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ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA COMO PREPARACIÓN PARA LA XIV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

Jueves 25 de marzo de 1999

 

EL VICARIO DE CRISTO 
RESPONDE A LAS PREGUNTAS DE LOS JÓVENES

 

Primera pregunta

Santidad, en su Mensaje para la Jornada mundial de la juventud de 1999, nos invitó, junto con toda la Iglesia, «a dirigirnos hacia Dios Padre y a escuchar con gratitud y admiración la sorprendente revelación de Jesús: "El Padre os ama"», y también nos aseguró: «Su amor nunca se apartará de vosotros y su alianza de paz nunca fallará» (n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de enero de 1999, p. 3). Estamos seguros de ello. Sin embargo, a veces nos resulta difícil comprender cómo nos ama el Padre, cuando nos encontramos frente al sufrimiento y a la muerte de jóvenes como nosotros; cuando por catástrofes naturales mueren personas inocentes; cuando, peor aún, el hombre experimenta la locura de la guerra. En efecto, estamos concluyendo un siglo marcado profundamente por guerras y odios entre pueblos. Incluso hoy, en particular en estas horas, en los territorios de la ex Yugoslavia, tan cercanos a nosotros, los odios y las guerras continúan. Santidad, ¿puede ayudarnos a comprender cómo el Padre no deja de amarnos incluso cuando nos encontramos con el sufrimiento de los justos y los inocentes; cuando muchos de nuestros coetáneos son arrastrados por fenómenos destructores como la drogadicción; y cuando los hombres se matan entre sí a causa de los odios y las guerras?

1. Amadísimos jóvenes, os doy la bienvenida al Vaticano, en la sala Pablo VI. Doy la bienvenida tanto a los que están en esta sala como a los que se hallan fuera, bajo la lluvia, que al menos parece ahora menos fuerte. De todos modos son más fuertes que la lluvia.

Amadísimos jóvenes, el gran problema que me planteáis hunde sus raíces en el corazón mismo del hombre. En la pregunta que me ha formulado uno de vuestros representantes resuena la fuerte objeción que leemos en la Leyenda del gran inquisidor de Dostoievski: «¿Cómo puedo creer en Dios, cuando permite la muerte de un niño inocente?». Vemos, y casi palpamos, el problema del mal en la vida diaria. Parece que los grandes razonamientos sobre este problema no convencen inmediatamente, sobre todo cuando experimentamos personalmente la enfermedad y el sufrimiento, o cuando nos afecta la muerte de algún ser cercano y querido.

De cualquier manera, no eludo el desafío que encierra esta pregunta. Sólo quisiera, en primer lugar, formularos también yo una pregunta provocativa: me preguntáis cómo se comprende el amor del Padre cuando nos encontramos frente al odio, la división, las diversas formas de destrucción de la personalidad y la guerra. Con razón acaban de recordarnos el conflicto que ensangrienta la ex Yugoslavia, y que crea tanta preocupación por las víctimas y por las consecuencias que pueden derivar de él para Europa y para todo el mundo. Deseo de corazón que las armas callen cuanto antes, y que se reanuden el diálogo y las negociaciones, para que se llegue finalmente, con la contribución de todos, a una paz justa y duradera en toda la región balcánica.

Yo, por mi parte, os digo: ¿por qué preguntarse dónde está el amor de Dios, y no más bien poner de relieve las responsabilidades que derivan del pecado de los hombres? Es decir, ¿por qué deberíamos considerar culpable a Dios cuando, al contrario, los responsables son los hombres libres en sus decisiones? El pecado no es una teoría abstracta; sus consecuencias pueden comprobarse.

El mal acerca del cual me pedís una explicación se debe al pecado y a no querer vivir según las enseñanzas de Dios. Daña la existencia y la lleva a rechazar el bien. Las personas se encierran en la envidia, los celos y el egoísmo, sin caer en la cuenta de que esos comportamientos llevan a la soledad y quitan el sentido auténtico a la vida. A pesar de todo esto, tened la seguridad de que el amor del Padre no falla jamás, porque Dios mismo quiso compartir con nosotros el sufrimiento y la muerte. Y lo debemos recordar en este tiempo de Cuaresma y durante la Semana santa. Y lo que él vivió, también lo salvó y redimió. La fuerza del amor triunfa sobre el mal, como subraya el apóstol san Pablo con plena convicción: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (...) Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó» (Rm 8, 35. 37). Ése es el camino para vencer el mal: crecer en el amor del Padre, que se nos reveló en Jesucristo.

Segunda pregunta

Santo Padre, en su Mensaje hace una apremiante invitación a la conversión y a acercarse al sacramento de la confesión. Le preguntamos: ¿de dónde tiene que brotar el deseo de convertirnos? Nos dicen a menudo que debemos convertirnos, pero a veces no sentimos ni vemos la necesidad de hacerlo. ¿Sabe explicarnos por qué? Además, le pedimos que nos hable sobre el sacramento de la confesión, porque no siempre nos resulta fácil ver en él el lugar donde se realiza el camino de vuelta al Padre, de quien nos hemos alejado con el pecado.

2. Es verdad; hoy, en general, no se siente la necesidad de conversión, como sucedía en otro tiempo. Pero, en realidad, revisar la propia vida es una de las exigencias fundamentales para lograr una personalidad adulta y madura. Sólo gracias a un proceso constante de conversión y renovación el hombre avanza por el arduo sendero del conocimiento de sí, del dominio de la propia voluntad y de la capacidad de evitar el mal y hacer el bien.

Podríamos decir que la vida es un continuo cambio. Vosotros vivís esta experiencia. ¿No es verdad que cuando amáis a una persona hacéis todo lo posible para obtener su amor? ¿No os ha ce incluso cambiar expresiones y comportamientos que jamás hubierais pensado que podríais modificar? Si en su raíz no hay un acto de amor, es imposible comprender la necesidad del cambio.

Lo mismo sucede en la vida del espíritu, especialmente gracias al sacramento de la reconciliación, que se sitúa precisamente en este horizonte. En efecto, es el signo eficaz de la misericordia de Dios, que sale al encuentro de todos, del amor del Padre que, a pesar de que su hijo se alejó y dilapidó sus bienes, está dispuesto a acogerlo de nuevo con los brazos abiertos, volviendo a comenzar desde el principio. En la confesión, vivimos personalmente la esencia del amor de Dios, que sale a nuestro encuentro del modo que le es más propio, es decir, el de la absolución y la misericordia.

Con esto no quiero decir que el camino de la conversión sea fácil. Cada uno sabe lo difícil que es reconocer los propios errores. En efecto, solemos buscar cualquier pretexto con tal de no admitirlos. Sin embargo, de este modo no experimentamos la gracia de Dios, su amor que transforma y hace concreto lo que aparentemente parece imposible obtener. Sin la gracia de Dios, ¿cómo podemos entrar en lo más profundo de nosotros mismos y comprender la necesidad de convertirnos? La gracia es la que transforma el corazón, permitiendo sentir cercano y concreto el amor del Padre.

Y no olvidéis que nadie es capaz de perdonar a los demás, si antes no ha hecho a su vez la experiencia de ser perdonado. Así, la confesión se presenta como el camino real para llegar a ser verdaderamente libres, experimentando la comprensión de Cristo, el perdón de la Iglesia y la reconciliación con nuestros hermanos. 

Tercera pregunta 

Santidad, usted nos recuerda las palabras de la primera carta de san Juan: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20). Es decir, nos hace comprender que del amor del Padre deben brotar en nosotros gestos de amor, de perdón, de paz y de solidaridad con nuestros hermanos. Sobre esta necesidad de amar y perdonar estamos plenamente de acuerdo con usted, y nos comprometeremos a hacerlo sobre todo como signo de nuestra conversión, pasando por la Puerta santa del año 2000. Sin embargo, algunos de nosotros tienen dificultad para ver cómo la Iglesia sabe amar y perdonar. Usted, testigo del perdón, que ha sabido perdonar incluso al que le hirió físicamente y ha tenido la valentía de pedir perdón por los pecados de la Iglesia, ¿puede iluminarnos sobre este tema tan importante?

3. También vuestra tercera pregunta encuentra respuesta a la luz del amor. Quisiera deciros con gran sinceridad que el perdón es la última palabra que pronuncia quien verdaderamente ama. El perdón es el signo más alto de la capacidad de amar como Dios, que nos ama y por eso nos perdona constantemente. Con vistas al jubileo, ya inminente, ocasión propicia para pedir perdón e indulgencia, he querido que la Iglesia, fortalecida por la enseñanza del Señor Jesús, fuera la primera en renovar el camino de conversión perenne que le es propio, hasta el día en que se presente ante el Señor. Por eso escribí que, en el umbral del tercer milenio, la comunidad eclesial debe asumir «con una conciencia más viva el pecado de sus hijos» (Tertio millennio adveniente, 33).

El camino hacia la Puerta santa es una verdadera peregrinación para quien quiere cambiar de vida y convertirse al Señor con todo su corazón. Al cruzar esa puerta, no hay que olvidar su significado. La Puerta santa indica el ingreso en la vida nueva que nos ofrece Cristo. Sabéis bien que la vida no es una teoría, sino la realidad concreta de todos los días. La vida es un conjunto de gestos, palabras, comportamientos y pensamientos que nos implican y permiten que se nos reconozca por lo que somos.

Queridos muchachos y muchachas de la diócesis de Roma, os agradezco la promesa que me hacéis de esforzaros constantemente por ser también vosotros signos vivos de reconciliación y perdón. Son muchas las ocasiones que, sobre todo a vuestra edad, se os ofrecen para dar testimonio de amistad sincera y desinteresada. Multiplicad estas ocasiones y crecerá en vosotros la alegría, don de la presencia de Cristo; alegría que estáis llamados a comunicar a cuantos os conocen y a compartir con ellos. Jesús es el único Salvador del mundo; es la vida que da sentido auténtico a la existencia de todo hombre y de toda mujer.

Queridos jóvenes, no os canséis jamás de plantear preguntas con legítima curiosidad y deseo de aprender. Es normal que a vuestra edad, a la vez que os asomáis al mundo, sintáis el deseo de conocer siempre cosas nuevas e interesantes. Conservad este deseo de comprender la vida; amad la vida, don y misión que Dios os encomienda para cooperar con él en la salvación del mundo. 


PALABRAS DEL PAPA AL FINAL DEL ENCUENTRO

Queridos jóvenes:

1. Al término de este encuentro, que ya se ha transformado en una cita anual con los jóvenes de la diócesis de Roma, deseo agradeceros vuestra participación tan numerosa y entusiasta. 

Doy las gracias a vuestro representante, que me dirigió el saludo al comienzo, y a los amigos que, en nombre de todos vosotros, me han hecho algunas preguntas esenciales para poder decir «creo», es decir, creo que el Padre me ama. Y doy las gracias una vez más a quienes, de diversos modos, han contribuido a organizar este encuentro de fiesta y reflexión. Agradezco particularmente a la señora Caterina Muntoni su convincente testimonio de perdón, que acabamos de escuchar. Le aseguramos nuestra cercanía y nuestra oración por su hermano, asesinado cruelmente, a la vez que pedimos al Señor el don de numerosas vocaciones sacerdotales para la Iglesia: personas que, como don Graziano, sepan entregarse con gran generosidad a la causa del Evangelio y al servicio de sus hermanos.

2. Antes de dirigirnos al Padre con la oración que Jesús nos enseñó, deseo recordaros una cita y una tarea importantes.

Probablemente ya habéis comprendido a qué cita me refiero: se trata de la XV Jornada mundial de la juventud, que tendrá lugar aquí, en Roma, del 15 al 20 de agosto del año 2000, y cuyo tema es: «El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14).

Ojalá nadie falte a esta cita que, ya desde ahora, consideramos un «tiempo de gracia» para los jóvenes. Un tiempo de gracia para vosotros y para todos vuestros coetáneos, que acogeréis en vuestras casas, parroquias, escuelas, institutos religiosos, tiendas de campaña, y en todos los lugares que se os ocurra. Un tiempo de gracia para la Iglesia de Roma, que recibirá un gran beneficio espiritual y pastoral con la presencia de numerosos muchachos y muchachas, que vendrán aquí para compartir y testimoniar su fe al comienzo del nuevo milenio. 

Os encomiendo una doble tarea: por una parte, invitar a participar en la Jornada mundial también a vuestros jóvenes amigos que quizá son indiferentes ante la fe, pero que, precisamente por ser jóvenes, buscan la verdad y el bien. El jubileo de los jóvenes será también para ellos una ocasión de gracia y, probablemente, como ya ha sucedido en otras ocasiones análogas, un momento de acercamiento a Cristo y a su Iglesia. Os encomiendo a estos coetáneos vuestros. Os confío, además, la tarea de acoger generosamente a los que vengan desde lejos. Conozco todo lo que están haciendo la diócesis de Roma y el Comité italiano para la Jornada mundial de la juventud, bajo la dirección del Consejo pontificio para los laicos, y me congratulo con ellos por el buen trabajo comenzado. Pero en esta obra hace falta la colaboración y el entusiasmo de todos: sacerdotes, religiosos y religiosas, adultos y jóvenes de las comunidades parroquiales, de los institutos religiosos, de las capellanías universitarias, de los movimientos y de las asociaciones de la diócesis. Deseo que muchas familias abran las puertas de sus casas a los jóvenes del mundo, para darles a conocer el gran corazón de los romanos. Estoy seguro de que los jóvenes romanos no serán menos generosos que los franceses de París, que los filipinos, que los americanos de Denver, y que todos los demás, incluidos los jóvenes polacos de Czêstochowa. La palabra Roma, leída al revés, se pronuncia «amor». ¡Ojalá que todos experimenten este «amor» romano! 

3. Para prepararos a acoger a vuestros coetáneos, que llegarán desde muchas naciones del mundo, procurad redescubrir vosotros mismos los numerosos lugares de santidad y espiritualidad cristiana que custodia Roma. Así, podréis visitarlos con los amigos que vengan y, junto con ellos, profundizar la fe, transmitida a los largo de los siglos por generaciones de creyentes que a veces la han defendido y testimoniado al precio de su sangre. Se trata de la fe de ayer, de hoy y de siempre, que avanzará, también gracias a vosotros, en el nuevo milenio.

Hoy se da una feliz coincidencia: la Jornada de los jóvenes romanos coincide con la solemnidad de la Anunciación del Señor. Quiero deciros que esta solemnidad, este misterio, abrió el horizonte para toda la humanidad, pues con la Anunciación Dios mismo nos comunicó su venida, la venida de su Hijo, su ingreso en la historia del hombre. Así, la Anunciación nos recuerda esta gran apertura de horizontes en la historia del destino mismo de la humanidad. Por tanto, es providencial que esta solemnidad haya coincidido con vuestra reunión romana. 

Sólo unas palabras más, las últimas. Por un motivo preciso rezamos tres veces al día el Ángelus. No se trata sólo de una tradición; es realmente una práctica que tiene un profundo fundamento. Rezamos tres veces al día el Ángelus para recordar el horizonte que nos abrió la Anunciación: «El ángel del Señor anunció a María (...) y el Verbo se hizo carne». Lo rezamos para recordar la perspectiva en que vivimos: una perspectiva creada por Dios mismo, en la que entra el Hijo de Dios que se hizo hombre. Esta verdad es fuente de gran confianza. Y vosotros, jóvenes, debéis tener confianza. Por eso, os digo también: tratad de rezar, cuando sea posible, el Ángelus Domini.

© Copyright 1999 -  Libreria Editrice Vaticana

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