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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
ARZOBISPO DE RÁVENA EN EL 1450° ANIVERSARIO DE LA DEDICACIÓN DE LA
BASÍLICA DE SAN APOLINAR «EN CLASSE»
Al venerado hermano LUIGI AMADUCCI Arzobispo de
Rávena-Cervia
1. La ilustre y antigua archidiócesis de Rávena, que
usted guía con celo y sabiduría, se prepara para celebrar el 1450°
aniversario de la dedicación de la basílica de San Apolinar en Classe,
consagrada por el arzobispo Maximiano en el año 549, apenas un año después de
la dedicación de la basílica de San Vital.
Esta celebración cobra una importancia particular,
puesto que la basílica, templo de singular belleza, es considerada la cuna de
la fe cristiana en esa tierra y conserva el cuerpo del primer obispo, san
Apolinar, que evangelizó Rávena durante la segunda mitad del siglo II, y luego
se convirtió en patrono de la ciudad, de la diócesis y de toda la región.
En la celebración de este significativo
acontecimiento, deseo unirme espiritualmente al pueblo de Rávena, que con
fervor da gracias al Señor por los innumerables beneficios recibidos en el
decurso de su larga historia de fe. La ciudad, insigne por las memorias de un
pasado glorioso y los espléndidos monumentos que la adornan, debe su grandeza a
la capacidad y a la laboriosidad de sus hijos, que fueron y son artífices
atentos y diligentes de su desarrollo civil y económico. Además, se benefició
de algunas circunstancias peculiares, que la transformaron en un importantísimo
centro político y cultural, abierto al diálogo con Oriente. Desde allí
irradió sus últimos resplandores el imperio de Occidente en el período
borrascoso de su dramático ocaso; desde allí comenzó la providencial fusión
entre las energías jóvenes de los pueblos procedentes del norte de Europa y
las riquezas culturales del genio romano; y desde allí se adentraron en la
región circunstante los primeros testigos de la fe cristiana. Entre éstos
sobresale san Apolinar, primer obispo de la Iglesia de Rávena, quien, con sus
esfuerzos y sufrimientos, plantó las sólidas raíces de la historia cristiana
de esa ciudad.
2. Como es sabido, ese insigne monumento sagrado,
promovido por el arzobispo Ursicino (535-538) y construido bajo la dirección de
Giuliano Argentario, mecenas de Rávena, donde estaba el gran puerto romano -por
eso se le llama en Classe-, ofrece a la contemplación de los visitantes,
primero, en la cornisa del arco triunfal, a Cristo que bendice, hacia quien
convergen los evangelistas; y luego, en la bóveda, una gran cruz engastada con
joyas, en cuyo centro se halla la efigie de Cristo transfigurado y, debajo de
ella, entre múltiples representaciones simbólicas, la imagen de san Apolinar
en actitud de oración sacerdotal. Así, al peregrino que cruza su umbral en
busca de luz y paz, la basílica, en su misma estructura, sostenida por una
espléndida serie de columnas, le señala a Cristo como centro de la fe y
respuesta de Dios a las expectativas del corazón inquieto del hombre. La
Iglesia de Rávena, sin duda, propondrá de nuevo esta respuesta, que tiene
valor perenne, aprovechando las celebraciones programadas, que se inscriben
providencialmente en la preparación del gran jubileo del año 2000, el cual
constituirá también para los raveneses una llamada renovada a seguir con
valentía a Cristo y escuchar su palabra, prosiguiendo la feliz y coral
respuesta de fe que ha caracterizado siempre su historia.
Desde esta perspectiva, espero que la extraordinaria
síntesis de fe y belleza realizada hace ya tantos siglos por artistas
inspirados evangélicamente en las líneas arquitectónicas del templo y en los
mosaicos que lo adornan, suscite en cuantos lo visiten un profundo anhelo de
conocer al Señor para testimoniarlo con la palabra y con la vida, a ejemplo del
santo obispo Apolinar.
3. De hecho, a lo largo de los siglos, la basílica,
con el monasterio anexo, ha sido un centro activo de evangelización, gracias a
la labor de auténticos testigos de Cristo, entre ellos el monje san Romualdo.
En abril del año 1001 participó en la gran asamblea de obispos y dignatarios,
que el Papa Silvestre II celebró precisamente en esa basílica, en presencia
del emperador Otón III. Durante aquel encuentro se proyectó y organizó la
misión evangelizadora entre los eslavos, continuando la obra que había llevado
a cabo san Adalberto. Para dicha misión fueron elegidos los tres monjes
romualdinos Bruno, Benito y Juan, los cuales, habiendo coronado con el martirio
su servicio al Evangelio, son venerados ahora como protectores celestiales tanto
en Rávena como en Polonia.
Vuestra Iglesia, al mismo tiempo que da gracias a Dios
por el bien que desde ella se ha irradiado en el decurso de los siglos, se
siente estimulada a tomar mayor conciencia del deber siempre urgente de llevar
el anuncio de Cristo a cuantos aún no lo han recibido. Quiera Dios que, por
intercesión de su primer obispo y de sus santos paisanos que fueron Apóstoles
de los eslavos, surjan en esa Iglesia numerosas vocaciones sacerdotales y
religiosas, para que la palabra del Señor traiga alegría y salvación también
a los hombres de hoy.
4. Venerado y querido hermano en el episcopado, en
tiempos particularmente turbulentos y difíciles, la Iglesia de Rávena logró
inscribir en sus monumentos la maravillosa grandeza del anuncio evangélico.
Ojalá que sus actuales hijos encuentren caminos nuevos para comunicar el
mensaje de paz y fraternidad que brota de la fe en el único Padre y en el
único Redentor. Desde hace más de catorce siglos la basílica de San Apolinar en
Classe transmite en sus espléndidos mosaicos la verdad eterna del
Evangelio, que tiene en Cristo crucificado y resucitado su centro de
irradiación. ¡Cómo no desear que esa verdad salvífica se refleje con
renovada vitalidad en la Iglesia de «piedras vivas» que está en Rávena, para
que las nuevas generaciones puedan encontrar en Cristo la paz que es don de Dios
y expresión de su amor eterno!
Encomiendo estos deseos a la intercesión de la Virgen
santísima, tan tiernamente amada por los fieles de Rávena. Que ella sea para
todos y cada uno Reina de paz y misericordia.
Con estos sentimientos, le imparto a usted, venerado
hermano, sucesor del santo obispo Apolinar, a los hermanos en el Episcopado
presentes en las celebraciones, a las autoridades, al clero, a la amada
comunidad de Rávena y a toda la población de Emilia-Romaña, la propiciadora
bendición apostólica.
Vaticano, 23 de julio de 1999
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