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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO DE JÓVENES «UNIV'99»


Martes 30 de marzo de 1999

 

Queridos hermanos:

1. Os doy a todos mi afectuosa bienvenida. Profundos vínculos me unen al mundo de los jóvenes, y me alegro cada vez que puedo encontrarme con ellos. La audiencia al congreso UNIV ya se ha convertido en una cita anual. ¡Bienvenidos, queridos jóvenes de diversas nacionalidades! Nuestro encuentro tiene lugar durante la Semana santa, y está iluminado por la perspectiva de las celebraciones de los próximos días, los últimos de la Cuaresma. La liturgia alimenta en nosotros la espera de la Resurrección y nos afianza en la certeza de que el amor vence al mal. Sí, en Cristo el amor prevaleció sobre el odio, y la misericordia sobre el pecado. En nuestro corazón resuenan estas palabras: «¡El Padre os ama!», que constituyen el tema central del reciente Mensaje a los jóvenes. Se trata de una luminosa certeza, que confiere un gran alcance al tema que habéis elegido para vuestro congreso: «Solidaridad y ciudadanía».

2. Deseo comenzar con el segundo de estos dos temas. En un libro del beato Josemaría, que conocéis bien, encontramos un capítulo completo con este mismo título: «Ciudadanía». Leemos en él las siguientes palabras: «Este es vuestro deber como ciudadanos cristianos: contribuir a hacer que el amor y la libertad de Cristo prevalezcan en todos los aspectos de la vida moderna: en la cultura, en la economía, en el trabajo, en el ocio, en la vida familiar y en la vida de la sociedad» (Surco, n. 302). El beato Josemaría habla del amor y de la libertad de Cristo: se trata de la libertad del pecado, del combate que, por amor a Cristo y sostenidos por su gracia, los cristianos libran en sí mismos contra todo lo que los separa de Dios y aleja de sus hermanos y hermanas, que, como ellos, son también hijos de Dios. Nadie debe olvidar esto, porque precisamente aquí se está librando la batalla decisiva por el futuro de la sociedad: «La primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino» (Centesimus annus, 51).

3. Junto al término ciudadanía encontramos el de solidaridad. ¿Cómo no invitaros a reflexionar sobre el inmenso potencial humano de paz, de concordia y hermandad, que una vida cristiana coherente, deseosa de encontrar personalmente a Cristo en la oración y en el compromiso de caridad fraterna, puede proyectar sobre la transformación del mundo? Ante un análisis más atento, la solidaridad cristiana se muestra, más que una virtud en sí misma, una actitud espiritual en la que convergen diversas virtudes, y de manera particular la justicia y la caridad. La justicia puede reducir las diferencias, eliminar las discriminaciones, asegurar las condiciones para el respeto de la dignidad de la persona. La justicia, sin embargo, necesita un alma. Y el alma de la justicia es la caridad, caridad que se hace servicio de todo el hombre. Ser cristianos hoy supone crecer en la conciencia de «estar al servicio de una redención que atañe a todas las dimensiones de la existencia humana» (Santità e mondo, Actas del congreso teológico de estudio sobre las enseñanzas del beato Josemaría Escrivá, Roma 1994, p. 10). La primera y fundamental aportación que cada creyente está llamado a ofrecer a la nueva evangelización es encarnar fielmente el Evangelio en la propia vida: ser santos. En efecto, quien busca sin reservas la santidad personal, contribuye eficazmente a difundir el bien en el mundo entero.

Éste es un modo concreto y al alcance de todos de ser apóstoles del Evangelio y artífices de una nueva humanidad. A este respecto, vosotros tenéis un maestro que os guía en este camino: es el beato Josemaría, cuyo mensaje constituye uno de los impulsos carismáticos más significativos ofrecidos por el Espíritu Santo a esta conciencia del servicio que la Iglesia y cada fiel están llamados a prestar en favor de todo el hombre y de todos los hombres.

4. Amadísimos jóvenes, éste es el último congreso UNIV antes del gran jubileo. Aprovechad esta ocasión y todas las oportunidades que os brinda este encuentro. Responded generosamente a la llamada del Señor: como bien sabéis, la vocación cristiana va más allá de la intimidad privada de vuestra alma; ensancha vuestro espíritu hasta las dimensiones ilimitadas del amor. La entrega a Dios, culminación de un proceso de conversión del egoísmo al amor, os hará participar en la misión salvífica de Cristo. En esta solidaridad plena con Cristo, los hijos de Dios pueden descubrir totalmente la raíz de la fraternidad humana.

María, Madre de Dios y Madre nuestra, os ayude a orientar decididamente vuestra vida hacia Dios y hacia vuestros hermanos, y os disponga a cultivar el único ideal verdaderamente digno de un hijo de Dios: servir a nuestros hermanos como Jesús y con Jesús, que dijo de sí: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20, 28).

Expresándoos a vosotros y a vuestros seres queridos mis fervientes deseos de una santa Pascua, os aseguro mi recuerdo en la oración, y de corazón os bendigo a todos.

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