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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO INTERNACIONAL
DE MOVIMIENTOS ECLESIALES
CELEBRADO EN ESPIRA (ALEMANIA)

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. El amor de Dios Padre, la gracia de nuestro Señor Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

Con estas palabras os saludo a todos vosotros, que participáis en el Congreso internacional de los movimientos y de las nuevas comunidades eclesiales, que se está celebrando en Espira. Dirijo un saludo particular a monseñor Anton Schlembach, que os ha acogido generosamente en su diócesis, a su eminencia el cardenal Miloslav Vlk, y a los demás obispos y sacerdotes, amigos de los movimientos, que os acompañan durante estos días. Saludo cordialmente también a los promotores del congreso: Chiara Lubich, Andrea Riccardi y Salvador Martínez.

Habéis querido reuniros, los representantes de diversos movimientos y nuevas comunidades, un año después del encuentro organizado por el Consejo pontificio para los laicos en la plaza de San Pedro, en la vigilia de Pentecostés de 1998. Aquel acontecimiento fue un gran don para toda la Iglesia. En un clima de ferviente oración, pudimos experimentar la presencia del Espíritu Santo. Una presencia palpable gracias al «testimonio común» de profunda armonía y unidad, que los movimientos supieron dar, respetando la diversidad de cada uno. Fue una significativa epifanía de la Iglesia, rica en carismas y dones, que el Espíritu no cesa de otorgar.

2. Sabéis bien que todo don del Señor interpela nuestra responsabilidad, y no puede menos de transformarse en compromiso para una tarea que hay que realizar fielmente. Por otra parte, ésta es precisamente la motivación fundamental del Congreso de Espira. Escuchando lo que el Espíritu dice a las Iglesias (cf. Ap 2, 7) en vísperas del gran jubileo de la Redención, queréis asumir directamente, y junto con los demás movimientos, la responsabilidad del don recibido aquel 30 de mayo de 1998. La semilla, esparcida abundantemente, no puede perderse; al contrario, debe producir fruto dentro de vuestras comunidades, en las parroquias y en las diócesis. Es hermoso y da alegría ver cómo los movimientos y las nuevas comunidades sienten la exigencia de convergir en la comunión eclesial, y se esfuerzan con gestos concretos por comunicarse los dones recibidos, sostenerse en las dificultades y cooperar para afrontar juntos los desafíos de la nueva evangelización. Éstos son signos elocuentes de madurez eclesial, que espero caracterice cada vez más a todos los componentes y organismos de la comunidad eclesial.

3. Durante estos años he podido constatar cuán importantes son los frutos de conversión, de renovación espiritual y de santidad que los movimientos producen en la vida de las Iglesias particulares. Gracias al dinamismo de estas nuevas asociaciones eclesiales, muchos cristianos han redescubierto la vocación arraigada en el bautismo y se han dedicado con extraordinaria generosidad a la misión evangelizadora de la Iglesia. A gran número de ellos les han brindado la ocasión de redescubrir el valor de la oración, a la vez que la palabra de Dios se ha convertido en su pan de cada día y la Eucaristía en el centro de su existencia.

En la encíclica Redemptoris missio recordé, como novedad surgida en numerosas Iglesias en tiempos recientes, el gran desarrollo de los «movimientos eclesiales», dotados de dinamismo misionero: «Cuando se integran con humildad en la vida de las Iglesias locales -escribí- y son acogidos cordialmente por obispos y sacerdotes en las estructuras diocesanas y parroquiales, los movimientos representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana y a la evangelización, con una visión pluralista de los modos de asociarse y de expresarse» (n. 72).

Deseo de corazón que el Congreso de Espira sea para cada uno de vosotros así como para todos vuestros movimientos una ocasión de crecimiento en el amor a Cristo y a su Iglesia, según la enseñanza del apóstol Pablo, que exhorta a aspirar «a los carismas superiores» (1 Co 12, 31).

Encomiendo los trabajos de vuestro encuentro a María, Madre de la Iglesia, y os acompaño con mis oraciones, a la vez que os imparto a cada uno de vosotros y a vuestras familias una especial bendición.

Vaticano, 3 de junio de 1999

 

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