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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PARLAMENTARIA
DEL CONSEJO DE EUROPA
*

Lunes 29 de marzo de 1999

 

Señor presidente;
señoras y señores:

1. Me alegra acoger a los miembros de la oficina de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa y a los miembros de los comités parlamentarios para asuntos políticos, para asuntos jurídicos y derechos del hombre, para migraciones, refugiados y demografía. Saludo en particular a vuestro presidente, lord Russel Johnston, al que agradezco las corteses palabras que ha tenido la amabilidad de dirigirme. Saludo cordialmente también al notario de la Asamblea, señor Bruno Haller.

Celebráis este año el 50° aniversario de la creación del Consejo de Europa. El trabajo realizado a lo largo de medio siglo ha sido un servicio eminente prestado a los pueblos de Europa. Aunque las dificultades encontradas en el camino de la democracia y de los derechos del hombre han sido y siguen siendo considerables, habéis mantenido el rumbo fijo establecido desde el comienzo por los Estatutos del Consejo de Europa: unir más estrechamente a los pueblos europeos sobre la base del patrimonio de valores comunes.

2. Durante estos cincuenta años los valores morales y espirituales han manifestado su fecundidad y su capacidad de transformar la sociedad, como lo han demostrado los acontecimientos que se produjeron en Europa hace casi diez años. Aún hoy deben seguir siendo el pilar sobre el cual es necesario proseguir la construcción del proyecto europeo.

Conviene, ante todo, recordar que no existe vida política, económica y social justa si no se respeta la dignidad de cada uno, con todas las consecuencias que derivan de ella en materia de derechos del hombre, de libertad, de democracia, de solidaridad y de libertad.

Estos valores están enraizados profundamente en la conciencia europea; representan las aspiraciones más fuertes de los ciudadanos europeos. Deben inspirar todos los proyectos que tienen la noble ambición de unir a los pueblos de este continente. Los esfuerzos que hacéis para traducir estos valores y estas aspiraciones en términos de derecho, de respeto de las libertades y de progreso democrático son esenciales. Sólo si la persona humana y su dignidad inalienable ocupan continuamente el centro de vuestras preocupaciones y decisiones daréis una colaboración duradera a la construcción de Europa, y serviréis al hombre y a toda la humanidad.

3. Deseo mencionar aquí el conflicto que tiene lugar a nuestras puertas, en Kosovo, y que hiere a toda Europa. Pido encarecidamente que se haga todo lo posible para restablecer la paz en esa región, y para que las poblaciones civiles puedan vivir fraternalmente en su tierra. Como respuesta a la violencia, otra violencia jamás es un camino con futuro para salir de una crisis. Conviene, pues, hacer callar las armas y suspender los actos de venganza, para entablar negociaciones que obliguen a las partes, con el deseo de llegar cuanto antes a un acuerdo que respete los diferentes pueblos y las diversas culturas, llamados a construir una sociedad común respetuosa de las libertades fundamentales. Así esta actitud se podrá inscribir en la historia como un nuevo elemento prometedor para la construcción europea.

4. Por otra parte, uno mi voz a la del Consejo de Europa para pedir que en todo el espacio europeo se reconozca el derecho más fundamental, el derecho a la vida de toda persona, y que sea abolida la pena de muerte. Este derecho fundamental e imprescriptible de vivir no sólo implica que todo ser humano pueda sobrevivir, sino también que pueda vivir en condiciones justas y dignas. En particular, ¿cuánto tiempo debemos esperar aún para que el derecho a la paz se reconozca como un derecho fundamental en toda Europa, y todos los responsables de la vida pública lo pongan en práctica? Muchos hombres se ven obligados a vivir en el miedo y la inseguridad. Aprecio los esfuerzos realizados por la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa y las demás organizaciones europeas, para que se aplique este derecho a la paz y aliviar los sufrimientos de los pueblos probados por la guerra y la violencia. Los derechos del hombre también deben encontrar su prolongación en la vida social. A este respecto, es de apreciar que, a partir de la segunda cumbre de Estrasburgo (1997), el Consejo de Europa haya querido dar un nuevo impulso a la sociedad.

5. Con el mismo espíritu, es importante no descuidar la promoción de una política familiar seria, que garantice los derechos de los matrimonios y de los hijos; esto es particularmente necesario para la cohesión y la estabilidad sociales. Invito a los Parlamentos nacionales a redoblar sus esfuerzos para sostener la célula fundamental de la sociedad, que es la familia, y darle el lugar que le corresponde; constituye el ámbito primordial de la socialización, así como un capital de seguridad y confianza para las nuevas generaciones europeas. Me alegra también ver que se desarrolla una nueva solidaridad entre los pueblos de Europa, dado que el continente constituye una unidad, con una gran diversidad cultural y humana, a pesar de las barreras ideológicas artificiales construidas a lo largo del tiempo para dividirlo.

6. Vuestra Asamblea ha declarado recientemente que «la democracia y la religión no son incompatibles, sino todo lo contrario. (...) La religión, en virtud de su compromiso moral y ético, de los valores que defiende, de su sentido crítico y de su expresión cultural, puede ser un interlocutor válido de la sociedad democrática» (Recomendación 1396 (1999), n. 5). La Santa Sede aprecia esta recomendación, ya que da a la vida espiritual y al compromiso de las religiones en la vida social y en el servicio al hombre el lugar que les corresponde. Esto recuerda que las religiones tienen una contribución particular que dar a la construcción europea y constituyen una levadura para la realización de una unión más estrecha entre los pueblos.

Al término de nuestro encuentro, os animo a proseguir vuestra misión, para que la Europa del futuro sea ante todo la Europa de los ciudadanos y de los pueblos, que construyan juntos una sociedad más justa y fraterna, de la que se destierren la violencia y el rechazo de la dignidad fundamental de todo hombre. Encomendándoos a la intercesión de los santos Benito, Cirilo y Metodio, patronos de Europa, os imparto de buen grado la bendición apostólica a vosotros, así como a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 15 p. 10.

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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