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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II A LAS MAESTRAS PÍAS DE LA DOLOROSA
22 de julio de 1999
Amadísimas hermanas:
1. Mientras estáis celebrando el capítulo general de
vuestro instituto, me alegra dirigiros mi cordial saludo, que extiendo a todas
las Maestras Pías de la Dolorosa.
Habéis querido comenzar el capítulo con una
celebración eucarística ante la tumba de vuestra fundadora, la madre Isabel
Renzi, a quien hace diez años tuve la alegría de proclamar beata. Su presencia
espiritual en medio de vosotras y su intercesión celestial garantizan a
vuestros trabajos la inspiración auténtica que brota del carisma originario.
Esta referencia a las raíces iluminará vuestro discernimiento sobre el camino
futuro de vuestra congregación, que, en el umbral del año 2000, cumple 160
años de vida.
«Hacia el tercer milenio, con la alegría del
Resucitado, para construir la unidad en la diversidad» es el tema que os
habéis propuesto para este capítulo general. Para vosotras, al igual que para
toda la Iglesia, el paso del segundo al tercer milenio representa una nueva
llamada de Dios, en cuyas manos está el futuro de toda realidad humana.
Es muy significativo que las Maestras Pías de la
Dolorosa se encaminen hacia el tercer milenio «con la alegría del
Resucitado». En efecto, ¿quién, mejor que María santísima, unida
íntimamente al misterio del Crucificado, conoció la alegría de su
resurrección? ¿Y quién más que ella puede comunicaros a vosotras, sus hijas,
esta alegría, para que colme vuestro corazón y vuestro testimonio?
2. Esta profunda inserción en el dinamismo pascual es
fruto de la oración contemplativa, que con razón consideráis el alma de toda
vuestra acción. En efecto, de la contemplación brotan, con el don fundamental
del Espíritu, todos los dones y, en particular, el de la vida consagrada (cf. Vita
consecrata, 23).
En la celebración eucarística renováis diariamente
la comunión con Cristo crucificado y resucitado, y en la adoración
experimentáis la alegría de permanecer en su amor (cf. Jn 15, 9).
Especialmente en estos momentos fuertes del Espíritu, realizáis la aspiración
de vuestra fundadora: «Quisiera que todo mi ser callara y en mí todo adorara,
para penetrar así cada día más en Jesús y estar tan llena de él, que pueda
darlo a las pobres almas que no conocen el don de Dios».
3. De la contemplación nace la misión. Antes que
mediante obras exteriores, la misión se lleva a cabo haciendo presente a Cristo
en el mundo con el testimonio personal. En eso consiste, queridas hermanas,
vuestra tarea principal como personas consagradas. También vuestro estilo de
vida debe manifestar el ideal que profesáis, proponiéndose como elocuente,
aunque a menudo silenciosa, predicación del Evangelio.
Dentro del marco del carisma fundacional, el
testimonio de vida y las obras de apostolado y promoción humana son igualmente
necesarias; en efecto, ambas representan a Cristo y su acción salvífica.
«La vida religiosa, además, participa en la misión
de Cristo con otro elemento particular y propio: la vida fraterna en comunidad
para la misión. La vida religiosa será, pues, tanto más apostólica, cuanto
más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la vida comunitaria
y más ardiente el compromiso en la misión específica del instituto» (Vita
consecrata, 72). Toda la Iglesia cuenta mucho con el testimonio de
comunidades llenas «de gozo y del Espíritu Santo» (Hch 13, 52).
4. En una época de profundos cambios, la divina
Providencia hizo que la madre Isabel Renzi percibiera, con intuición
profética, algunas de las necesidades más profundas de la sociedad de su
tiempo. Así, se dio cuenta de que el Señor le dirigía una nueva llamada.
«Dios mismo la había trasplantado junto a los problemas de la juventud
femenina de su tierra. Su regla de vida fue justamente la de abandonarse a Dios,
para que él dispusiese los pasos y los tiempos para el desarrollo de la obra
como a él le agradara» (Homilía para la beatificación, 18 de junio de
1989, n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de
junio de 1989, p. 2).
Vuestra fundadora sintió intensamente la llamada a
testimoniar el amor de predilección de Dios a sus criaturas más humildes y
necesitadas; y respondió con inteligencia profética, haciéndose madre,
educadora y asistente. La Iglesia ha considerado siempre la educación como un
elemento esencial de su misión, y el Sínodo sobre la vida consagrada lo
reafirmó con fuerza. Por tanto, os invito encarecidamente a que también
vosotras aprovechéis el tesoro de vuestro carisma originario y vuestras
tradiciones, conscientes de que el amor preferencial a los pobres encuentra una
expresión privilegiada en el servicio de la educación y la instrucción (cf. Vita
consecrata, 97).
5. Me ha alegrado saber que vuestro instituto ha
fomentado la cooperación de numerosos laicos, los cuales no sólo comparten su
actividad práctica, sino también las motivaciones y la inspiración que lo
caracterizan. Apoyo con gusto esos caminos de comunión y colaboración, que
pueden irradiar una espiritualidad activa más allá de los confines del
instituto y, a la vez, promover una cooperación más intensa entre las personas
consagradas y los laicos con vistas a la misión (cf. ib., 55).
6. «Construir la unidad en la diversidad». En este
objetivo habéis condensado vuestro compromiso en el umbral del año 2000,
mostrando que estáis en sintonía con toda la Iglesia. En efecto, la Iglesia se
siente llamada a convertirse en signo e instrumento de unidad en un mundo que
cada vez más pone en contacto y confronta realidades humanas diferentes entre
sí. Vivís este desafío en vuestra misma familia religiosa, que durante estos
años ha ido enriqueciéndose con la presencia de personas procedentes de
países e, incluso, de continentes diversos.
Se trata de un típico signo de los tiempos que
vivimos, y habéis decidido aceptarlo y leerlo, desde la perspectiva
evangélica, como llamamiento a una comunión mayor y más profunda. «El camino
más excelente» (1 Co 12, 31) que se puede recorrer es siempre el de la
caridad, que armoniza todas las diferencias y a todas les infunde la fuerza del
mutuo apoyo en el impulso apostólico.
«Situadas en las diversas sociedades de nuestro
mundo, frecuentemente laceradas por pasiones e intereses contrapuestos, deseosas
de unidad pero indecisas sobre la vías a seguir, las comunidades de vida
consagrada, en las cuales conviven como hermanos y hermanas personas de
diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan como signo de un diálogo
siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía las diversidades»
(Vita consecrata, 51).
7. Amadísimas hermanas, deseo dejaros, como última
palabra, el eco del lema de vuestra beata fundadora: «Ardere et lucere».
Quiera Dios que cada Maestra Pía de la Dolorosa, y todo el instituto, arda y
resplandezca de amor divino, para irradiarlo a los hermanos, especialmente a los
más pobres, donde la Providencia os llame a vivir y trabajar.
La Virgen de los Dolores vele constantemente por
vosotras y os obtenga los frutos que esperáis de esta asamblea capitular. Os
acompaña en vuestro trabajo también mi bendición, que os imparto con afecto a
vosotras y a todas vuestras hermanas.
Castelgandolfo, 22 de julio de 1999
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