ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN
EL SANTUARIO MARIANO DE CZESTOCHOWA
17
de junio de 1999
1. «María, desde siempre eres la reina de Polonia.
María, intercede en nuestro favor».
En el itinerario de mi peregrinación a la patria no
podía faltar el santuario de Jasna Góra, un lugar tan querido para mi corazón
y para cada uno de vosotros, amados hermanos y hermanas. Nos
hemos acostumbrado a venir aquí, trayendo a la Madre del Hijo de Dios y Madre
nuestra los problemas personales y familiares, y las grandes cuestiones
nacionales, como han hecho durante siglos enteros nuestros antepasados.
Nos hemos acostumbrado a decir todo esto a María, que
está particularmente presente en el misterio de Cristo y de la Iglesia, al
igual que en el misterio de cada hombre. Ella, como Madre del Salvador, es
también Madre de todo el pueblo de Dios y lo acompaña en el camino de la fe y
de la vida diaria
Me alegra poder encontrarme hoy una vez más en este
santo lugar, en este lugar particular de oración y mirar de cerca el rostro de
nuestra Madre. Mediante «su fe, su caridad y su perfecta unión con Cristo»
(cf. Lumen gentium, 63), se convirtió para nosotros en modelo vivo de
santidad y amor a la Iglesia.
2.Saludo cordialmente a los Monjes de san Pablo primer
eremita, que custodian este santuario, y en particular al superior general y al
padre prior. Saludo al arzobispo Stanislaw Nowak, pastor de la diócesis de
Czêstochowa, al obispo auxiliar Antoni Józef Dlugosz, a los sacerdotes
diocesanos y religiosos, a las religiosas y a todas las personas consagradas.
Saludo de todo corazón a los habitantes de esta ciudad y a los peregrinos que
han llegado de varias partes de Polonia
3. He venido a Jasna Góra como
peregrino, para rendir homenaje a María, Madre de Cristo, para orar a ella y
para orar con ella.
Quiero darle las gracias por su
protección durante estos días de mi servicio pastoral a la Iglesia en mi
patria. A lo largo de todo el recorrido de esta peregrinación María ha
estado presente entre nosotros, obteniéndonos de su Hijo dones espirituales,
para que «hagamos todo lo que él nos diga» (cf. Jn 2, 5).
Le doy gracias por todos los bienes
espirituales y materiales que se realizan en Polonia.
Me encomiendo personalmente a la
maternal protección de Nuestra Señora de Jasna Góra, y le encomiendo a la
Iglesia, a todos mis compatriotas, sin excluir a nadie. A ella le encomiendo a
cada polaco, cada casa y cada familia. Todos somos hijos suyos. Que María sea
ejemplo y guía en nuestro trabajo diario y monótono. Que a todos ayude a
crecer en el amor a Dios y a los hombres, a construir el bien
común de la patria, a introducir y consolidar la paz en nuestro corazón y en
nuestros ambientes.
Te pido, Madre de Jasna Góra, Reina
de Polonia, que abraces con tu corazón de Madre a toda mi nación. Aumenta su
valentía y su fuerza de espíritu, para que pueda afrontar la gran
responsabilidad que le corresponde. Que cruce con fe, esperanza y caridad el
umbral del tercer milenio y se adhiera aún más firmemente a tu Hijo
Jesucristo y a su Iglesia, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles.
Madre nuestra de Jasna Góra, ruega
por nosotros y guíanos, para que podamos dar testimonio de Cristo, Redentor
de todo hombre
«María, cuida de toda la
nación, que vive para tu gloria, a fin de que se desarrolle
espléndidamente».
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