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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL POLACA

Varsovia, 11 de junio 1999

Venerados hermanos en el episcopado:

1. Con espíritu de gratitud por el don de una nueva peregrinación a la patria, os saludo cordialmente a vosotros, pastores de la Iglesia que está en Polonia. Me dirijo a todo el Episcopado: al señor cardenal primado, como presidente de la Conferencia, y a los cardenales, arzobispos y obispos. Quiero expresaros unas palabras de amor fraterno, solidaridad y vínculo permanente con la Iglesia en Polonia.

Esta peregrinación, la más larga de todas las que he realizado hasta ahora, tiene lugar en el año dedicado al Padre, en vísperas del gran jubileo del año 2000. La gracia de la fe y la luz del Espíritu Santo, que vive en la Iglesia, nos permiten captar la plena dimensión salvífica de los acontecimientos y de los grandes aniversarios, a los que está vinculada esta peregrinación. Como a hijos del mismo «Padre celestial» (Mt 5, 45), se nos concede una vez más la gracia de experimentar su amor en la celebración común. Este amor revelado en Cristo constituye el contenido más profundo de la vida cristiana: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3).

Entre los acontecimientos de la historia y los aniversarios, vistos desde la perspectiva del plan salvífico de Dios, que abarca también nuestros tiempos, celebramos juntos el milenario de la canonización de san Adalberto, el milenario de la institución de las circunscripciones eclesiásticas en Polonia, con la primera sede metropolitana y la archidiócesis de Gniezno, junto con sus diócesis sufragáneas: Cracovia, Wroclaw y Kolobrzeg, y el bicentenario de la erección de la diócesis de Varsovia. También clausuraremos el segundo Sínodo plenario.

2. Doy gracias a Dios por los veinte años de mi servicio a la Iglesia en la sede de Pedro, entre otras razones porque en este tiempo he podido servir de modo especial a la Iglesia que está en mi patria. Este momento de cambio histórico invita también a mirar con esperanza cristiana hacia el futuro, hacia el ya cercano tercer milenio.

Mi actual visita constituye, en cierto sentido, la coronación de todas las anteriores peregrinaciones a Polonia. Lo pone de relieve también su lema: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). En efecto, el amor es «la ley en su plenitud» (Rm 13, 10). «La caridad, en su doble faceta de amor a Dios y a los hermanos, es la síntesis de la vida moral del creyente. Ella tiene en Dios su fuente y su meta» (Tertio millennio adveniente, 50).

3. El evangelio de las ocho bienaventuranzas, contenido en el sermón de la Montaña, acompaña de alguna manera esta peregrinación y dirige nuestro pensamiento hacia Cristo. Su vida es la realización de todas las bienaventuranzas y muestra una visión del cristianismo que vale para todos los tiempos. Los discípulos y confesores de Cristo, formados en este espíritu, serán para toda generación testigos vivos de su presencia salvífica y llevarán a otros hombres a Dios, que es amor.
La Iglesia, como «sacramento universal de salvación» (Lumen gentium, 48), debe convertirse, día a día, en signo más visible y transparente de Cristo vivo a lo largo de los siglos, que quiere «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4). Condición indispensable para la realización de la misión salvífica de la Iglesia es el amor. Sobre él se construye la Iglesia y sobre él crece y se desarrolla: «para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 23). La esencia del apostolado de todos los miembros de la Iglesia es la difusión de la verdad sobre el amor de Dios. Haced todo lo posible para que esta verdad sea anunciada, aceptada y realizada en la vida de los pastores y de todos los creyentes.

El sermón de la Montaña es el programa para toda la Iglesia. La comunidad de la nueva alianza se realiza cuando se basa en la ley del amor inscrita en todo corazón humano (cf. Jr 31, 31-33; Hb 10, 16-17). Las bienaventuranzas evangélicas, en cierto sentido, constituyen la concreción de esa ley y, al mismo tiempo, garantizan una felicidad verdadera y duradera, que brota de la pureza y de la paz del corazón, frutos de la reconciliación con Dios y con los hombres.

4. ¡Qué signo tan elocuente del cumplimiento de las promesas de las bienaventuranzas son los innumerables santos y beatos, y entre ellos también los que serán elevados a la gloria de los altares durante esta peregrinación: la beata Cunegunda, cuya canonización tendrá lugar en Stary Sacz, el beato Vicente Frelichowski, elevado al honor de los altares hace algunos días en Torun, y la sierva de Dios Regina Protmann, así como el siervo de Dios Edmundo Bojanowski y los ciento ocho mártires que en tiempos de la ocupación inhumana fueron testigos heroicos de la fe y que la Iglesia proclamará beatos dentro de pocos días aquí, en Varsovia. Para la Iglesia que está en Polonia, junto con otros muchos hijos e hijas de esta tierra, son un signo y una exhortación que recuerda que la gracia de la santidad puede florecer en toda condición y en toda circunstancia de vida, incluso entre las persecuciones, la opresión y las injusticias. Entre estos héroes de la fe hay obispos y presbíteros que, imitando a Cristo, buen Pastor, no dudaron en «dar la vida por sus ovejas» (cf. Jn 10, 11).

Queridos hermanos, contemplad los ejemplos luminosos de su vida, para que el amor a Dios y al hombre crezca en vuestro corazón y en el de todos los que servís en calidad de pastores. Una condición indispensable para una fecunda labor pastoral es la relación personal con Cristo, que se manifiesta ante todo en la oración y en el amor, lleno de espíritu de sacrificio, a la Iglesia, nuestra Madre. «Porque me devora el celo por tu casa, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí» (Sal 69, 10).

5. En la base de toda renovación está la palabra de Dios, «que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados» (Hch 20, 32). Sigue siendo siempre actual la exhortación del concilio ecuménico Vaticano II, según la cual «toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la sagrada Escritura. En los libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (Dei Verbum, 21).

A la luz y a la fuerza de la palabra de Dios deben abrirse ante todo los pastores, para que, como recomienda san Agustín, aquel a quien se ha encomendado el santo ministerio de la palabra no se convierta en vano predicador exterior de la palabra de Dios, si no la escucha interiormente (cf. Sermón 179, 1: PL 38, 966). «La palabra de Dios es viva y eficaz» (Hb 4, 12). Que esa palabra alimente vuestra espiritualidad y se transforme en fuente de un apostolado fecundo, de acuerdo con el principio de santo Tomás: «contemplata aliis tradere». La palabra de Dios es un medio insustituible de salvación para los hombres de todos los tiempos. «Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (Dei Verbum, 21).

6. El más importante deber pastoral de cada uno de vosotros es la preocupación por una transmisión inmutable del depósito de la fe. En nuestros días la Iglesia universal ha recibido un instrumento valioso para ese fin: el Catecismo de la Iglesia católica. Constituye un signo elocuente de la unidad de enseñanza en la Iglesia. En la constitución apostólica Fidei depositum escribí: «Este Catecismo no está destinado a sustituir los catecismos locales aprobados por las autoridades eclesiásticas, los obispos diocesanos o las Conferencias episcopales, sobre todo si han recibido la aprobación de la Sede apostólica. Está destinado a favorecer y ayudar la redacción de los nuevos catecismos de cada nación, teniendo en cuenta las diversas situaciones y culturas, pero conservando con esmero la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica» (n. 4). El cumplimiento de esta exigencia por parte de los pastores de la Iglesia en Polonia es una de las necesidades más urgentes del momento presente. Una catequesis sistemática y completa, que abarque también la catequesis de adultos, es indispensable para la profundización y el fortalecimiento de la fe en el corazón de los hombres, de una fe consciente, de una fe que influya en la vida y en las obras.

7. Un acontecimiento muy importante para la Iglesia en Polonia ha sido el segundo Sínodo plenario. Los documentos sinodales comprenden, en su ámbito, todos los sectores más importantes de la vida de la Iglesia: la llamada universal a la santidad, la obra de la nueva evangelización, la liturgia y el culto, el papel y la misión de los católicos en la vida social, económica y política, la presencia de la inspiración evangélica en la cultura, la renovación y la consolidación de la familia, la educación y la formación para el sacerdocio y para la vida consagrada.

La tarea más importante, y sin duda la más difícil, corresponde ahora a las Iglesias particulares, que gobernáis. Me refiero al cumplimiento y a la realización de todo lo que ha quedado escrito en el Sínodo como programa bajo forma de decretos, que han de ser aplicados. Formulo votos y pido a Dios que este Sínodo sea fuente de inspiración y renovación de la vida cristiana con el espíritu del Evangelio.

8. Ante la perspectiva de la entrada en la Unión europea, una cuestión muy importante es la aportación creativa de los creyentes a la cultura contemporánea. Repito una vez más las palabras que dirigí a un grupo de obispos polacos durante su última visita ad limina, al inicio de 1998: «Europa necesita una Polonia que tenga una fe profunda y que sea creativa culturalmente de modo cristiano, consciente del papel que le ha encomendado la Providencia. En principio, Polonia puede y debe prestar un servicio a Europa mediante una tarea como la reconstrucción de una comunión de espíritu basada en la fidelidad al Evangelio en la propia casa. Nuestra nación (...) tiene mucho que dar a Europa, ante todo su tradición cristiana y su rica experiencia religiosa actual» (Discurso al tercer grupo de obispos polacos en visita ad limina, 14 de febrero de 1998, n. 4: cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de marzo de 1998, p. 8).

En el umbral del tercer milenio la Iglesia en Polonia ha de afrontar nuevos desafíos históricos. Polonia entra en el siglo XXI como un país libre y soberano. Para no dilapidar esta libertad, es preciso que todos sean conscientes de sus derechos, pero también de sus deberes; que sean generosos, animados por el amor a la patria y por espíritu de servicio; y que quieran construir sólidamente el bien común y organizar todos los espacios de libertad en las dimensiones personal, familiar y social. Como he dicho en varias ocasiones, la libertad exige también una referencia constante a la verdad del Evangelio y a las normas morales estables y experimentadas que permiten distinguir el bien del mal. Esto es particularmente importante precisamente hoy, en el actual tiempo de reformas que vive Polonia.

Me complace que los laicos se comprometan cada vez más plenamente en la vida de la Iglesia y de la sociedad, como lo ponen de manifiesto las numerosas asociaciones y organizaciones católicas, de manera especial la Acción católica, y la participación de los creyentes en la vida pública, económica y política. Espero que los pastores ayuden a los fieles laicos «para que, con espíritu de unidad y mediante un servicio honrado y desinteresado, en colaboración con todos, sepan conservar y desarrollar en el ámbito sociopolítico la tradición y la cultura cristianas» (Discurso al primer grupo de obispos polacos en visita «ad limina», 16 de enero de 1998, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de febrero de 1998, p. 9).

En este campo, os puede ser muy útil la doctrina social de la Iglesia, que es preciso difundir para que «los valores y los contenidos del Evangelio impregnen las categorías del pensamiento, los criterios de valoración y las normas de acción del hombre» (Discurso al tercer grupo de obispos polacos en visita ad limina, 14 de febrero de 1998, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de marzo de 1998, p. 7).

9. En el espíritu de la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, prestad una solicitud especial a vuestros hermanos sacerdotes, así como a los seminaristas, para que, animados por un gran celo y por la caridad, lleguen a ser sacerdotes según el Corazón de Dios. Cristo, sumo sacerdote, quiere estar presente, a través de las personas, en medio de su pueblo «como quien sirve» (cf. Lc 22, 27) y «da la vida por sus ovejas» (cf. Jn 10, 15). Esto pide san Adalberto, obispo y mártir, en el milenario de su canonización. Mediante su ministerio pastoral y su sangre de mártir, hace casi mil años creció en Polonia su Iglesia, con la primera sede metropolitana en la Gniezno de los Piast.

Aprovecho la ocasión para atraer vuestra atención hacia la gran cuestión de la solicitud por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Es preciso desarrollar la pastoral vocacional, y ante todo orar mucho y exhortar a la oración, para que no falten personas dispuestas a seguir la voz de Cristo.

Con esa misma fuerza piden santos pastores los testigos de la fe que, como Antonio Julián Nowowiejski, el arzobispo León Wetmalski o el obispo Vladimiro Goral, junto con el beato Vicente Frelichowski y numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, serán beatificados en Varsovia. El testimonio de su heroica fidelidad es un gran don moral y un gran compromiso para los que, después de ellos, han asumido la responsabilidad del servicio pastoral.

El gran jubileo del año 2000 orienta de modo especial nuestro pensamiento y nuestro corazón hacia la juventud, que en el nuevo milenio formará el rostro de la Iglesia y de la patria. La confianza puesta en los jóvenes no queda defraudada, porque están especialmente abiertos a la autenticidad del Evangelio. Lo he experimentado en numerosas ocasiones durante mis viajes apostólicos. Doy gracias de corazón a todos los que dedican su tiempo y sus talentos a transmitir a los jóvenes el gran patrimonio de la cultura, la tradición y la religiosidad polacas, y se esfuerzan por prepararlos para el amor verdadero, para el matrimonio y la paternidad y maternidad responsables.

Para que los jóvenes puedan responder a las esperanzas puestas en ellos, es preciso enseñarles a encontrar fuerzas en el contacto directo con Dios, en la liturgia y en los santos sacramentos, en la sagrada Escritura, en la vida y en el apostolado de la Iglesia. También los jóvenes, especialmente hoy, tienen necesidad de esperanza. Es preciso aprovechar todas las ocasiones para una armoniosa cooperación de la familia, la Iglesia, la escuela, las autoridades locales y el Estado, a fin de alejar a los jóvenes de los peligros que entraña la actual civilización consumista.

Asimismo, encomiendo a vuestra particular solicitud la familia, la más pequeña, pero al mismo tiempo la más importante, «comunidad de vida y amor» (Gaudium et spes, 48). Sin familias sanas y fuertes la sociedad y la nación se diluyen. Hoy la estabilidad y la unidad de la familia están seriamente amenazadas. Es preciso oponerse a ese peligro, formando, en colaboración con todos los hombres de buena voluntad, un clima favorable a la consolidación de la familia. Me complace que también en Polonia surjan movimientos para ayuda de la familia, que difunden un nuevo estilo de comportamiento cristiano, demostrando que, donde hay verdadero amor y un clima de fe, puede surgir también una vida nueva.

Conocéis bien mi solicitud y mis esfuerzos en defensa de la vida y de la familia. Por doquier no dejo de proclamar, en el nombre de Cristo, el derecho a la vida, que es el derecho fundamental de todo hombre. Seguid haciendo todo lo posible para salvar la dignidad y la salud moral de la familia, a fin de que sea fuerte en Dios. Que la familia sienta la cercanía y el respeto de la Iglesia, y su apoyo a los esfuerzos por conservar su identidad, su estabilidad y su carácter sagrado. Esto os lo pido de manera especial como pastores.

10. Queridos hermanos, todo lo que acabo de deciros exige una gran movilización y la disponibilidad espiritual de toda la comunidad de la Iglesia, y especialmente de sus pastores. Os dirijo, una vez más, un ardiente llamamiento: a ejemplo de Cristo, sed «servidores», sed «buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes ellas también conocen; verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y de solicitud para con todos» (Christus Dominus, 16). Ojalá que, gracias a vuestro servicio generoso y lleno de espíritu de abnegación, la Iglesia en Polonia muestre gran solicitud por «los hermanos más pequeños» (cf. Mt 10, 42), por los pobres, por los enfermos, por los que han sido víctimas de alguna injusticia, por los que sufren, por los que no tienen esperanza. Ojalá que sirva a todos con la inmensidad de los dones salvíficos, recibidos de Cristo para el bien de cada hombre. El obispo, como reza el tema de la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos, debe servir al Evangelio de Cristo, para llevar la esperanza al mundo.

Jesucristo os ha llamado a ser pastores del pueblo de Dios en este histórico período, al final de un milenio y al principio de otro. Vuestra actividad apostólica sólo producirá frutos para el bien de las almas gracias a su ayuda y a su luz. «Sin Cristo no podemos hacer nada» (cf. Jn 15, 5), sin él no sirven de nada los esfuerzos humanos. Pido al Señor que os conceda abundantes dones a vosotros y a toda la Iglesia en Polonia. Para la labor común de evangelización os encomiendo a la santísima Virgen María, Madre del Verbo encarnado, único Salvador del mundo, y de corazón os bendigo.

«Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén» (Ap 7, 12).

 

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