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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA
DELEGACIÓN DEL PATRIARCADO ECUMÉNICO DE CONSTANTINOPLA
Jueves
28 de junio de 1999
Queridos hermanos en Cristo:
1. «El poder divino nos ha concedido cuanto se
refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento perfecto del que nos
ha llamado por su propia gloria y virtud» (2 P 1, 3).
Esta profesión de fe de la segunda carta de san Pedro
inspira hoy nuestro encuentro, queridos hermanos, que habéis sido enviados por
el patriarca ecuménico, Su Santidad Bartolomé I, con ocasión de la fiesta de
san Pedro y san Pablo. Vuestra presencia es para mí y para la Iglesia de Roma
motivo de alegría, de la alegría profunda que brota de la comunión fraterna.
Sé que este mismo sentimiento anima a Su Santidad el patriarca ecuménico, al
acoger todos los años en el Fanar a la delegación de la Iglesia de Roma con
ocasión de la fiesta de san Andrés, el primer Apóstol que escuchó la llamada
del Señor y hermano de san Pedro. Estas dos felices circunstancias anuales nos
unen y nos permiten formar una asamblea más amplia de oración, que pide al
Señor y a su Espíritu el don de la unidad.
2. Dios nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y
a la piedad. Hemos recibido los dones divinos por medio de los Apóstoles, y
estamos invitados a transmitirlos a los hombres, de generación en generación.
Juntos queremos dar gloria a Dios y juntos queremos anunciar su palabra y su
fuerza que actúa en nosotros, con vistas a renovar el mundo, vivificarlo y
alimentarlo. Juntos queremos dar a conocer a los hombres a Aquel que nos ha
llamado, para que reciban cuanto se refiere a la vida y a la piedad.
En el camino hacia la comunión plena estaba prevista
para esta primavera una sesión plenaria de la Comisión mixta internacional
para el diálogo teológico. La triste situación de los Balcanes, que nos ha
causado tanta aflicción, nos ha obligado a aplazar dicho encuentro, de común
acuerdo, hasta junio del próximo año. Sin embargo, esto no debería frenar el
trabajo de investigación, ni debilitar nuestro compromiso, ni impedir que las
relaciones fraternas continúen y se profundicen. La pesada herencia del pasado
y las tensiones que surgen de vez en cuando entre los pueblos obstaculizan a
veces la acción de las Iglesias, que han de tener en cuenta los ambientes
históricos y culturales en los que viven. Sin embargo, es Dios mismo quien nos
convoca a la unidad. Cristo pidió al Padre que la unidad de los suyos sea un
signo que invite al mundo a la fe, así como primicia de una verdadera
renovación y prenda de paz.
La oración de todos debe apoyar la búsqueda de la
unidad y de la comunión plena. Que el Señor ilumine a los pastores y a los
teólogos, para que encuentren juntos los caminos de la santificación y de la
unidad, y sepan proponerlos a todos con la fuerza y la convicción que provienen
de la certeza de que «creer en Cristo significa querer la unidad; querer la
unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la
comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la
eternidad» (Ut unum sint, 9).
3. El tercer milenio se acerca. Dios nos ha concedido
cuanto se refiere a la vida y a la piedad, y el jubileo nos brinda la ocasión
de elevar al Señor una doxología común y universal, así como de implorar
juntos su apoyo, para ser capaces de anunciar todos unidos su gloria y su
fuerza, que actúa. Éste es el deseo ardiente de la Iglesia católica y del
Obispo de Roma, para que se eleve de forma unánime una gran oración de acción
de gracias, con el firme propósito de hacer todos juntos la voluntad de Dios.
Aceptando la propuesta de Su Santidad Bartolomé I, he pedido que en el
calendario de las celebraciones romanas del año 2000 se incluya un día jubilar
de oración y ayuno en la víspera de la fiesta de la Transfiguración de
nuestro Señor Jesucristo. Así, no sólo he querido mostrar nuestra voluntad de
compartir las iniciativas de nuestros hermanos en la fe, sino también nuestro
deseo de verlos compartir las nuestras. Por tanto, juntos debemos dar gracias al
Señor, con sentimientos de fraternidad y compromiso ecuménico.
4. Al término de nuestro encuentro, amadísimos
hermanos, os ruego que aseguréis mi afecto en el Señor a Su Santidad
Bartolomé I, así como a los miembros de su santo Sínodo, expresándole mi
sincera gratitud por haber enviado una delegación encabezada por el muy
estimado metropolita de Éfeso. Que el Señor bendiga siempre nuestros pasos por
el camino de la unidad.
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