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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA
PENITENCIARÍA APOSTÓLICA Y A LOS PARTICIPANTES EN UN CURSO SOBRE EL FORO
INTERNO
Sábado 13 de marzo
de 1999
1. Señor cardenal penitenciario, prelados y
oficiales de la Penitenciaría apostólica, padres penitenciarios de las
basílicas patriarcales de la urbe, jóvenes sacerdotes y candidatos al
sacerdocio que habéis frecuentado el curso sobre el foro interno organizado
también este año por la Penitenciaría apostólica, os acojo con afecto en
esta tradicional audiencia, que•me agrada particularmente.
Al dar las
gracias al señor cardenal William Wakefield Baum por los sentimientos
expresados en el saludo que me ha dirigido, deseo subrayar el alto significado
de este encuentro, en el que se reafirma casi tangiblemente el vínculo entre la
misión reconciliadora del sacerdote como ministro del sacramento de la
penitencia y la Sede de Pedro. ¿Acaso no confió Cristo a Pedro y a sus sucesores en términos universales la potestad, el deber, la responsabilidad y, al
mismo tiempo, el carisma, que se extiende a los hermanos en el episcopado y a
los presbíteros, sus colaboradores, de liberar a las almas del poder del mal,
es decir, del pecado y del demonio?
En vísperas de la Pascua redentora y del
Año jubilar, este encuentro adquiere el valor de símbolo de comunión vivida
en el esfuerzo diario al servicio de los hombres y de su salvación eterna. Dada
esta significación universal, al mismo tiempo que os hablo a vosotros aquí
reunidos en la sede del Papa, veo espiritualmente presentes a todos los sacerdotes de la santa Iglesia católica,
dondequiera que vivan y trabajen,
y a todos les envío con afecto este mensaje.
2. El
Año jubilar, en la variada y armoniosa multiplicidad de sus contenidos y
fines, trata sobre todo de la conversión del corazón, la metanoia, con la
que se abre la predicación pública de Jesús en el evangelio (cf. Mc 1, 15).
Ya en el Antiguo Testamento, la salvación y la vida se prometen a quien se
convierte: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo del
Señor Dios- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?» (Ez
18, 23). El inminente gran jubileo conmemora el cumplimiento del segundo milenio
del nacimiento de Jesús, que en la hora de la condena injusta dijo a Pilato:
«Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio
de la verdad» (Jn 18, 37). La verdad testimoniada por Jesús es que él vino
para salvar al mundo que, de lo contrario, estaba destinado a perderse: «Pues
el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,
10).
En la economía del Nuevo Testamento el Señor quiso que la Iglesia fuera
universale sacramentum salutis. El concilio Vaticano II enseña que «la
Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima
con Dios» (Lumen gentium, 1). En efecto, es voluntad de Dios que el perdón
de los pecados y la vuelta a la amistad divina se realicen a través de la mediación de la Iglesia: «Lo que ates en la
tierra quedará atado en los
cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,
19), dijo solemnemente Jesús a Simón Pedro, y en él a los sumos
Pontífices, sus sucesores. Dio esta misma consigna después a los Apóstoles y,
en ellos, a los obispos, sus sucesores: «Todo lo que atéis en la tierra
quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará
desatado en el cielo» (Mt 18, 18). La tarde del mismo día de la
resurrección, Jesús hará efectivo este poder con la efusión del Espíritu
Santo: «A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 23). Gracias a este mandato,
los Apóstoles y sus sucesores en la caridad sacerdotal podrán decir entonces
con humildad y verdad: «Yo te absuelvo de tus pecados».
Tengo plena confianza
en que el Año santo será, como debe ser, un tiempo singularmente eficaz de la
historia de la salvación. Ésta encuentra en Jesucristo su punto culminante y
su significado supremo, puesto que en él todos nosotros recibimos «gracia
sobre gracia», obteniendo la reconciliación con el Padre (cf. Incarnationis
mysterium, 1). Por eso mismo, confío y pido que, gracias al generoso servicio
de los sacerdotes confesores, el Año jubilar sea para todos los fieles
ocasión de acercamiento piadoso y sobrenaturalmente sereno al sacramento de la
reconciliación.
3. Ciertamente, conocéis al
respecto el Catecismo de la Iglesia católica con su profundo análisis sobre
este tema fundamental. Sin embargo, en este encuentro quisiera recordar
algunos puntos verdaderamente esenciales, que no dejaréis de proponer a los
fieles encomendados a vuestro cuidado pastoral.
Por institución de nuestro
Señor Jesucristo, como resulta explícitamente del citado pasaje del
evangelio según san Juan, es necesaria la confesión sacramental para obtener
el perdón de los pecados mortales cometidos después del bautismo. Sin embargo,
si un pecador, movido por la gracia del Espíritu Santo, se arrepiente de sus
pecados por motivo de amor sobrenatural, es decir, en cuanto son una ofensa a
Dios, sumo Bien, obtiene enseguida el perdón de los pecados, incluso
mortales, con tal que tenga el propósito de confesarlos sacramentalmente
cuando, dentro de un tiempo razonable, pueda hacerlo.
Idéntico propósito
debe tener el penitente que, responsable de pecados graves, recibe la
absolución colectiva, sin la confesión individual previa de los propios
pecados al confesor: este propósito es tan necesario que, en su defecto, la
absolución sería inválida, como afirma el canon 962, § 1 del Código de
derecho canónico, y el canon 721, § 1 del Código de cánones de las Iglesias
orientales.
Los pecados veniales pueden perdonarse también fuera de la
confesión sacramental; pero, ciertamente, es muy útil confesarlos
sacramentalmente. En efecto, supuestas las debidas disposiciones, se obtiene
así no sólo el perdón del pecado, sino también la ayuda especial constituida
por la gracia sacramental para evitarlo en el futuro. Es útil confirmar
aquí el derecho que tienen los fieles -y a su derecho corresponde la obligación del sacerdote confesor- de
confesarse y obtener la absolución sacramental también de los pecados veniales. No hay que olvidar que la así
llamada confesión por devoción ha sido la escuela que ha formado a los
grandes santos.
Para acercarse lícita y provechosamente a la Eucaristía es
necesario que vaya precedida de la confesión sacramental, cuando se es
consciente de un pecado mortal. En efecto, la Eucaristía es la fuente de toda
gracia, en cuanto representación del sacrificio salvífico del Calvario; sin
embargo, como realidad sacramental no está ordenada directamente al perdón
de los pecados mortales: el concilio Tridentino lo enseña clara e
inequívocamente (Sess. XIII, cap. 7 y relativo canon: Denziger-Schönmetzer,
1647 y 1655), dando un significado, por decirlo así, disciplinar y jurídico a
la palabra misma de Dios: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la
Sangre del Señor. Examínese,
pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe
sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Co 11, 27-29).
4. Por tanto, el Año jubilar, gracias al
sacramento de la penitencia, debe ser de modo especial el año del gran perdón y la reconciliación plena. Pero Dios, a quien damos gracias por habernos
reconciliado, o con quien esperamos reconciliarnos, es nuestro Padre: Padre
mío, Padre de todos los creyentes, Padre de todos los hombres. Por eso la reconciliación con Dios exige e implica la reconciliación con nuestros hermanos;
si falta ésta, el perdón de Dios no se obtiene, como nos enseñó Jesús en
la perfecta oración del Padre nuestro: «Perdona nuestras ofensas como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». El sacramento de la
penitencia supone y debe alimentar el amor fraterno, generoso, noble y
concreto.
En esta línea, elevada a su mayor perfección, el Año jubilar
invita a una profunda solidaridad mediante «un maravilloso intercambio de
bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho
más que el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas que dejan
tras de sí como un suplemento de amor, de sufrimiento aceptado, de pureza y
verdad, que llega y sostiene a los demás. Es la realidad de la iavicariedadln,
sobre la cual se fundamenta todo el misterio de Cristo» (Incarnationis
mysterium, 10).
Reconciliados mediante el sacramento de la penitencia, y
asimilados así a Cristo Señor y Redentor, debemos participar «en su
acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto
de la carta a los Colosenses: "Completo en mi carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesial" (Col 1,
24)» (ib.).
5. En el sacramento de la penitencia, eliminada la
ruptura causada por el pecado, se consolida la unidad de la Iglesia, que en
el jubileo tiene una altísima manifestación: también aquí, por tanto, se ve
el vínculo connatural entre el jubileo y el sacramento del perdón.
Al
perdón sacramental del pecado, la misericordia de Dios y la mediación de la
Iglesia ofrecen un valioso corolario también con el don del perdón de su pena temporal mediante la indulgencia. Esto es lo que puse de manifiesto con
referencia al Año jubilar en la bula de convocación: «En efecto, la
reconciliación con Dios no excluye la permanencia de algunas consecuencias
del pecado, de las cuales es necesario purificarse. Es precisamente en este
ámbito donde adquiere relieve la indulgencia, con la que se expresa el "don
total de la misericordia de Dios"» (ib., 9).
Jesús nació, más aún, fue
concebido como sacerdote y víctima en el seno de su Madre, como el Espíritu
Santo nos enseña en la carta a los Hebreos (cf. Hb 10, 5-7), aplicando
expresamente a Jesús el Salmo 40, 7-9: «Ni sacrificio ni oblación querías,
pero el oído me has abierto; no pedías holocaustos ni víctimas, dije
entonces: Heme aquí, que vengo. Se me ha prescrito en el rollo del libro hacer
tu voluntad. Oh Dios mío, en tu ley me complazco en el fondo de mi ser». El
jubileo del año 2000 recuerda a nuestra fe, a nuestra esperanza y a nuestro
amor que la salvación deriva del nacimiento del eterno Sacerdote, víctima
del sacrificio al que se entregó libremente.
María santísima, que dio al
Verbo de Dios la humanidad sacerdotal y sacrificial, nos haga revivir, a pesar
de nuestra pequeñez y miseria, la misión salvífica con la santidad personal y
el ejercicio del ministerio del perdón, devolviendo, como instrumentos de Dios,
a los pecadores, la gracia, la alegría del corazón y el traje de boda que
permite el ingreso en la vida eterna.
Todo lo que he recordado en este coloquio con vosotros está recogido, con una breve y estupenda síntesis, en la
fórmula ritual de la absolución sacramental: «Dios, Padre misericordioso,
que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y
derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por
el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz».
De esta paz sea prenda
eficaz para vosotros, y para cuantos el Señor ha encomendado o encomendará a
vuestro ministerio, la bendición apostólica, que os imparto complacido.
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