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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA
ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES
Jueves
4 de marzo de 1999
Eminencias; excelencias; queridos hermanos y
hermanas en Cristo:
Me alegra acogeros a vosotros, miembros, consultores,
expertos y personal del Consejo pontificio para las comunicaciones sociales con
ocasión de vuestra asamblea plenaria.
Saludo en particular al cardenal Andrzej María
Deskur, presidente emérito del Consejo, y al arzobispo John Foley, su sucesor
como presidente. Doy las gracias por su presencia también al cardenal Eugênio
de Araújo Sales y al cardenal Hyacinthe Thiandoum, que han contribuido tanto a
la labor del Consejo desde sus inicios.
Este año se celebra el XXXV aniversario del documento
In fructibus multis, que respondía a la petición de los padres del
concilio Vaticano II de que la Santa Sede creara una comisión especial para las
comunicaciones sociales. Se trata, por tanto, de un documento fundamental para
vuestro Consejo pontificio. Los padres comprendieron claramente que para
entablar un auténtico diálogo de salvación, colloquium salutis, entre
la Iglesia y el mundo, era preciso dar prioridad al uso de los medios de
comunicación social, que en tiempos del Concilio estaban progresando cada vez
más, y que hoy resultan aún más influyentes.
Este año se celebra también el XXV aniversario de
una de las iniciativas más conocidas de vuestro Consejo, la transmisión
televisiva de la misa de Navidad desde la basílica de San Pedro, uno de los
programas religiosos más vistos en el mundo entero. Doy las gracias
sinceramente a todos los que contribuyen a este y a otros programas, que son un
servicio admirable al anuncio de la palabra de Dios y una ayuda especial para el
Sucesor de Pedro en su ministerio universal de verdad y unidad.
Estos aniversarios ponen de relieve el valor de la
cooperación íntima y positiva entre la Iglesia y los medios de comunicación
social (cf. Mensaje con ocasión de la XXXIII Jornada mundial de las
comunicaciones sociales, 3). Esta colaboración sin duda dará un paso
significativo en el año 2000, cuando la gracia del gran jubileo se difunda en
todo el mundo. El bimilenario del nacimiento de nuestro Señor se celebrará de
manera particular en Roma y Tierra Santa, pero su significado espiritual se
extiende a todos los pueblos y lugares (cf. Incarnationis mysterium, 2).
Aprecio mucho todo lo que el Consejo pontificio está haciendo para que los
medios de comunicación social sean cada vez más conscientes de la auténtica
índole del jubileo como «año de gracia del Señor» y para garantizar que las
celebraciones vinculadas a él se transmitan lo más amplia y eficazmente
posible, a fin de comunicar el mensaje jubilar de conversión, esperanza y
alegría.
Un aspecto vital de la cooperación entre la Iglesia y
los medios de comunicación social es la reflexión ética que la Iglesia
propone, sin la cual el mundo de las comunicaciones sociales, potencialmente tan
creativo, puede acabar por acoger y difundir antivalores destructores. Es
alentador saber que, desde la publicación del documento Ética en la
publicidad, personas que trabajan en el sector de los medios de
comunicación social han sugerido la redacción de un documento similar que
brinde directrices éticas para otras áreas de las comunicaciones. En un sector
donde las presiones culturales y económicas pueden ofuscar a veces la visión
moral que debería orientar todas las realidades y relaciones humanas, esta
tarea representa un desafío para el Consejo pontificio, pero está en sintonía
profunda con la misión esencial de la Iglesia de difundir la buena nueva del
reino de Dios.
La doctrina moral de la Iglesia es fruto de una larga
tradición de sabiduría ética, que se remonta hasta el Señor Jesús y, a
través de él, hasta el monte Sinaí y el misterio de la autorrevelación de
Dios en la historia humana. Sin esta visión y esta obediencia a sus mandatos no
existirán ni la comprensión ni la alegría que representan la plenitud de las
bendiciones de Dios a sus criaturas. Por eso, os aliento a seguir estudiando la
dimensión ética de la cultura de los medios de comunicación social y su
influjo sobre la vida de las personas y sobre la sociedad en general. Os insto a
seguir promoviendo una formación eficaz de los católicos implicados en el
sector de los medios de comunicación social en todos los continentes, de forma
que su labor no sólo sea profesionalmente válida, sino también un compromiso
apostólico. Vuestra constante cooperación con las diversas organizaciones
católicas internacionales del área de los medios de comunicación social tiene
un significado particular en el vasto campo de la misión evangelizadora de la
Iglesia.
Espero que la esmerada labor de vuestro Consejo
pontificio siga alentando y guiando a los católicos comprometidos en el sector
de las comunicaciones sociales, y, sobre todo en relación con la celebración
del gran jubileo, haga llegar este importante evento eclesial al mayor número
de personas posible. Os encomiendo a la intercesión amorosa de María, Sede de
la Sabiduría y Madre de todas nuestras alegrías. Ella, que dio el Verbo al
mundo, nos enseñe a servir con humildad y a proclamar con confianza el mensaje
salvífico de su Hijo. Como prenda de fortaleza y paz en Jesucristo, el Verbo
encarnado para que tengamos vida, os imparto de corazón mi bendición
apostólica.
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