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VIAJE A MÉXICO Y SAN LUIS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS JÓVENES
EN EL «KIEL CENTER»


Martes 26 de enero de 1999

 

PARTE I

Queridos jóvenes de San Luis;
queridos jóvenes de los Estados Unidos.
¡Alabado sea Jesucristo!

1. Me alegra vuestra afectuosa y entusiasta bienvenida. Me dice que esta tarde el Papa os pertenece. Acabo de estar en la ciudad de México, para celebrar el acto conclusivo de la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos. Allí tuve la alegría de estar con miles de jóvenes. Y ahora mi alegría continúa aquí, con vosotros; ayer con los jóvenes de México, hoy con los jóvenes de San Luis y Misuri, y de todo Estados Unidos.

2. Estamos reunidos aquí esta tarde para escuchar a Jesús, que nos habla a través de su palabra y con la fuerza del Espíritu Santo.

Acabamos de oír lo que el apóstol san Pablo dice a Timoteo, su joven compañero de evangelización: «Ejercítate en la piedad» (1 Tm 4, 7). Estas palabras son importantes para todo cristiano, para todos los que desean verdaderamente seguir al Señor y poner en práctica sus palabras. Son especialmente importantes para vosotros, los jóvenes de la Iglesia. Y por eso tenéis que preguntaros: ¿qué ejercicio estoy haciendo para vivir una vida auténticamente cristiana?

Todos conocéis la palabra «ejercicio», y lo que significa. De hecho, estamos aquí, en el Kiel Center, donde numerosas personas realizan ejercicios largos y difíciles para competir en diferentes deportes. Hoy, este grandioso estadio se ha transformado en un terreno de juego donde se hace un tipo de ejercicio, no para jugar al hockey, al fútbol, al béisbol o al baloncesto; no os voy a hablar de fútbol, sino de algo que os ayudará a vivir con mayor empeño vuestra fe en Jesús. Éste es el «ejercicio en la piedad» al que se refiere san Pablo, el ejercicio que os permite entregaros sin reserva al Señor y al trabajo que os llama a realizar.

3. Me han dicho que hubo mucha expectación en San Luis durante la reciente temporada de béisbol, en la que dos grandes jugadores (Mark McGwire y Sammy Sosa) compitieron para conseguir la plusmarca en carreras completas. Vosotros podéis sentir el mismo entusiasmo al ejercitaros con un objetivo diferente: el de seguir a Cristo y llevar su mensaje al mundo.

Cada uno de vosotros pertenece a Cristo, y Cristo os pertenece a vosotros. En el bautismo habéis sido injertados en Cristo por el signo de la cruz; habéis recibido la fe católica como un tesoro que debéis compartir con los demás. En la confirmación habéis sido sellados con los dones del Espíritu Santo y fortalecidos para vuestra misión y vocación cristianas. En la Eucaristía recibís el alimento que os robustece para afrontar los desafíos espirituales de cada día.

Me agrada especialmente que muchos de vosotros tengáis hoy la oportunidad de recibir el sacramento de la penitencia, el sacramento de la reconciliación. En este sacramento, experimentáis de un modo muy personal la ternura, la misericordia y el amor del Salvador, al ser liberados del pecado y de su triste compañera, la vergüenza. Vuestra carga se vuelve ligera, y experimentáis la alegría de la nueva vida en Cristo.

Vuestra pertenencia a la Iglesia no puede hallar mejor expresión o apoyo que en la participación en la Eucaristía cada domingo en vuestras parroquias. Cristo nos brinda el don de su cuerpo y su sangre para hacer de nosotros un solo cuerpo y un solo espíritu en él, y para llevarnos a una comunión más profunda con él y con todos los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Haced que la celebración dominical en vuestras parroquias sea un auténtico encuentro con Jesús en la comunidad de sus seguidores: ésta es una parte esencial de vuestro «ejercicio en la piedad» para el Señor.

4. Queridos jóvenes amigos, en la lectura que acabamos de escuchar, el apóstol san Pablo dice•a Timoteo: «Que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tm 4, 12). Lo dice porque la juventud es un don maravilloso de Dios. Es un tiempo de energías, oportunidades y responsabilidades especiales. Cristo y la Iglesia tienen necesidad de vuestros talentos particulares. Usad bien los dones que el Señor os ha dado.

Éste es el tiempo de vuestro «ejercicio», de vuestro desarrollo físico, intelectual, emotivo y espiritual. Pero esto no significa que podáis aplazar vuestro encuentro con Cristo y vuestra participación en la misión de la Iglesia. Aunque sois jóvenes, tenéis que actuar ya. Jesús no «menosprecia vuestra juventud». No os guarda para más adelante, cuando seáis mayores y vuestro entrenamiento haya concluido. Vuestro ejercicio no terminará nunca. Los cristianos se ejercitan siempre. Estáis preparados para lo que Cristo os pide ahora. Os pide a vosotros, a todos vosotros, que seáis la luz del mundo, como sólo los jóvenes pueden serlo. Es tiempo de que vuestra luz brille.

En todos mis viajes hablo al mundo de vuestras energías juveniles, de vuestros dones y de vuestra disponibilidad a amar y servir. Y en todos los lugares a donde voy, desafío a los jóvenes, como un amigo, a vivir en la luz y la verdad de Jesucristo.

Os exhorto a dejar que su palabra entre en vuestro corazón y a decirle, desde lo más íntimo de vuestro ser: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!» (Hb 10, 7).

PARTE II

«Vosotros sois la luz del mundo. (...) Brille así vuestra luz delante de los hombres» (Mt 5, 14.16).

Queridos jóvenes:

1. Preguntaos: ¿creo en estas palabras de Jesús que recoge el evangelio? Jesús os llama la luz del mundo. Os pide que vuestra luz brille delante de los demás. Sé que en vuestro corazón queréis decirle: «Aquí estoy, Señor. Aquí estoy. Vengo a hacer tu voluntad» (Salmo responsorial; cf. Hb 10, 7). Pero sólo podréis compartir su luz y ser la luz del mundo si sois uno con Jesús.

¿Estáis preparados para ello?

Desgraciadamente, hoy mucha gente vive alejada de la luz, en un mundo de apariencias, un mundo de sombras fugaces y promesas incumplidas. Si contempláis a Jesús, si vivís la Verdad que es Jesús, tendréis en vosotros la luz que revela las verdades y los valores sobre los que podréis construir vuestra felicidad, construyendo al mismo tiempo un mundo de justicia, paz y solidaridad. Recordad lo que dijo Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).

Dado que Jesús es la luz, también nosotros nos convertimos en luz cuando lo anunciamos. Éste es el centro de la misión cristiana, a la que cada uno de vosotros ha sido llamado por el bautismo y la confirmación. Estáis llamados a hacer que brille la luz de Cristo en el mundo.

2. Cuando erais niños, ¿no teníais a veces miedo de la oscuridad? Hoy ya no sois niños que tienen miedo de la oscuridad. Sois adolescentes y jóvenes adultos. Pero sois conscientes de que hay otro tipo de oscuridad en el mundo: la oscuridad de la duda y la incertidumbre. Podéis sentir la oscuridad de la soledad y el aislamiento. Vuestras angustias pueden derivar de cuestiones relacionadas con vuestro futuro o con remordimientos por vuestras opciones pasadas.

A veces el mundo mismo nos parece envuelto en la oscuridad: la oscuridad de los niños que tienen hambre y que incluso mueren; la oscuridad de las personas sin hogar, que carecen de trabajo y adecuada asistencia sanitaria; la oscuridad de la violencia: violencia contra los hijos por nacer, violencia en las familias, violencia de los grupos criminales, violencia de los abusos sexuales, y violencia de las drogas que destruyen el cuerpo, la mente y el corazón. Hay algo terriblemente equivocado cuando tantos jóvenes se ven arrastrados hacia la desesperación hasta el punto de quitarse la vida. En algunos Estados de esta nación ya se han aprobado leyes que permiten a los médicos poner fin a la vida de personas a las que, por el contrario, juraron ayudar. Se está rechazando el don de la vida, que Dios ha hecho. Se prefiere la muerte a la vida, y esto trae consigo la oscuridad de la desesperación.

3. Sin embargo, vosotros creéis en la luz (cf. Jn 12, 36). No escuchéis a los que os invitan a mentir, a incumplir vuestras responsabilidades, a pensar ante todo en vosotros mismos. No escuchéis a los que os dicen que la castidad es cosa del pasado. En vuestro corazón sabéis que el verdadero amor es un don de Dios y respeta su plan para la unión del hombre y la mujer en el matrimonio. No os dejéis arrastrar por falsos valores y eslóganes engañosos, especialmente sobre vuestra libertad. La verdadera libertad es un don maravilloso de Dios, y ha sido una parte valiosa de la historia de vuestro país. Pero cuando la libertad se separa de la verdad, las personas pierden su orientación moral y el entramado mismo de la sociedad empieza a rasgarse.

La libertad no es la capacidad de hacer todo lo que queremos y cuando queremos. Por el contrario, la libertad es la capacidad de vivir responsablemente la verdad de nuestra relación con Dios y con los demás. Acordaos de lo que dijo Jesús: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). No permitáis que nadie os engañe o impida ver lo que realmente importa. Dirigíos a Jesús, escuchadlo y descubrid el significado y la orientación verdaderos de vuestra vida.

4. Sois hijos de la luz (cf. Jn 12, 36). Pertenecéis a Cristo, que os ha llamado por vuestro nombre. Vuestra primera responsabilidad es llegar a conocerlo lo más posible en vuestras parroquias, mediante la educación religiosa en vuestros institutos y colegios, en vuestros grupos juveniles y en los centros Newman.

Sin embargo, sólo llegaréis a conocerlo de manera personal y verdadera con la oración. Tenéis que hablar con él y escucharlo.

Hoy estamos viviendo en una época de comunicaciones inmediatas. Pero, ¿os dais cuenta de que la oración es una forma única de comunicación? La oración nos permite encontrar a Dios en lo más profundo de nuestro ser. Nos conecta directamente con el Dios vivo: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en un constante intercambio de amor.

A través de la oración aprenderéis a convertiros en la luz del mundo, porque con la oración llegaréis a ser uno con la fuente de nuestra verdadera luz, Jesús mismo.

5. Cada uno de vosotros tiene una misión particular en la vida, y está llamado a ser discípulo de Cristo. Muchos de vosotros servirán a Dios en la vocación a la vida matrimonial cristiana; otros lo servirán como personas consagradas; otros como sacerdotes y religiosos. Pero todos debéis ser la luz del mundo. A los que pensáis que Cristo os está invitando a seguirlo en el sacerdocio o la vida consagrada, os dirijo una exhortación personal: os pido que le abráis generosamente vuestro corazón y no retraséis vuestra respuesta. El Señor os ayudará a conocer su voluntad; os ayudará a seguir con valentía vuestra vocación.

6. Jóvenes amigos, en los días, las semanas y los años futuros, cuando os acordéis de esta tarde, recordad que el Papa vino a los Estados Unidos, a la ciudad de San Luis, a llamar a los jóvenes de América para Cristo, a invitarlos a seguirlo. Vino a exhortaros a ser la luz del mundo. «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la acogieron» (Jn 1, 5). Jesús, que venció el pecado y la muerte, os recuerda: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28, 20). Os dice: «¡Ánimo! Soy yo, no temáis» (Mc 6, 50).

En el horizonte de esta ciudad se encuentra el Arco de acceso, que a menudo capta la luz del sol, con sus diferentes colores y matices. Así, también vosotros, de mil maneras diversas, debéis reflejar la luz de Cristo con vuestra vida de oración y con vuestro servicio gozoso a los demás. Con la ayuda de María, la Madre de Jesús, los jóvenes de América lo harán magníficamente.

Recordad: Cristo os llama; la Iglesia os necesita; el Papa cree en vosotros y espera grandes cosas de vosotros.

¡Alabado sea Jesucristo!

(Al final, regalaron al Papa un palo de hockey. Su Santidad lo tomó en las manos y dijo:)

Ya estoy preparado para volver a jugar al hockey. Pero, la cuestión es saber si podré hacerlo. Tal vez después de este encuentro, esté algo más preparado.

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