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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II DURANTE LA
SOLEMNE CEREMONIA DE INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN «ROMA-ARMENIA»
Miércoles
24 de marzo de 1999
1. Es una gran alegría para mí participar en
esta solemne inauguración de la Exposición Roma-Armenia, organizada por
la antigua y gloriosa sede de Echmiadzin y la embajada de Armenia ante la Santa
Sede, con la cooperación de la Biblioteca apostólica vaticana. Quiero expresar
mis sentimientos de profunda estima y consideración a su excelencia el señor
Robert Kocharian, presidente de la República de Armenia, que ha querido estar
presente en esta ocasión. Al agradecerle, señor presidente, sus amables
palabras, deseo que Armenia, en su difícil camino hacia una prosperidad
merecida, experimente una mayor solidaridad internacional y se beneficie de la
dirección de estadistas clarividentes, consagrados al bien común, para que
todos los ciudadanos se sientan animados a participar en el desarrollo de la
nación.
Un motivo particular de alegría es la presencia, en
esta solemne y significativa ocasión, de Su Santidad Karekin I, Catholicós de
todos los armenios, acompañado por Su Beatitud el patriarca Torkom, arzobispo
de Jerusalén, y otros ilustres prelados, sacerdotes y fieles de la Iglesia
apostólica de Armenia. Habéis deseado honrar a la Iglesia de Roma con el gesto
más hermoso que conocen los cristianos: el testimonio de la caridad y el santo
beso de la comunión.
Santidad, aprecio profundamente este gesto delicado,
que constituye un nuevo e importante capítulo en la historia de la búsqueda
común de la unidad plena de todos los seguidores de Cristo. A pesar de las
dificultades del viaje, usted y los ilustres huéspedes que lo acompañan han
querido mostrar una vez más cuánto confían en la tarea ecuménica, a la que
han dedicado incansablemente sus energías. Le agradezco una vez más las
palabras de alcance histórico que pronunció con ocasión de su visita a Roma
en diciembre de 1996, palabras de las que en los meses siguientes se hizo eco Su
Santidad Aram I, Catholicós de la Gran Casa de Cilicia. A Su Santidad Aram I,
Catholicós de la Gran Casa de Cilicia, envío un cordial saludo fraterno e
invoco abundantes bendiciones divinas sobre su ministerio.
Usted ha enseñado a su pueblo y a su Iglesia que la
comunión es un imperativo para los seguidores de Cristo y una condición
esencial «para que el mundo crea» en su testimonio. Comunión no significa
asimilación y pérdida de la propia identidad. Por el contrario, es una
peregrinación común hacia el único Señor, conservando lo que es específico
y obteniendo la fuerza y la riqueza que proporciona la universalidad. Que el
Padre de todas las bendiciones le conceda, Santidad, muchos años como jefe de
la Iglesia armenia, en espera de nuevas iniciativas que renueven la esperanza de
quienes creen que la Iglesia de Cristo es una, que «no puede menos de ser una,
una y unida» (Discurso en el Pontificio Instituto Oriental, 12 de
diciembre de 1993: L'Osservatore Romano 17 de diciembre de 1993, p. 6).
Saludo con afecto a mi querido hermano Su Beatitud
Jean Pierre XVIII Kasparian, patriarca de los católicos armenios, que también
ha venido hoy para estar con nosotros, acompañado por otros obispos de su
Iglesia. La comunión plena con la Sede de Pedro, al hacer que esta Iglesia
forme parte integrante de la familia católica, no la separa de su maravilloso
patrimonio de vida espiritual y de cultura que tanto honra al pueblo armenio;
por el contrario, la compromete a dar un testimonio de renovado vigor en favor
de la unidad.
2. El tema de la exposición, y este encuentro de
eminentes personalidades eclesiásticas y civiles que representan al pueblo
armenio, es un acontecimiento excepcional. En efecto, es altamente simbólico,
pues subraya la apertura, la disponibilidad al encuentro y las realizaciones
culturales que han caracterizado toda la historia del pueblo armenio.
A pesar de la oposición e incluso de la persecución
abierta, los armenios no se han encerrado en sí mismos, sino que han
considerado vital, tanto para su supervivencia como para su desarrollo
auténtico, comprometerse en favor de un intercambio abierto e inteligente con
otros pueblos. De los demás han tomado elementos de enriquecimiento y los han
fundido en el crisol de su unicidad inconfundible. Han mostrado siempre
iniciativa y valentía, sostenidos continuamente por la fuerza del Evangelio,
que ha plasmado su historia y proporcionado un sólido fundamento a su vida. La
diáspora armenia, por dolorosa que haya sido, es un signo de esta vitalidad
dinámica que sigue siendo ejemplar aún hoy.
Cuando esta adhesión al Evangelio ha implicado, como
ha sucedido a menudo, el sacrificio de la vida para mantenerse fieles a la fe
cristiana, los armenios han mostrado con su martirio qué milagro de
fuerza puede realizar la gracia en quienes la aceptan. La Iglesia universal
sólo puede expresar constante y profunda gratitud por este sacrificio, que a
veces ha servido de escudo protector viviente para la cristiandad occidental,
ahorrándole peligros que podrían haber sido muy graves.
3. La relación entre Armenia y Roma es anterior a la llegada del cristianismo,
pero éste se convirtió pronto en la verdadera razón de ser de esa relación.
Durante muchos siglos, libres de las incomprensiones y divisiones que surgieron
entre Occidente y el mundo griego, esa relación se caracterizó por una cordial
buena voluntad. Las embajadas que la Iglesia armenia envió a Roma fueron
recibidas como un testimonio de fe pura y coherente. En numerosas ocasiones, los
Papas enviaron como regalo objetos litúrgicos a los católicos armenios, en
señal de estima fraterna, y es significativo que aún hoy la mitra y el báculo
pastoral formen parte de las vestiduras sagradas de los prelados armenios.
El reino armenio de Cilicia ha sido un punto privilegiado de encuentro para los
latinos, los griegos y los sirios: allí floreció un compromiso notable de
fraternidad ecuménica. La comunión entre la Iglesia armenia en esa región y
la Iglesia de Roma alcanzó una intensidad quizá nunca antes lograda en otros
casos. El intercambio cultural fue fecundo y beneficioso, a pesar de las
considerables dificultades. Si no logró cosechar frutos más duraderos, se
debió en parte a la intransigencia de algunos que tal vez no supieron apreciar
plenamente el valor de una oportunidad tan providencial. Por parte de Roma, esta
falta de comprensión desembocó en trágicos conflictos internos en la Iglesia
occidental y en la aparición de nuevos conceptos canónicos y teológicos que
dificultan aún más la comprensión del antiguo patrimonio espiritual de
Oriente. Para nosotros, todo esto es hoy motivo de profundo dolor, y nos obliga
a aprovechar las oportunidades que el Espíritu nos da, invitando a todos los
seguidores de Cristo a la comunión.
4. Los objetos expuestos en la sala Regia, desde el fragmento del Arca de Noé,
de Echmiadzin, hasta los restos arqueológicos de la antigua Cilicia, no son
meros recuerdos; son signos de las maravillas que Dios ha hecho en favor del
pueblo armenio. Son, además, una invitación a un conocimiento y a una estima
de sí cada vez más profundos. Si, en aquellos tiempos lejanos, hombres
iluminados e intrépidos como Nerses Shnorhali y Nerses de Lambrón asombraron
al mundo, y siguen haciéndolo aún hoy, con su admirable equilibrio entre el
amor a su propia cultura y su apertura a las culturas de los demás, su ejemplo,
y después también el ejemplo brillante del abad Mequitar de Sebaste, deben ser
una lección y una inspiración para todos nosotros en la actualidad.
En tiempos muy remotos, los armenios mostraron santamente gran entusiasmo por la
unidad de la Iglesia, respetando la dignidad de todos y el carácter específico
de cada uno. Se anticiparon a nuestro tiempo, proclamando valores que no fueron
comprendidos plenamente. Ahora que esos valores han llegado a formar parte de
nuestro patrimonio universal, no podemos por menos de imitarlos: debemos tener
la valentía de realizar acciones santas que superen prejuicios y tópicos.
Juntos, siguiendo las huellas de Cristo: que ésta sea la esperanza y la
súplica de todos los cristianos en vísperas del tercer milenio y del XVII
centenario del bautismo de Armenia.
Que Dios bendiga y proteja siempre a vuestro pueblo en todo el mundo,
dondequiera que dé testimonio de la fe y de la enseñanza de sus padres. Que
desde el cielo los santos mártires y los venerados pastores de la Iglesia de
Armenia intercedan por nosotros ante María, la Madre amorosa.
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