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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA
CONFERENCIA EPISCOPAL DE CROACIA EN «VISITA AD LIMINA»
Sábado
13 de marzo de 1999
Venerados hermanos en el episcopado:
1. «A aquel que tiene poder para realizar todas las
cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al
poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús
por todas las generaciones y todos los tiempos» (Ef 3, 20-21).
Queridos pastores de la Iglesia que está en Croacia,
me alegra saludaros y daros mi fraternal bienvenida con las palabras del
Apóstol de los gentiles. Habéis venido en visita ad limina para reafirmar
vuestra comunión con el Sucesor de Pedro, «principio y fundamento perpetuo y
visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles» (Lumen
gentium, 23).
Al reunirme con vosotros durante estos días en Roma,
me viene a la memoria el inolvidable recuerdo de las dos visitas pastorales que
Dios me permitió realizar a vuestra amada patria, en septiembre de 1994 y en
octubre del año pasado. Fueron ocasiones providenciales, durante las cuales
tuve la alegría de constatar la fe del pueblo croata. Siguiendo el mandato que
me ha confiado el Señor, confirmé a mis hermanos y hermanas en la fe, y los
animé en la esperanza, para que su caridad fuera más intensa y viva. En cierto
sentido, es como si el encuentro de hoy completara esos viajes apostólicos que
realicé como «peregrino del Evangelio».
Agradezco a monseñor Josip Bozaniæ, arzobispo
metropolitano de Zagreb, las cordiales palabras que, en calidad de presidente de
vuestra Conferencia episcopal, ha querido dirigirme en nombre de todos,
haciéndose intérprete de las expectativas y esperanzas que animan las Iglesias
particulares de las que habéis sido constituidos verdaderos y auténticos
maestros y pontífices (cf. Lumen gentium, 20; Christus Dominus,
2) y dispensadores de la gracia (cf. Lumen gentium, 26).
Asimismo, me alegra particularmente, poder saludar a
los pastores de Požega y Varaždin, las dos diócesis creadas recientemente,
así como al Ordinario militar, que vienen por primera vez en visita ad
limina. Éste es un signo elocuente del crecimiento de la Iglesia en Croacia
y de su vitalidad apostólica y misionera.
En este momento mi recuerdo va también al venerado
cardenal Franjo Kuhariæ, arzobispo emérito de Zagreb, a quien agradezco todo
lo que ha hecho por la Iglesia en Croacia y todo lo que sigue haciendo para dar
a conocer a las nuevas generaciones la gran figura de su predecesor el beato
Alojzije Stepinac.
2. En los encuentros que he tenido con cada uno de
vosotros durante estos días, he podido darme cuenta de los programas y las
expectativas, las dificultades y las potencialidades, las alegrías y las
preocupaciones que caracterizan vuestro ministerio diario. Al mismo tiempo que
doy gracias al Señor por el bien que está realizando en vuestras diócesis,
quisiera aseguraros mi constante cercanía espiritual. Amadísimos y venerados
hermanos en el episcopado, proseguid por el camino emprendido para edificar el
reino de Dios en vuestra tierra que, después de períodos particularmente
difíciles, conoce ahora una nueva y prometedora primavera religiosa.
Cuando el año pasado visité vuestro país, en el
primer encuentro quise recordar que «es de suma importancia que el pueblo
croata permanezca fiel a sus raíces cristianas, manteniéndose, al mismo
tiempo, abierto a las instancias del momento actual que, aunque plantea arduos
problemas, deja vislumbrar también alentadores motivos de esperanza». En
particular, añadí: «deseo que los cristianos sepan dar un impulso decisivo a
la nueva evangelización, ofreciendo con generosidad testimonio de Cristo
Señor, Redentor del hombre» (Discurso de bienvenida en el aeropuerto
internacional de Zagreb, 2 de octubre de 1998, n. 3: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 9 de octubre de 1998, p. 6). Hoy os repito esta
apasionada exhortación: ¡considerad la evangelización como una urgente
prioridad pastoral! Aunque esté renovada en sus formas y adaptada a las nuevas
exigencias, debe seguir proponiendo sin ambigüedades el auténtico e inmutable
mensaje evangélico. Ningún ámbito de la vida de las personas, de las familias
y de la sociedad tiene que quedar excluido del anuncio del Evangelio, porque es
preciso que la «buena nueva» llegue e impregne la existencia de todas las
personas donde concretamente viven y trabajan, sufren y se alegran.
La evangelización es empeño de todos los miembros
del pueblo de Dios y por eso, como subrayé el año pasado en Split, «la
Iglesia que está en Croacia necesita consolidar la comunión entre las diversas
fuerzas que la componen, para alcanzar los objetivos que le corresponden en el
actual clima de libertad y democracia» (Mensaje a los miembros de la
Conferencia episcopal de Croacia, 4 de octubre de 1998, n. 2: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 23 de octubre de 1998, p. 9). Sólo
así podrá dar a todos un gran testimonio de la unidad en Cristo y estar a la
altura de los desafíos antiguos y nuevos, respondiendo a las expectativas de
cuantos, movidos por el Espíritu Santo, buscan la verdad y desean dar un
sentido pleno a su existencia.
Preocupaos principalmente, venerados hermanos, por
ayudar a todo fiel a responder a la llamada universal a la santidad. Por eso, no
os canséis de señalar a cuantos están encomendados a vuestro cuidado
apostólico las fuentes inagotables y puras de la gracia, es decir, los
sacramentos, y en particular la Eucaristía y la penitencia. Ojalá que toda
comunidad cristiana, fortalecida por los dones de la gracia y en comunión con
los propios pastores, muestren su rostro de alegre familia de Dios, en la que
los sacerdotes, los consagrados y los fieles laicos crecen juntos en la
fidelidad y en el amor a Cristo y a sus hermanos.
3. Hay otra razón que hace más urgente aún el
anuncio del Evangelio a nuestros contemporáneos: es la preparación del
inminente gran jubileo del año 2000. Desde esta perspectiva, es indispensable
descubrir nuevos caminos y buscar nuevas posibilidades de predicación del
mensaje evangélico y de testimonio cristiano, valorando del mejor modo posible
los grandes recursos religiosos y espirituales, humanos y culturales del pueblo
de Dios. Sólo así los creyentes serán capaces de dar a la sociedad su
contribución específica para un auténtico desarrollo y un armonioso
crecimiento material y espiritual.
Varias formas de actividad pastoral en el ámbito de
la parroquia y de la diócesis, así como de las provincias eclesiásticas y de
la Conferencia episcopal, podrán dar un ulterior impulso a la nueva
evangelización. Al respecto, un significativo ejemplo que puede tomarse como
punto de referencia son las celebraciones en recuerdo de los trece siglos de
adhesión del pueblo croata al cristianismo, que comenzaron en Salona en 1975 y
concluyeron en Marija Bistrica en 1984. ¡Cómo no mencionar aquí la feliz
iniciativa de la oración diaria que, surgida en aquel período, reúne todas
las tardes a los católicos croatas en una comunión coral de alabanza y acción
de gracias por el don de la fe y de súplica por las necesidades del presente y
del futuro! El celo, la perspicacia y la clarividencia de los pastores de
aquella época tuvieron indudablemente la inspiración y el impulso del
Espíritu Santo. Estoy seguro de que siguiendo sus pasos también vosotros
continuaréis caminando y escuchando todo lo que el Espíritu dice hoy a las
Iglesias que el Señor os ha encomendado (cf. Ap 2, 7).
4. Que no falte nunca vuestro entusiasmo apostólico y
vuestro estilo evangélico de razonar y obrar. Estáis llamados a ser maestros
en la fe, heraldos de la esperanza y testigos de la caridad. La solicitud por
las vocaciones sacerdotales, por las de consagración especial y por la
formación religiosa permanente de los fieles laicos ocupe siempre el centro de
vuestros cuidados.
Yo mismo, en mi experiencia de pastor, he tenido la
confirmación de cuán importante es que el seminario y, en general, los lugares
de formación, sean la «pupila de los ojos» del obispo. Pero la preocupación
por las vocaciones es tarea que concierne a toda la comunidad cristiana (cf. Optatam
totius, 2). En efecto, la vocación nace en el seno de la comunidad
cristiana y se consolida en ella. A su tiempo, la misma comunidad cristiana se
beneficiará de los frutos de dicho compromiso vocacional.
Frente a la crisis social y espiritual que ha afectado
también a vuestro país, la terapia que hay que adoptar consiste en reforzar
ante todo el sentido religioso de la vida, ayudando a las familias cristianas a
ser ambiente y escuela donde se practican y transmiten los valores humanos y
evangélicos perennes. Los jóvenes necesitan ejemplos elocuentes que les ayuden
a no perder los ideales que superan la inmediatez y la contingencia; necesitan
ejemplos de vida impregnados totalmente por la fe, para abrirse a horizontes
más vastos y comprometedores. ¡Qué importante es el testimonio de los
obispos, de los sacerdotes, de los consagrados y consagradas conformados
generosamente con Cristo Jesús y dedicados completamente al servicio
desinteresado a Dios y al prójimo!
Queridos hermanos, ayudad a las jóvenes generaciones
a seguir con fidelidad la llamada que Dios dirige a cada uno en la Iglesia y en
la sociedad. En particular, asegurad a los candidatos al sacerdocio una
formación adecuada al ministerio que se les confiará. Preocupaos
fraternalmente por vuestros presbíteros, que son vuestros colaboradores más
cercanos. Ellos no son funcionarios que actúan en nombre de la Iglesia, sino
servidores y anunciadores del Evangelio, ministros de la gracia de Dios.
Partícipes del sacerdocio de Cristo y unidos al obispo en el ministerio, son
enviados a cada comunidad eclesial para compartir con el obispo el cuidado
pastoral de todo el pueblo de Dios. Para que puedan cumplir adecuadamente su
misión, es imprescindible que su vida esté enraizada en Cristo, sea espejo
irreprensible de santidad y oración, y esté animada por un vivo sentido
eclesial. Por tanto, queridos hermanos, velad para que sean siempre y en todo
lugar, junto con vosotros, modelos de la grey encomendada a vuestro cuidado
pastoral (cf. 2 Tm 4, 12; 1 P 5, 3).
5. La Iglesia siempre ha alimentado una estima
particular por la vocación y la obra de los consagrados, por ser ellos un gran
recurso espiritual que Dios ofrece a su pueblo. Sus carismas están destinados
no sólo a su santificación personal, sino también al crecimiento y a la
misión de la Iglesia, ya que los dones especiales dispensados por el Espíritu
«tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial: (...) están ordenados
a la edificación •de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades
del mundo» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 799). Por
consiguiente, como ya he recordado en otras ocasiones, «al obispo también le
corresponde sostener a los consagrados y a las consagradas en su entrega total
al Señor, exhortándolos a vivir con generosidad el carisma del instituto de
pertenencia y a trabajar siempre en comunión con la Iglesia particular y
universal» (Mensaje a los miembros de la Conferencia episcopal de Croacia,
4 de octubre de 1998, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 23 de octubre de 1998, p. 9).
Aunque el gobierno pastoral de las parroquias
corresponde en primer lugar al clero diocesano, las personas consagradas tienen
la misión de testimoniar la armonía concreta de los diversos carismas
operantes para el bien de la Iglesia. Los auténticos carismas edifican el
cuerpo místico de Cristo en la caridad, la obediencia y el seguimiento
incondicional del divino Maestro. Venerados hermanos, sostened a los religiosos
y a las religiosas con vuestra oración, vuestro afecto y vuestra ayuda, para
que siempre sean fieles a su vocación. Con sus dones y en comunión con
vosotros, sabrán dar una valiosa contribución a la obra pastoral, poniendo sus
energías al servicio de la evangelización de toda la sociedad.
6. En efecto, la nueva evangelización necesita que se
concentren todas las energías. Tenemos ante nuestros ojos, en este final de
siglo, los daños materiales y morales causados por numerosas ideologías; hemos
asistido en este último decenio a la caída de dictaduras largas y opresoras.
También vuestro país, después de haber experimentado el período de la
prueba, disfruta ahora de un tiempo de paz y libertad. Y, sin embargo, es
necesario velar para que se recorra el camino de la justa libertad, en el
respeto de todos los derechos humanos. Vuestro papel de pastores, dedicados
siempre al verdadero bien de la grey, consiste en indicar incesantemente los
principios perennes y los valores inmutables establecidos por el Creador como
fundamento de la dignidad de toda persona y de toda nación.
Para poder afrontar y resolver de modo positivo los
problemas que se plantean a la sociedad y a la Iglesia en Croacia, y que tienen
una raíz profunda en la historia, se requiere espíritu de caridad, paciencia
longánima y aguda perspicacia. Sólo así crecerán los brotes de la libertad y
la democracia, y se convertirán en árboles robustos. Queridos pastores de la
amada Iglesia que está en Croacia, junto con vuestros sacerdotes, enseñad a
los fieles a ser la luz y la sal de la sociedad (cf. Mt 5, 13-14). Los
cristianos, a su vez, podrán contribuir a plasmar «un nuevo rostro para su
patria», asumiendo compromisos públicos, cumpliéndolos como verdaderos
creyentes en Cristo y promoviendo el bien común con justicia y espíritu de
solidaridad (cf. Gaudium et spes, 43 y 75). Por vuestra parte, ofrecedles
una formación religiosa permanente, que les ayude a vivir y trabajar en
sintonía con la fe profesada.
Inspirándoos en la parábola del grano y la cizaña
(cf. Mt 13, 24-30), ayudadles a fomentar siempre el diálogo constructivo
y la caridad que edifica, evitando la crítica que destruye. Es necesario
siempre y en todo lugar un compromiso coherente, para que la fe actúe por la
caridad (cf. Ga 5, 6), y sus beneficios lleguen a todos, en particular, a
los pobres y los marginados.
El concilio Vaticano II recuerda que los cristianos,
«prestando fielmente su adhesión al Evangelio y disponiendo de sus fuerzas,
unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre sí la
realización de una tarea inmensa en esta tierra, de la que deben rendir cuenta
a aquel que juzgará a todos en el último día. No todos los que dicen "Señor,
Señor" entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la
voluntad del Padre y ponen con energía manos a la obra» (Gaudium et spes,
93).
La Iglesia y la comunidad política, en sus
respectivos ámbitos, son independientes; pero ambas están al servicio del
único y mismo hombre (cf. ib., 76). Una sana y provechosa colaboración
entre la Iglesia y el Estado para el bien de todos los ciudadanos del país se
verá favorecida ciertamente por el mutuo respeto y la comprensión recíproca,
que han aumentado gracias a los cuatro Acuerdos firmados recientemente entre la
Santa Sede y la República de Croacia.
7. «Manteneos firmes en el Señor» (Flp 4,
1). «Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha
amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza
dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra
buena» (2 Ts 2, 16-17). Queridos hermanos, considerad estas palabras del
Apóstol dirigidas a vosotros, y que os consuelen para perseverar en el generoso
cumplimiento de vuestra misión.
La santísima Madre de Dios, tan amada y venerada en
vuestras regiones, acompañe con su poderosa intercesión vuestro compromiso
apostólico y todas vuestras iniciativas al servicio de la Iglesia, e implore
para vosotros y vuestras diócesis la abundancia de gracia y paz en nuestro
Señor Jesucristo.
Con estos sentimientos, os renuevo
gustoso la bendición apostólica a vosotros, a vuestros sacerdotes, a los
consagrados y a las consagradas, así como a todos los fieles laicos que
están en vuestra patria y fuera de ella.
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