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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA XV ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA
FAMILIA
Viernes 4 de junio de
1999
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio; ilustres miembros del Consejo pontificio para la familia; amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Me alegra mucho recibiros con ocasión de la XIV
asamblea plenaria del Consejo pontificio para la familia y del Encuentro de
reflexión sobre el tema: «Paternidad de Dios y paternidad en la familia», de
tanta importancia teológica y pastoral. Os saludo a todos con afecto y, de modo
particular, a los que participan por primera vez en un encuentro convocado por
vuestro dicasterio. Doy las gracias al presidente, señor cardenal Alfonso
López Trujillo, por las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos.
El tema de la paternidad, que habéis elegido para
esta plenaria, hace referencia al tercer año de preparación para el gran
jubileo, dedicado precisamente al Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es un tema
en el que conviene reflexionar, puesto que hoy la figura del padre en el ámbito
de la familia corre el peligro de estar cada vez más latente, cuando no
ausente. A la luz de la paternidad de Dios, «de quien toma nombre toda familia
en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 15), la paternidad y la maternidad
humanas adquieren todo su sentido, su dignidad y su grandeza. «La paternidad y
maternidad humanas, aun siendo biológicamente parecidas a las de otros seres de
la naturaleza, tienen en sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una
semejanza con Dios, sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad
de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor (communio
personarum)» (Gratissimam sane, 6).
2. Sigue aún vivo en nuestro espíritu el eco de la
reciente celebración de Pentecostés, que nos impulsa a proclamar con esperanza
la afirmación de san Pablo: «Todos los que son guiados por el Espíritu de
Dios son hijos de Dios» (Rm 8, 14). El Espíritu Santo, de la misma
forma que es el alma de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 7), también debe
serlo de la familia, pequeña iglesia doméstica. Para cada familia debe
ser principio interior de vitalidad y energía, que mantiene siempre ardiente la
llama del amor conyugal en la entrega recíproca de los esposos.
Es el Espíritu Santo quien nos conduce al •Padre
celestial y suscita en nuestros corazones la oración confiada y jubilosa:
«¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 1, 6). La familia cristiana
está llamada a distinguirse como ámbito de oración compartida, en la que con
la libertad de hijos nos dirigimos a Dios llamándolo con el afectuoso apelativo
«Padre nuestro». El Espíritu Santo nos ayuda a descubrir el rostro del Padre
como modelo perfecto de la paternidad en la familia.
Desde hace algún tiempo se están repitiendo los
ataques contra la institución familiar. Se trata de atentados tanto más
peligrosos e insidiosos cuanto que ignoran el valor insustituible de la familia
fundada en el matrimonio. Se llega a proponer falsas alternativas a ella y se
solicita su reconocimiento legislativo. Pero cuando las leyes, que deberían
estar al servicio de la familia, bien fundamental para la sociedad, se dirigen
contra ella, adquieren una alarmante capacidad destructora.
Así, en algunos países se quiere imponer a la
sociedad las así llamadas «uniones de hecho», apoyadas por una serie de
efectos legales que erosionan el sentido mismo de la institución familiar. Las
«uniones de hecho» se caracterizan por la precariedad y la falta de un
compromiso irreversible, que engendre derechos y deberes y respete la dignidad
del hombre y de la mujer. Por el contrario, se quiere dar valor jurídico a una
voluntad alejada de toda forma de vínculo definitivo. Con esas premisas,
¿cómo se puede esperar una procreación realmente responsable, que no se
limite a dar la vida, sino que incluya también la formación y la educación
que únicamente la familia puede garantizar en todas sus dimensiones? Esos
planteamientos acaban por poner en grave peligro el sentido de la paternidad
humana, de la paternidad en la familia. Eso acontece de diferentes maneras
cuando las familias no están bien constituidas.
3. Cuando la Iglesia expone la verdad sobre el
matrimonio y la familia, no lo hace sólo basándose en los datos de la
Revelación, sino también teniendo en cuenta los postulados del derecho
natural, que representan el fundamento del verdadero bien de la sociedad misma y
de sus miembros. En efecto, es muy importante para los niños nacer y ser
educados en un hogar formado por padres unidos en una alianza fiel.
Se pueden imaginar otras formas de relación y de
convivencia entre los sexos, pero ninguna de ellas constituye, a pesar del
parecer contrario de algunos, una auténtica alternativa jurídica al
matrimonio, sino más bien una debilitación del mismo. En las así llamadas
«uniones de hecho» se da una carencia, más o menos grave, de compromiso
recíproco, un paradójico deseo de mantener intacta la autonomía de la propia
voluntad dentro de un vínculo que, a pesar de todo, debería ser relacional. Lo
que falta en las convivencias no matrimoniales es, en definitiva, la apertura
confiada a un futuro para vivir juntos, que corresponde al amor activar y
fundar, y que es tarea específica del derecho garantizar. En otras palabras,
falta precisamente el derecho, no en su dimensión extrínseca de mero conjunto
de normas, sino en su dimensión antropológica, la más auténtica, de
garantía de la coexistencia humana y de su dignidad.
Además, cuando las «uniones de hecho» reivindican
el derecho a la adopción, muestran claramente que ignoran el bien superior del
niño y las condiciones mínimas que le son debidas para una adecuada
formación. Por otra parte, las «uniones de hecho» entre homosexuales
constituyen una deplorable distorsión de lo que debería ser la comunión de
amor y de vida entre un hombre y una mujer, en una recíproca entrega abierta a
la vida.
4. Hoy, sobre todo en las naciones económicamente
más ricas, se difunde, por una parte, el miedo a ser padres y, por otra, el
menosprecio del derecho que tienen los hijos de ser concebidos en el marco de
una entrega humana total, presupuesto indispensable para su crecimiento sereno y
armonioso.
De esa forma se afirma un presunto derecho a la
paternidad-maternidad a toda costa, cuya realización se busca a través de
mediaciones de carácter técnico, que implican una serie de manipulaciones
moralmente ilícitas.
Otra característica del contexto cultural en el que
vivimos es la propensión de muchos padres a renunciar a su papel para asumir el
de simples amigos de sus hijos, absteniéndose de reprensiones y correcciones,
incluso cuando serían necesarias para educar en la verdad, aun con gran afecto
y ternura. Por tanto, conviene subrayar que la educación de los hijos es un
deber sagrado y una tarea solidaria tanto del padre como de la madre: exige el
calor, la cercanía, el diálogo y el ejemplo. Los padres están llamados a
representar en el hogar al Padre bueno del cielo, el único modelo perfecto en
el que se han de inspirar.
La paternidad y la maternidad, por voluntad de Dios
mismo, conllevan una íntima participación en su poder creador y, en
consecuencia, tienen una intrínseca relación recíproca. Al respecto escribí
en la Carta a las familias: «La maternidad implica necesariamente la
paternidad y, recíprocamente, la paternidad implica necesariamente la
maternidad: es el fruto de la dualidad, concedida por el Creador al ser humano
desde el principio» (Gratissimam sane, 7).
También por este motivo la relación entre el hombre
y la mujer constituye el fulcro de los vínculos sociales: además de ser fuente
de nuevos seres humanos, une íntimamente entre sí a los esposos, que se
convierten en una sola carne, y por medio de ellos a las familias respectivas.
5. Amadísimos hermanos y hermanas, a la vez que os
agradezco el empeño con que trabajáis en defensa de la familia y de sus
derechos, os aseguro mi constante recuerdo en la oración. Que Dios haga
fecundos los esfuerzos de cuantos, en todo el mundo, se dedican a esta causa.
Que él haga que la familia, baluarte para defensa de la misma humanidad, pueda
resistir a todo ataque.
Con estos sentimientos, me complace, en esta ocasión,
renovar una cordial invitación a las familias para que participen en el III
Encuentro mundial con las familias, que se celebrará en Roma, en el marco del
gran jubileo del año 2000. Esta invitación la dirijo, asimismo, a las
asociaciones y a los movimientos, especialmente a los pro-vida y pro-familia.
A la luz del misterio de Nazaret profundizaremos juntos la paternidad y la
maternidad desde la perspectiva del tema que he escogido para esa ocasión:
«Los hijos, primavera de la familia y de la sociedad». Es grande y noble la
misión de los padres y de las madres, llamados, mediante un acto de amor, a
colaborar con el Padre celestial en el •nacimiento de nuevos seres humanos,
hijos de Dios.
La Virgen, Madre de la vida y Reina de la familia,
haga que todo hogar, a imagen de la Familia de Nazaret, sea un lugar de paz y
amor.
Os conforte también mi bendición, que de buen grado
os imparto a vosotros, aquí presentes, y a cuantos en el mundo entero se
interesan por el destino de la familia.
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