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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II
A LOS PEREGRINOS QUE ASISTIERON
A LA BEATIFICACIÓN DEL PADRE PÍO
Lunes 3 de mayo de 1999
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Con gran alegría me encuentro nuevamente con
vosotros en esta plaza, que ayer fue escenario de un acontecimiento que tanto
esperabais: la beatificación del padre Pío de Pietrelcina. Hoy es el día de
acción de gracias.
Acaba de terminar la solemne celebración
eucarística, presidida por el cardenal Angelo Sodano, mi secretario de Estado,
a quien dirijo un cordial saludo, extendiéndolo a cada uno de los demás
cardenales y obispos presentes, así como a los numerosos sacerdotes y a los
fieles que han participado.
Con especial afecto os abrazo a vosotros, queridos
frailes capuchinos, y a los demás miembros de la gran familia franciscana, que
alabáis al Señor por las maravillas que realizó en el humilde fraile de
Pietrelcina, seguidor ejemplar del Poverello de Asís.
Muchos de vosotros, queridos peregrinos, sois miembros
de los grupos de oración fundados por el padre Pío: os saludo afectuosamente,
al igual que a todos los demás fieles que, animados por la devoción al nuevo
beato, han querido estar presentes en esta feliz circunstancia. Por último,
quiero dirigir un saludo particular a cada uno de vosotros, queridos enfermos,
que habéis sido los predilectos en el corazón y la acción del padre Pío:
¡gracias por vuestra valiosa presencia!
2. La divina Providencia ha querido que el padre Pío
sea proclamado beato en vísperas del gran jubileo del año 2000, al concluir un
siglo dramático. ¿Cuál es el mensaje que, con este acontecimiento de gran
importancia espiritual, el Señor quiere ofrecer a los creyentes y a toda la
humanidad? El testimonio del padre Pío, legible en su vida y en su misma
persona física, nos induce a creer que este mensaje coincide con el contenido
esencial del jubileo ya cercano: Jesucristo es el único Salvador del mundo. En
él, en la plenitud de los tiempos, la misericordia de Dios se hizo carne para
salvar a la humanidad, herida mortalmente por el pecado. «Con sus heridas
habéis sido curados» (1 P 2, 24), repite a todos el beato padre Pío,
con las palabras del apóstol san Pedro, precisamente porque tenía esas heridas
impresas en su cuerpo.
Durante sesenta años de vida religiosa, pasados casi
todos en San Giovanni Rotondo, se dedicó completamente a la oración y al
ministerio de la reconciliación y de la dirección espiritual. El siervo de
Dios Papa Pablo VI puso muy bien de relieve este aspecto: «¡Mirad qué fama ha
tenido el padre Pío! (...) Pero, ¿por qué? (...) Porque celebraba la misa con
humildad, confesaba de la mañana a la noche, y era (...) un representante
visible de las llagas de nuestro Señor. Era un hombre de oración y de
sufrimiento» (20 de febrero de 1971).
Recogido completamente en Dios, y llevando siempre en
su cuerpo la pasión de Jesús, fue pan partido para los hombres hambrientos del
perdón de Dios Padre. Sus estigmas, como los de san Francisco de Asís, eran
obra y signo de la misericordia divina, que mediante la cruz de Cristo redimió
el mundo. Esas heridas abiertas y sangrantes hablaban del amor de Dios a todos,
especialmente a los enfermos en el cuerpo y en el espíritu.
3. ¿Qué decir de su vida, combate espiritual
incesante -librado con las armas de la oración-, centrada en los gestos
sagrados diarios de la confesión y de la misa? La celebración eucarística era
el centro de toda su jornada, la preocupación casi ansiosa de todas las horas,
el momento de mayor comunión con Jesús, sacerdote y víctima. Se sentía
llamado a participar en la agonía de Cristo, agonía que continúa hasta el fin
del mundo.
Queridos hermanos, en nuestro tiempo, en el que aún
se pretende resolver los conflictos con la violencia y el atropello, y a menudo
ceden a la tentación de abusar de la fuerza de las armas, el padre Pío repite
lo que dijo una vez: «¡Qué horror la guerra! Jesús mismo sufre en todo
hombre herido en su carne». Es preciso destacar también que sus dos obras, la
Casa de alivio del sufrimiento y los grupos de oración, fueron concebidas por
él en el año 1940, mientras en Europa se vislumbraba ya la catástrofe de la
segunda guerra mundial. No permaneció inactivo; al contrario, desde su
convento, perdido en el Gargano, respondió con la oración y las obras de
misericordia, con el amor a Dios y al prójimo. Y hoy, desde el cielo, repite a
todos que éste es el auténtico camino de la paz.
4. Los grupos de oración y la Casa de alivio del
sufrimiento son dos «dones» significativos que el padre Pío nos ha dejado.
Concebida y querida por él como hospital para los enfermos pobres, la Casa de
alivio del sufrimiento fue proyectada ya desde el comienzo como una institución
de salud abierta a todos, pero no por eso menos equipada que el resto de los
hospitales. Es más, el padre Pío quiso dotarla de los instrumentos
científicos y tecnológicos más avanzados, para que fuera un lugar de
auténtica acogida, de respeto amoroso y de terapia eficaz para todas las
personas que sufren. ¿No es éste un verdadero milagro de la Providencia, que
continúa y se desarrolla, siguiendo el espíritu del fundador?
Además, por lo que respecta a los grupos de oración,
quiso que fueran faros de luz y amor en el mundo. Deseaba que muchas almas se
unieran a él en la oración. Decía: «Orad, orad al Señor conmigo, porque
todo el mundo tiene necesidad de oraciones. Y cada día, cuando más sienta
vuestro corazón la soledad de la vida, orad, orad juntos al Señor, ¡porque
también Dios tiene necesidad de nuestras oraciones!». Su intención era crear
un ejército de personas que hicieran oración, que fueran «levadura» en el
mundo con la fuerza de la oración. Y hoy toda la Iglesia le da las gracias por
esta valiosa herencia, admira la santidad de este hijo suyo e invita a todos a
seguir su ejemplo.
5. Amadísimos hermanos y hermanas, el testimonio del padre
Pío constituye una fuerte llamada a la dimensión sobrenatural, que no hay
que confundir con la milagrería, desviación que siempre rechazó con
firmeza. Los sacerdotes y las personas consagradas deberían inspirarse de
modo especial en él.
Enseña a los sacerdotes a convertirse en instrumentos
dóciles y generosos de la gracia divina, que cura a las personas en la raíz
de sus males, devolviéndoles la paz del corazón. El altar y el confesonario
fueron los dos polos de su vida: la intensidad carismática con que celebraba
los misterios divinos es testimonio muy saludable para alejar a los
presbíteros de la tentación de la rutina y ayudarles a redescubrir día a
día el inagotable tesoro de renovación espiritual, moral y social puesto en
sus manos.
A los consagrados, de modo especial a la familia franciscana,
les da un testimonio de singular fidelidad. Su nombre de pila era Francisco, y
desde su ingreso en el convento fue un digno seguidor del padre seráfico en
la pobreza, la castidad y la obediencia. Practicó en todo su rigor la regla
capuchina, abrazando con generosidad la vida de penitencia. No se complacía
en el dolor, pero lo eligió como camino de expiación y purificación. Como
el Poverello de Asís, buscaba la imitación de Jesucristo, deseando
sólo «amar y sufrir», para ayudar al Señor en la ardua y exigente obra de
la salvación. En la obediencia «firme, constante y férrea» (Epist.
I, 488), encontró la más alta expresión su amor incondicional a Dios y a la
Iglesia.
¡Qué consolación produce sentir junto a nosotros al padre
Pío, que quiso ser sencillamente «un pobre fraile que ora»: hermano de
Cristo, hermano de san Francisco, hermano de quien sufre, hermano de cada uno
de nosotros. Quiera Dios que su ayuda nos guíe por el camino del Evangelio y
nos haga cada vez más generosos en el seguimiento de Cristo.
Que nos obtenga esto la Virgen María, a quien amó e hizo
amar con profunda devoción. Nos lo obtenga su intercesión, que invocamos con
confianza.
Acompaño estos deseos con la bendición apostólica, que os
imparto de corazón a vosotros, queridos peregrinos aquí presentes, y a
cuantos se hallan unidos espiritualmente a nosotros en este feliz encuentro.
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