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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II
A SU SANTIDAD KAREKIN I,
CATHOLICÓS DE TODOS LOS ARMENIOS

Jueves 25 de marzo de 1999

 

«Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 103, 1).

Sí, bendigo al Señor, que nos concede este momento de gracia y de encuentro fraterno. Es una gran alegría poder acogerlo durante estos días, Santidad, junto con Su Beatitud monseñor Torkom Manoogian, y todas las eminentes personalidades que lo acompañan.

Me alegra la impresionante exposición sobre la historia y la cultura armenias que se realiza en los museos vaticanos. Podemos admirar en ella un patrimonio impregnado plenamente de la fe cristiana. Por su fidelidad a sus raíces y su constancia en la adversidad, el pueblo armenio ha sabido transformar sus múltiples sufrimientos en una fuente de creatividad y dinamismo. Según la tradición, la Iglesia armenia recibió la fe de los apóstoles Tadeo y Bartolomé. Pero, gracias a la actividad misionera de san Gregorio el Iluminado, el Evangelio se difundió en el pueblo armenio al comienzo del siglo IV. Desde esos tiempos antiguos, la fe cristiana nunca ha dejado de iluminar e inspirar al pueblo armenio en sus convicciones profundas y en su vida diaria.

Los cristianos van a celebrar pronto el gran misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él» (Rm 6, 8-9). Vamos a cantar y celebrar el misterio de nuestra redención. Nuestra fe en Jesucristo es el fundamento de nuestra vida, de nuestra misión y de los vínculos de comunión fraterna entre nuestras Iglesias. Acojo con satisfacción los progresos realizados en nuestra búsqueda común de la unidad en Cristo, el Verbo de Dios hecho carne; son el fruto de nuestras relaciones ecuménicas y de nuestros diálogos teológicos. Las deplorables divisiones del pasado no deberían seguir influyendo de manera negativa en la vida y en el testimonio de nuestras Iglesias. El gran jubileo del año 2000 y el XVII centenario de la fundación de la Iglesia armenia nos invitan con insistencia a dar un testimonio común de nuestra fe en Jesucristo.

La Iglesia católica y la Iglesia armenia han desarrollado profundas relaciones, sobre todo desde el concilio Vaticano II. Se han realizado encuentros positivos desde aquel memorable día de 1971, cuando el Catholicós Vasken I y el Papa Pablo VI se dieron un abrazo, gesto lleno de amistad fraterna. También quiero agradecer muy especialmente a Su Santidad lo que ha hecho y sigue haciendo para que se logre la unidad de los cristianos. Con este espíritu que nos anima, es de desear que, dondequiera que los fieles católicos y armenios vivan juntos, prolonguen esos gestos fraternos mediante iniciativas constantes en los diferentes campos de servicio a los hombres. No perdamos ninguna ocasión para profundizar y aumentar nuestra colaboración concreta en esta única misión que Cristo nos ha confiado.

Santidad, alegrándome vivamente de la invitación a ir a Armenia, que también me ha hecho el presidente de la República, le doy las gracias por haberme comunicado su deseo de recibirme como huésped en su patriarcado de Echmiadzin, para reforzar nuestros vínculos y afianzar la unidad entre los cristianos. Pido al Señor que me permita realizar esta visita. A la vez que le agradezco este viaje a Roma, expresión muy simbólica de la fraternidad cristiana, le deseo una buena salud, para que pueda servir por mucho tiempo a su Iglesia. Imploro al Espíritu Santo que nos asista, para que seamos siempre servidores de los hombres y avancemos por el camino de la unidad a la que Cristo nos invita. Pido al Señor que bendiga a la Iglesia armenia, a sus pastores y a sus fieles. Ruego a la Virgen María, cuyo nombre encierra todos los misterios de salvación, como decía san Gregorio el Iluminado, que acompañe a sus comunidades con su ternura materna. Que el Señor le muestre su rostro y lo guarde en la paz.

 

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