DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO A LA
JUNTA Y AL CONSEJO PROVINCIAL DE ROMA
Lunes
18 de enero de 1999
Señor presidente; ilustres miembros de la Junta
y del Consejo provincial de Roma; amables señoras y señores:
1. ¡Bienvenidos! Me alegra acogeros, como es
tradición, al comienzo de un nuevo año, pero especialmente al inicio de
vuestro servicio a la comunidad provincial de Roma. Os saludo con cordialidad a
cada uno de vosotros. De modo especial, saludo al presidente del Consejo
provincial, honorable Alberto Pascucci, y al presidente de la Junta provincial,
honorable Silvano Moffa, al que agradezco las palabras que me ha dirigido
también en nombre de sus colegas.
He escuchado con interés las reflexiones que ha
desarrollado sobre diversos temas, y he reconocido con agrado el compromiso de
privilegiar el respeto a la persona humana, la atención al papel de la familia
en la sociedad y el apoyo a las fuerzas sociales que quieren responder a los
numerosos desafíos del momento actual. No puedo menos de alentar estos
proyectos de bien, invocando sobre vosotros y sobre vuestro trabajo la constante
asistencia divina.
2. Elegidos por la voluntad popular para prestar un
servicio arduo y responsable a la comunidad civil, estáis llamados a trabajar,
en el ámbito de vuestras competencias específicas, para que cuantos viven en
la provincia de Roma o de algún modo están en contacto con ella puedan mirar
con esperanza al presente y al futuro. Vuestra misión es de gran importancia;
por eso la Iglesia quiere contribuir a ella desinteresadamente.
En efecto, la comunidad cristiana presente en un
territorio no se siente extraña a él, a sus problemas y a su desarrollo.
Aunque es verdad que las diversas formas de evangelización y la actividad
política y administrativa no coinciden en el ámbito de las finalidades ni en
el de los medios, también es evidente que pueden y deben concordar en la
misión que les es común: el servicio al hombre. El hombre, como afirmé en mi
primera encíclica, es «el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis,
14). El hombre debe ser siempre el «camino» del compromiso político y de la
estructura administrativa: en este camino es posible y necesario recorrer un
itinerario de comunión, que comprometa las energías de ambas partes.
3. Señor presidente, en el discurso que acaba de
pronunciar, ha aludido a indicaciones y propósitos que quieren guiar el trabajo
de la Junta y del Consejo provincial. Ojalá que nunca desaparezca esta tensión
espiritual, marcada por la búsqueda auténtica de la verdad, por la honradez y
el respeto al hombre, por el cuidado del bien común y el amor a los hermanos.
A este respecto, me permito indicar algunas líneas de
reflexión, que pueden contribuir a vuestra acción administrativa y política.
Ante todo, es importante establecer una jerarquía de los problemas y de las
intervenciones. ¿Cómo afrontar la gestión de la vida colectiva sin
configurar una escala de prioridades? Usted, señor presidente, ha subrayado
oportunamente que hacen falta intervenciones coordinadas y eficaces,
especialmente en favor de los que viven situaciones difíciles.
Salta a la vista de todos el drama de las antiguas
y nuevas formas de pobreza. En la sociedad contemporánea, a pesar de su
indudable progreso, hay aún un notable número de mujeres y hombres a los que
les resulta difícil vivir dignamente. La atención que una estructura
pública dedica a estos hermanos menos favorecidos la define y la caracteriza
como instrumento al servicio de la comunidad.
De lo contrario, los así llamados «últimos» corren
el riesgo de ser olvidados, convirtiéndose en un apéndice cada vez más amplio
de la sociedad opulenta, en vez de estar en el centro de opciones y
orientaciones generales. Por tanto, es indispensable una red de iniciativas que,
también gracias a los recursos del voluntariado, tienda a la recuperación, la
promoción y la integración de las personas y los grupos.
4. En las palabras del señor presidente he notado una
significativa atención dirigida al mundo de los jóvenes. Es verdad, la
juventud no puede menos de ser una de las prioridades de la acción política.
Las generaciones jóvenes, a veces incluso inconscientemente, piden cultura,
ideales y espiritualidad auténtica, como un antídoto contra el vacío de
valores que los amenaza. La familia, la escuela, las diócesis y las parroquias,
respetando las competencias específicas, están llamadas a poner en común sus
recursos para ofrecer a la juventud una sociedad y un futuro lleno de esperanza.
Al inicio, el presidente puso de relieve oportunamente
que en este año se abrirá la Puerta santa, por la cual entraremos en el gran
jubileo del 2000. ¿Cómo no evocar este acontecimiento de alcance mundial?
Todos los componentes eclesiales y civiles están invitados a dar su
contribución. El jubileo, además de ser un acontecimiento espiritual, es una
ocasión de profunda renovación de la sociedad, una propuesta para pensar
nuevamente en las opciones personales y colectivas, y un tiempo favorable para
realizar un cambio significativo en la vida de las personas y las comunidades.
Deseo de todo corazón que represente para todos una
extraordinaria experiencia espiritual. Acompaño este deseo con la seguridad de
mi constante recuerdo ante el Señor por vosotros y por la misión que estáis
llamados a cumplir.
Con estos sentimientos, invoco la bendición de Dios
sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros colaboradores y sobre
toda la población de la provincia.
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