora» el misterio de la comunión
eclesial. Debe ser una «comunidad eclesial educativa, (...) dedicada a la
formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de los futuros
presbíteros» (Pastores dabo vobis, 61). Por eso, la formación que se
imparte en vuestra «casa» no puede prescindir de una mirada amorosa e
inteligente a las dinámicas que caracterizan al ambiente en que viven y actúan
las comunidades cristianas de Pulla.
3. De la antigua adhesión a la fe a
las modernas inquietudes de la secularización,
de la religiosidad popular a los esfuerzos de nueva evangelización, de la
emigración atávica a las actuales formas de acogida de prófugos e
inmigrantes, de la tradicional organización agrícola, pastoral y marítima a
los profundos cambios económicos y culturales presente,
las características de la región deben ser objeto de vuestras reflexiones y
punto de referencia constante para vuestra preparación.
Desde esta perspectiva, me parece
que, en una fecha con gran proyección, como es precisamente el 90°
aniversario de la fundación de vuestro seminario, surgen dos indicaciones
particularmente significativas: ante todo, la oportunidad de la decisión,
tomada a su tiempo, de instituir un centro de estudios filosóficos y
teológicos en Pulla. Esto ha ayudado a generaciones enteras de jóvenes a
profundizar la relación, problemática pero ineludible, entre «fides et
ratio». La colaboración entre fe y razón ha producido en nuestro siglo
grandes proyectos; su separación ha causado enormes tragedias.
La segunda indicación se puede
deducir de la enseñanza y, más aún, de la vida de los Pontífices, cuyos
nombres están más relacionados con vuestro seminario: san Pío X lo fundó e
instituyó su sede en Lecce, y a continuación Pío XI lo agrandó y trasladó
a Molfetta. Las circunstancias de estos dos venerados predecesores míos
pueden iluminaros sobre los importantes desafíos que os esperan. A pesar de
las dificultades que esos dos Pontífices debieron afrontar tanto dentro de la
Iglesia como en sus relaciones con el mundo laico, siguen siendo insignes
ejemplos de fidelidad a Cristo y de ardiente celo por la causa del Evangelio.
Su testimonio es invitación a una sólida doctrina y, a la vez, a una
apertura valiente; es, igualmente, estímulo a la santidad de vida y a la
audacia apostólica ante las instancias del mundo contemporáneo.
Deseo de corazón que el Pontificio
Seminario regional pullés sea «escuela de apóstoles», como lo quisieron
mis predecesores: apóstoles dispuestos a servir al pueblo de Dios con todas
sus energías. Ojalá que vuestro seminario forme a presbíteros que sean
guías seguros para los fieles, siguiendo las huellas de Jesús, buen Pastor.
La Virgen María, a la que veneráis
como «Regina Apuliae», acompañe con su ejemplo y su oración vuestros
pasos, reavive vuestras esperanzas y os sostenga en los momentos difíciles, a
fin de que se realice plenamente el proyecto vocacional que Dios tiene para
cada uno de vosotros.
Asegurándoos mi constante recuerdo
en la oración, os imparto de corazón a todos la bendición apostólica.
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