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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ORDEN MILITAR DE MALTA


Jueves 24 de junio de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con ocasión de la solemnidad de san Juan Bautista, vuestro santo patrono, habéis querido reuniros para una solemne celebración en la basílica de San Pedro. Os doy mi bienvenida a cada uno de vosotros y saludo a toda la orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, denominada Soberana Orden Militar de Malta, que durante estos días ha celebrado su capítulo general.

Saludo en particular al príncipe y gran maestre Andrew Bertie, al cardenal patrono Pio Laghi, al prelado monseñor Donato de Bonis, al gran canciller y a los dignatarios del Consejo soberano recién renovado. Os deseo a todos un buen trabajo al servicio de Dios, de la Iglesia y de la orden.

Desde hace más de novecientos años, vuestra benemérita orden da al mundo un testimonio fiel de su lema: «Tuitio fidei, obsequium pauperum», que corresponde al mandamiento evangélico de «amar a Dios y amar al prójimo».

2. Estáis plenamente convencidos de que la defensa y el testimonio de la fe constituyen la base de la evangelización, y queréis dar vuestra contribución para que el mensaje evangélico siga iluminando también el tercer milenio de la era cristiana, ya inminente. Con este fin, os sentís comprometidos a traducir en obras vuestra fidelidad a Cristo mediante el testimonio del amor, que se hace servicio a los hermanos, especialmente a los pobres: lo que llamáis con razón el «obsequium pauperum».

Vuestra presencia junto a los enfermos, a los que sufren, a los damnificados y a los prófugos testimonia eficazmente vuestro amor a los últimos. De esta forma vuestra orden religiosa y soberana constituye un organismo eficiente, que alivia el peso del sufrimiento del hombre.

Permaneced firmes en vuestra fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a los pobres. Tened siempre presentes las palabras de Jesús: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12), y también: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Deseando que intensifiquéis vuestra benemérita acción, imploro sobre cada uno la protección materna de vuestra patrona celestial, la bienaventurada Virgen María del Monte Filermo, que siempre os ha acompañado en la patria y en el exilio. Os sostenga también el santo protector de la orden, san Juan Bautista, heraldo de la presencia de Cristo en la historia del mundo.

Con estos sentimientos, imparto de buen grado la bendición apostólica al gran maestre, a vosotros y a toda la Soberana Orden Militar de Malta, particularmente a los enfermos y a los que sufren, a los que asistís en todo el mundo.

 

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