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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONSEJO DE PRESIDENCIA
DE LA FEDERACIÓN MUNDIAL DE CIENTÍFICOS


Sábado 27 de marzo de 1999

 

Ilustrísimo presidente;
insignes miembros de la «Federación mundial de científicos»:

1. ¡Bienvenidos! Me alegra dirigiros mi más sincero y cordial saludo a vosotros, que os dedicáis de diferentes modos al estudio y a la investigación. Agradezco al profesor Antonino Zichichi las palabras con que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes, ilustrando, a la vez, los objetivos y proyectos de vuestra benemérita federación.

Este encuentro, que me trae a la memoria el que se celebró hace veinte años, durante los primeros meses de mi pontificado, constituye una valiosa ocasión para mirar al futuro, analizando cuanto se ha realizado en el ámbito de la ciencia en nuestro siglo, en el que se ha logrado un progreso científico nunca visto en todo el arco de la historia. Queréis hacer un balance, parcial pero significativo, de dicho progreso.

De él emerge, ante todo, un componente cultural, articulado y variado, que consiste principalmente en una nueva visión de la ciencia, caracterizada por el fin del «mito del progreso», según el cual la ciencia sería capaz de resolver en poco tiempo todos los problemas del hombre.

Otro factor importante en vuestra actividad científica es el aspecto económico, relacionado tanto con la investigación como con la aplicación tecnológica de los descubrimientos. Con esta finalidad, se destinan y se gastan ingentes recursos financieros, que suscitan legítimas preocupaciones acerca de su uso y de la validez de los proyectos.

Además, reviste importancia fundamental la dimensión política de la ciencia, por las consecuencias que tiene para la construcción de la paz. A este respecto, vuestra federación se propone favorecer un intercambio concreto y una participación generosa entre los estudiosos procedentes de diversos países y de diferentes ambientes culturales.

2. No hay que subestimar la cercanía cada vez mayor entre la experiencia científica y la concepción religiosa de la realidad, a la que he tratado de dar una contribución en la reciente encíclica Fides et ratio. Aun denunciando el grave riesgo de ver exclusivamente con mentalidad cientificista los datos fenoménicos (cf. ib., 88), quise expresar mi admiración y mi apoyo al trabajo del científico como investigador incansable de la verdad (cf. ib., 106). En efecto, es muy necesario que la fe y la ciencia, despejado el camino de los equívocos y los malentendidos que, desgraciadamente, se han sucedido a lo largo de los siglos, se abran a una comprensión recíproca cada vez más profunda, al servicio de la vida y de la dignidad del hombre.

Aquí la mirada se ensancha hacia el futuro, lleno de desafíos y emergencias. Como usted, señor presidente, acaba de destacar, el planeta tierra presenta algunos desafíos impostergables, puesto que sobre la salud de todos y cada uno, así como sobre la misma supervivencia de los pueblos, se ciernen amenazas de gran alcance. Por consiguiente, hacen falta proyectos adecuados que, implicando al voluntariado científico y con la cooperación responsable de los agentes culturales, económicos y políticos, contribuyan a elaborar proyectos destinados a la salvaguardia de la creación y en beneficio del auténtico desarrollo humano.

3. Dentro de pocos días, durante la Vigilia pascual, la liturgia nos hará escuchar de nuevo la antigua narración bíblica de la creación, tomada del libro del Génesis. Dios, Creador del universo, confía el mundo al hombre para que lo conserve y cultive. Éste, al aceptar esa tarea, no puede menos de asumir toda su responsabilidad ante una misión tan importante. Con las iniciativas promovidas por la Federación mundial de científicos, vosotros, ilustres científicos, os proponéis dar una aportación a su realización concreta. Se trata de proyectos piloto en el ámbito de las urgencias planetarias, que con valentía y clarividencia no dejáis de profundizar y proponer, poniendo en marcha un significativo «voluntariado científico» al servicio del bien común.

Os animo de corazón a proseguir por este camino, y os acompaño con mi oración, para que vuestro trabajo sea fecundo y lleno de frutos.

Invocando sobre cada uno de vosotros la protección materna de María, Sede de la sabiduría, os bendigo a vosotros, a vuestras familias y la obra que realizáis diariamente.

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