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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE ONTARIO, CANADÁ,
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Martes 4 de mayo de 1999

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. En la gloriosa esperanza de la Pascua os saludo a vosotros, obispos de Ontario, alegrándome de que la promesa pascual «no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Ruego al Señor que durante estos días de vuestra visita ad limina Apostolorum el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos actúe poderosamente en vuestro corazón, para que podáis experimentar de nuevo su paz y su alegría en «el sagrado ministerio del Evangelio de Dios» (Rm 15, 16). Habéis venido de ciudades, grandes y pequeñas, de vastas áreas rurales de Canadá, de culturas tanto francófonas como anglófonas y de Iglesias del este y del oeste. Pero habéis venido a las tumbas de los Apóstoles unidos como hermanos en la comunión jerárquica, como pastores, y traéis las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las preocupaciones del pueblo de Dios que Cristo os ha llamado a servir. El ministerio de los obispos es complejo y exigente, y a veces sus numerosos apremios pueden ofuscar nuestra visión de lo que Cristo nos llama a ser y a hacer. Vuestra estancia en Roma es una ocasión que el Señor os brinda para hacer una pausa en el camino y concentraros una vez más en lo que realmente es importante, para realizar un balance de vuestro ministerio a la luz del amor del Señor a su Iglesia, y planificar el futuro con mayor valentía y confianza.

Vivimos en un tiempo de grandes desafíos para la comunidad católica, pero también es un tiempo de abundantes gracias; y nosotros, que guiamos al pueblo de Dios en su peregrinación, no debemos descuidar el don que se nos ofrece ahora. Nos encontramos en el umbral de un nuevo milenio, un tiempo de profundos cambios culturales que, como el milenio que está a punto de terminar, está lleno de ambigüedades. Sin embargo, en medio de situaciones complejas y contradictorias, toda la Iglesia se está preparando para celebrar el gran jubileo del bimilenario del nacimiento del Salvador, con la seguridad de que la misericordia de Dios hará maravillas por nosotros (cf. Lc 1, 49). Hay signos de que Cristo, plenitud de la misericordia de Dios, está obrando de un modo nuevo y maravilloso. Como en otros momentos significativos de su historia, la Iglesia afronta un juicio; será juzgada acerca de su capacidad de reconocer y responder a las exigencias de este «tiempo de gracia». Los obispos, mucho más que los demás, afrontamos este juicio: «Lo que se exige de los administradores es que sean fieles» (1 Co 4, 2).

2. El recuerdo de la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos sigue aún vivo en mi mente. ¿Cómo podría ser de otro modo, si fue una experiencia tan profunda de comunión episcopal con «la preocupación por todas las Iglesias»? (2 Co 11, 28). Desde la ciudad de México, la exhortación apostólica Ecclesia in America ha llegado a vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis como una apremiante invitación a comprometerse en la «nueva evangelización». La exhortación apostólica contiene muchos elementos para la reflexión y la acción; y hoy deseo considerar con vosotros precisamente uno de ellos. En ella se subraya que «evangelizar la cultura urbana es un reto apremiante para la Iglesia que, así como supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una evangelización urbana metódica y capilar» (n. 21). Los padres sinodales pidieron que la nueva evangelización, que describí como «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (Discurso a la Asamblea del Celam, 9 de marzo de 1983, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de marzo de 1983, p. 24). Y no cabe la menor duda de que se necesita esa evangelización al alba del tercer milenio cristiano, de manera especial en los grandes centros urbanos, donde actualmente vive un porcentaje cada vez mayor de la población. Como observaron los padres sinodales, en el pasado la Iglesia en Europa y en otras partes del mundo logró evangelizar la cultura rural, pero eso ya no es suficiente. Ahora estamos llamados a una nueva e inmensa tarea, y es inconcebible que podamos fracasar en la evangelización de las ciudades. «Fiel es el que os llama y es él quien lo hará» (1 Ts 5, 24).

3. El fenómeno de las megalópolis ya es antiguo y la Iglesia ha tratado de responder a él del mejor modo posible. En su carta apostólica Octogesima adveniens, de 1971, el Papa Pablo VI afirmó que la urbanización creciente e irreversible constituye un gran desafío para la sabiduría, la imaginación y la capacidad de organización de la humanidad (cf. n. 10). Subrayó cómo la urbanización en una sociedad industrial altera los estilos y las estructuras tradicionales de vida, produciendo en el hombre «una nueva soledad (...) en medio de una muchedumbre anónima (...) dentro de la cual se siente como extraño» (ib.). También produce lo que el Papa definió «nuevos proletariados», en los arrabales de las grandes ciudades, «cinturón de miseria que llega a asediar, mediante una protesta silenciosa, todo el lujo demasiado estridente de las ciudades del consumo y del despilfarro» (ib.). Así, surge una cultura de discriminación e indiferencia, que «se presta a nuevas formas de explotación y de dominio» (ib.) que hieren profundamente la dignidad humana.

Ésta no es toda la verdad sobre las megalópolis modernas, pero sí es una parte esencial, y plantea a la Iglesia, especialmente a sus pastores, un desafío urgente e ineludible. Se ha de reconocer que la urbanización brinda nuevas oportunidades, crea nuevos modelos de comunidad y estimula muchas formas de solidaridad; pero «en vuestra lucha contra el pecado» (Hb 12, 4), es precisamente el aspecto oscuro de la urbanización el que concentra a menudo vuestra atención pastoral inmediata.

Desde 1971, la verdad de las observaciones del Papa Pablo VI ha sido cada vez más patente, a medida que el proceso de urbanización ha ido incrementándose. Los padres sinodales destacaron que el desplazamiento de la población hacia las ciudades se debe con frecuencia a la pobreza, a la falta de oportunidades y a la escasez de servicios en las áreas rurales (cf. Ecclesia in America, 21). La atracción aumenta cada vez más porque las ciudades prometen empleo y entretenimiento, y se presentan como la respuesta a la pobreza y al aburrimiento cuando, de hecho, no hacen más que engendrar nuevas formas de ambos.

Para muchas personas, especialmente para los jóvenes, la ciudad se convierte en una experiencia de desarraigo, anonimato e injusticia, con la consiguiente pérdida de identidad y del sentido de la dignidad humana. El resultado es, a menudo, la violencia, que ahora caracteriza a muchas de las grandes ciudades, incluso en vuestro país. En el centro de esta violencia se halla una protesta que nace de una decepción profundamente arraigada: la ciudad promete mucho y da muy poco a un gran número de personas. Este sentido de decepción está relacionado, asimismo, con una pérdida de confianza en las instituciones políticas, jurídicas y educativas, pero también en la Iglesia y en la familia. En este mundo, un mundo de grandes ausencias, se tiene la sensación de que los cielos se han cerrado (cf. Is 64, 1) y que Dios está muy lejos. Es un mundo cada vez más secularizado, un mundo de una sola dimensión, que muchos sienten como una cárcel. En esta «ciudad del hombre», estamos llamados a construir «la ciudad de Dios»; y frente a un cometido tan arduo, tal vez sentimos la tentación de desalentarnos, como el profeta Jonás en Nínive, y renunciar a nuestra misión (cf. Jon 4, 1-3; Octogesima adveniens, 12). Pero el Señor mismo, como hizo con Jonás, nos guiará decididamente por el camino que ha elegido para nosotros.

4. Los padres del Sínodo no promovieron una nueva evangelización urbana de manera indeterminada: precisaron algunos elementos de la actividad pastoral que requiere dicha evangelización. Hablaron de la necesidad de «una evangelización urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la liturgia y el modo de organizar las propias estructuras pastorales» (Ecclesia in America, 21). Así pues, tenemos tres elementos muy precisos: la catequesis, la liturgia y la organización de las propias estructuras pastorales; esos elementos están radicalmente unidos a las tres dimensiones del ministerio del obispo: enseñar, santificar y gobernar. Aquí tocamos, queridos hermanos en el episcopado, el punto central de lo que Cristo nos llama a ser y a hacer en la nueva evangelización.

Estas tres dimensiones tienen como objetivo una experiencia nueva y más profunda de la comunidad en Cristo, que es la única respuesta eficaz y duradera a una cultura marcada por el desarraigo, el anonimato y las injusticias. Cuando esta experiencia es frágil, es probable que aumente el número de fieles que se alejan de la religión o se desvían a las sectas y a los grupos seudorreligiosos, que se aprovechan de su alienación y se desarrollan entre los cristianos decepcionados de la Iglesia, cualquiera que sea el motivo. Ya no se puede esperar que las personas acudan espontáneamente a nuestras comunidades; más bien, debe existir un nuevo impulso misionero en las ciudades, con hombres y mujeres generosos, sobre todo jóvenes, que se comprometan en nombre de Cristo a invitar a la gente a unirse a la comunidad eclesial. Se trata de un elemento central de la organización de las estructuras pastorales, necesario para una nueva evangelización de las ciudades. Esa evangelización dará un nuevo impulso como el que permitió el nacimiento de la Iglesia en vuestra tierra: me refiero, en particular, al compromiso heroico de Juan de Brébeuf e Isaac Jogues, de Margarita Bourgeoys y Margarita d'Youville. Sin embargo, ahora el objetivo es la ciudad, y aquí el nuevo heroísmo misionero debe resplandecer como lo hizo en el pasado, pero de manera diferente. Esto dependerá en gran parte del impulso y de la entrega de los misioneros laicos urbanos; éstos necesitarán también contar con la ayuda de sacerdotes verdaderamente celosos, que estén movidos por espíritu misionero y sepan cómo infundirlo en los demás. Es vital que los seminarios y las casas de formación sean considerados claramente como escuelas para la misión, formando sacerdotes que podrán ayudar a los fieles a convertirse en los nuevos evangelizadores que la Iglesia necesita ahora.

5. Cuando los fieles responden a la llamada del Señor y tratan de insertarse cada vez más en la comunidad de los creyentes, hay que enseñarles a cultivar la intimidad con Cristo, mediante la vida cultual y la catequesis, de las que hablaron los padres del Sínodo. El lugar privilegiado para esta experiencia sigue siendo la parroquia, a pesar de todos los grandes cambios que tienen lugar en el panorama urbano de hoy día (cf. ib., 41). Es verdad que la parroquia necesita adaptarse para afrontar las rápidas transformaciones actuales; pero también es cierto que, en el pasado, la parroquia ha demostrado que es capaz de extraordinarias adaptaciones, y que lo sigue siendo también hoy.

Sin embargo, frente a cualquier adaptación, es preciso tener presente claramente que por encima de todo es la Eucaristía la que revela la verdad inmutable de la vida cristiana. Por eso la liturgia desempeña un papel tan importante, y es necesario que los obispos y los sacerdotes hagan todo lo que está a su alcance para asegurar que la vida cultual de la Iglesia, especialmente la misa, se centre en la presencia real del Señor, pues «la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia» (Presbyterorum ordinis, 5). Esto exige a la vez una catequesis sistemática de jóvenes y adultos, así como un profundo espíritu de fraternidad entre todos los que se reúnen para celebrar al Señor. No hay que dejar que el anonimato de las ciudades invada nuestras comunidades eucarísticas. Hace falta encontrar nuevos métodos y nuevas estructuras para construir puentes entre las personas, de modo que se realice realmente la experiencia de acogida mutua y de cercanía que la fraternidad cristiana requiere. Podría ser que esta experiencia, y la catequesis que debe acompañarla, se realicen mejor en comunidades más pequeñas, como se precisa en la exhortación postsinodal: «Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de comunidades» (Ecclesia in America, 41). Esto tiene que hacerse con prudencia, para no crear nuevas formas de fractura; pero podría ser que resulte también «más fácil escuchar la palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el amor universal de Cristo» (ib.).

No sólo las parroquias, sino también las escuelas católicas y las demás instituciones, deben abrirse a las urgentes necesidades pastorales para evangelizar las ciudades, pero para eso deben asegurarse que la secularización no influya de ningún modo en su identidad católica. En Canadá, esta influencia es a veces fuerte, y vosotros, queridos hermanos en el episcopado, habéis luchado para oponeros a ella. Os exhorto vivamente a proseguir por este camino con valentía y lucidez, de manera que las instituciones católicas, precisamente por su identidad católica, puedan contribuir con eficacia a la obra de evangelización, tan importante para la Iglesia. Todo esto es parte fundamental de la tarea de vigilancia que Cristo ha confiado a los obispos.

6. Sin embargo, no hay que olvidar nunca que el desarrollo en el campo de las estructuras y la estrategia pastoral tiene como única meta llevar a los hombres a Cristo. Ésta fue la visión sencilla y luminosa del Sínodo, que se refleja en la exhortación postsinodal. Ciertamente, la gente aspira a esto, aunque a veces no lo percibe con claridad. La Escritura muestra sin lugar a dudas que no se puede encontrar a Cristo fuera de la experiencia de la comunidad cristiana. No podemos encontrar a Cristo sin la Iglesia, la comunidad de fe y la gracia salvífica. Es evidente que, sin la Iglesia, crearemos una idea de Cristo a nuestra imagen, y, por el contrario, nuestra tarea auténtica consiste en dejar que él nos cree a su imagen. El Nuevo Testamento describe con mucha precisión el encuentro con Cristo. Lo vemos de modo especial en el tiempo pascual, cuando leemos los relatos de las apariciones del Señor resucitado, que fueron precisamente la semilla del cristianismo entendido como una religión no sólo de iluminación, sino también y especialmente de encuentro. Los evangelios nos dicen que el encuentro con Cristo es siempre inesperado, transformante y comprometedor. La llamada de Cristo, como la llamada de Dios en el Antiguo Testamento, se dirige a personas que no la esperan, en un tiempo, en un lugar y de un modo que jamás hubieran podido imaginar. Es transformante en el sentido de que la vida ya nunca más podrá ser como antes: la llamada de Cristo, que dice «sígueme» (Mt 4, 19), tiene siempre un efecto transformador, con toda la conversión de vida que implica. Por último, a quienes se encuentran con él, Cristo les confía la tarea de ir a compartir con los demás el don que han recibido (cf. Mt 28, 19-20). Ésta, pues, será la triple forma del encuentro con Cristo, que afianza más profundamente a las personas en la comunidad de fe, y que sigue siendo el único propósito de su camino de fe dentro de la Iglesia.

7. En una comunidad más consciente de la presencia de Cristo la megalópolis encontrará el signo dado por Dios, que señala algo más allá de una cultura de desarraigo, anonimato e injusticia. Se alimentará la cultura de la vida que vosotros, queridos hermanos en el episcopado, os habéis esforzado con tanta constancia por promover; y esto, a su vez, dará vida a una cultura de la dignidad humana, el verdadero humanismo que está enraizado en el acto creativo de Dios y que es siempre un signo de la fuerza redentora de Cristo. Esta comunidad será la semilla de «la ciudad santa, la nueva Jerusalén que baja del cielo, de junto a Dios» (cf. Ap 21, 2). Nosotros hemos tenido esa visión de la Iglesia: por eso «hemos sabido que hay una ciudad de Dios y deseamos llegar a ser ciudadanos de ella» (san Agustín, La ciudad de Dios, XI, 1), pues allí «descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos» (ib., XXII, 30).

Alabando con nuestro corazón y nuestros labios a la santísima Trinidad, nos dirigimos a María, «Madre de América» (Ecclesia in America, 76). Que ella, por quien la luz surgió en la tierra, ilumine vuestro camino mientras avanzáis con vuestro pueblo en medio de las tinieblas para encontraros con el Señor resucitado. Encomendando la Iglesia que está en Ontario a su solicitud constante e invocando la infinita misericordia de Dios sobre vosotros, los sacerdotes, los religiosos y los fieles laicos, os imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

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