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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA ACADEMIA PONTIFICIA
DE CIENCIAS SOCIALES


Sábado 6 de marzo de 1999

 

Señor presidente;
señoras y señores académicos;
señoras y señores:

1. Me alegra acogeros con ocasión de la quinta asamblea general de la Academia pontificia de ciencias sociales. Agradezco profundamente al señor Edmond Malinvaud, vuestro presidente, el saludo que acaba de dirigirme en nombre de todos vosotros. Mi gratitud va también a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo y a todas las personas que, a lo largo del año, se dedican a coordinar vuestros trabajos.

Por tercer año consecutivo, proseguís vuestras reflexiones sobre el tema del trabajo, mostrando así la importancia que conviene atribuir a esta cuestión, no sólo en el plano económico, sino también en el campo social y para el desarrollo y el crecimiento de las personas y los pueblos. El hombre debe estar en el centro de la cuestión del trabajo.

2. La sociedad está sometida a múltiples transformaciones, en función de los avances científicos y tecnológicos, así como de la globalización de los mercados; se trata de elementos que pueden ser positivos para los trabajadores, ya que son fuente de desarrollo y progreso; pero también pueden implicar numerosos riesgos a las personas, poniéndolas al servicio de los engranajes de la economía y de la búsqueda desenfrenada de productividad.

El desempleo es una fuente de angustia y «puede convertirse en una verdadera calamidad social» (Laborem exercens, 18); debilita a los hombres y a familias enteras, dándoles la impresión de ser marginados, puesto que tienen dificultad para proveer a sus necesidades esenciales y no se sienten reconocidos ni útiles para la sociedad; de aquí nace la espiral del endeudamiento, de la que es difícil salir, y que presupone, sin embargo, comprensión por parte de las instituciones públicas y sociales, y apoyo y solidaridad por parte de la comunidad nacional. Os doy las gracias por buscar nuevos caminos para la reducción del desempleo; las soluciones concretas son ciertamente difíciles, dado que los resortes de la economía son muy complejos y, además, muy a menudo son de orden político y financiero. Muchas cosas dependen también de normas en vigor en el campo fiscal y sindical.

 3. El empleo es, sin duda alguna, un desafío muy importante para la vida internacional. Supone una sana repartición del trabajo y la solidaridad entre todas las personas en edad de trabajar e idóneas para hacerlo. Con este espíritu, no es normal que algunas categorías profesionales se preocupen ante todo por conservar los beneficios adquiridos, lo que no puede dejar de tener repercusiones nefastas para el empleo en el seno de una nación. Además, la organización paralela del trabajo «negro» perjudica gravemente la economía de un país, ya que constituye un rechazo a participar en la vida nacional mediante las contribuciones sociales y los impuestos; del mismo modo, pone a los trabajadores, en particular a las mujeres y a los niños, en una situación incontrolable e inaceptable de sumisión y servilismo, no sólo en los países pobres, sino también en los industrializados. Es deber de las autoridades hacer que, respecto al empleo y al código del trabajo, todos tengan las mismas posibilidades.

4. Para toda persona, el trabajo es un elemento esencial. Contribuye a la formación de su ser, puesto que es parte integral de su vida diaria. La ociosidad no infunde energía interior y no permite afrontar el futuro; no sólo ocasiona «bajeza y extrema penuria» (Tb 4, 13), sino que también es enemiga de la recta vida moral (cf. Si 33, 29). Asimismo, el trabajo brinda a toda persona un lugar en la sociedad, mediante el justo sentimiento de sentirse útil a la comunidad humana y mediante el desarrollo de relaciones fraternas; le permite incluso participar de manera responsable en la vida de la nación y contribuir a la obra de la creación.

5. Entre las personas dolorosamente afectadas por el desempleo, se encuentra un número importante de jóvenes. En el momento en que se presentan al mercado del trabajo, suelen tener la impresión de que les será difícil encontrar un lugar en la sociedad y que les reconozcan su justo valor. En este campo, todos los protagonistas de la vida política, económica y social están llamados a redoblar sus esfuerzos en favor de la juventud, que debe considerarse como uno de los bienes más valiosos de una nación, y a ponerse de acuerdo para ofrecer formación profesional cada vez más adecuada a la situación económica actual y una política orientada con mayor vigor al empleo para todos. De este modo, se dará una confianza y una esperanza renovadas a los jóvenes, que a veces pueden tener la impresión de que la sociedad no los necesita verdaderamente; esto reducirá notablemente la disparidad entre las clases sociales, así como los fenómenos de violencia, prostitución, droga y delincuencia, que siguen multiplicándose en la actualidad. Aliento a todos los que tienen un papel en la formación intelectual y profesional de los jóvenes a acompañarlos, sostenerlos y animarlos, para que puedan insertarse en el mundo del trabajo. Un empleo será para ellos el reconocimiento de sus capacidades y esfuerzos, y les abrirá un futuro personal, familiar y social. De igual manera, con una educación apropiada y las subvenciones sociales necesarias, es conveniente ayudar a las familias que tienen dificultades por razones profesionales, y enseñar a las personas y a las familias con bajos ingresos a saber administrar su presupuesto y no dejarse atraer por los bienes ilusorios que propone la sociedad de consumo. El endeudamiento excesivo es una situación de la que frecuentemente es difícil salir.

6. Al no poder aumentar el empleo indefinidamente, es importante afrontar, en virtud de la solidaridad humana, una reorganización y una mejor repartición del trabajo, sin olvidar la distribución necesaria de los recursos entre quienes no tienen empleo. La solidaridad efectiva entre todos es más necesaria que nunca, en particular para los que están desempleados desde hace mucho tiempo y para sus familias, que no pueden seguir viviendo en la pobreza y la indigencia sin que la comunidad nacional se movilice activamente; nadie debe resignarse a que algunos no tengan trabajo.

7. En el seno de una empresa, la riqueza no está constituida únicamente por los medios de producción, el capital y los beneficios; proviene, ante todo, de los hombres que, con su trabajo, producen lo que se convierte después en bienes de consumo o de servicio. Por eso, todos los asalariados, cada uno según su escalafón, deben asumir su parte de responsabilidad, concurriendo al bien común de la empresa y, en definitiva, de toda la sociedad (cf. Sollicitudo rei socialis, 38). Es esencial confiar en las personas, desarrollar un sistema que privilegie el sentido de innovación por parte de los individuos y los grupos, la participación y la solidaridad (cf. ib., 45), y que favorezca de manera fundamental el empleo y el crecimiento. La valorización de las competencias de las personas es un elemento motor de la economía. Concebir una empresa únicamente en términos económicos o competitivos comporta riesgos; esto pone en peligro el equilibrio humano.

8. Los jefes de empresa y los responsables deben tener conciencia de que es esencial fundar su actividad en el capital humano y en los valores morales (cf. Veritatis splendor, 99-101), en particular, en el respeto a las personas y en su necesidad inalienable de tener un trabajo y vivir del fruto de su actividad profesional. No hay que olvidar tampoco la calidad de la organización de las empresas y la participación de todos en su buena gestión, así como una atención renovada a las relaciones serenas entre todos los trabajadores. Exhorto a una movilización cada vez más intensa de los diferentes protagonistas de la vida social y de todos los interlocutores sociales, para que se comprometan, en el ámbito que les corresponde, a ser servidores del hombre y de la humanidad, con decisiones en las que la persona humana, en particular la más débil y necesitada, ocupe el lugar central y se le reconozca verdaderamente su responsabilidad específica. La globalización de la economía y del trabajo exige de la misma manera una globalización de las responsabilidades.

9. Los desequilibrios entre los países pobres y los ricos no dejan de aumentar. Los países industrializados tienen un deber de justicia y una grave responsabilidad con los países en vías de desarrollo. Las disparidades son cada vez más evidentes. Paradójicamente, algunos países que tienen riquezas naturales en su suelo o subsuelo, son objeto de una explotación inaceptable por parte de otros países. Por este motivo, poblaciones enteras no pueden beneficiarse de las riquezas de la tierra que les pertenece, ni de su trabajo. Es conveniente ofrecer a estas naciones la posibilidad de desarrollarse con sus propios recursos naturales, asociándolas más estrechamente a los movimientos de la economía mundial.

10. En el punto de partida de una renovación del empleo hay un deber ético y la necesidad de cambios fundamentales de las conciencias. Todo desarrollo económico que no tenga en cuenta el aspecto humano y moral, tenderá a aplastar al hombre. La economía, el trabajo y la empresa están, ante todo, al servicio de las personas. Las opciones estratégicas no pueden hacerse en detrimento de los que trabajan en el seno de las empresas. Es importante ofrecer a todos nuestros contemporáneos un empleo, gracias a una repartición justa y responsable del trabajo. No cabe duda de que también se puede examinar de nuevo el vínculo entre salario y trabajo, para revalorizar los empleos manuales que a menudo son pesados y considerados como subalternos. En efecto, la política salarial supone tener en cuenta no sólo el rendimiento de la empresa, sino también a las personas. Una diferencia demasiado importante entre los salarios es injusta, dado que desprecia algunos empleos indispensables y ahonda las desigualdades sociales perjudiciales para todos.

11. Para asumir los desafíos que la sociedad debe afrontar en el umbral del tercer milenio, exhorto a la comunidad cristiana a comprometerse cada vez más al lado de las personas que luchan en favor del empleo y a avanzar con los hombres por el camino de una economía cada vez más humana (cf. Centesimus annus, 62).

Con este espíritu, os agradezco el apreciable servicio que prestáis a la Iglesia, al estar particularmente atentos a los fenómenos de la sociedad, que son importantes para el hombre y para el conjunto de la humanidad. Encomendándoos a la intercesión de san José, patrono de los trabajadores, y de la Virgen María, os imparto de buen grado la bendición apostólica a vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos.

 

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