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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON
OCASIÓN DEL 50° ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL CONSEJO DE EUROPA*
Al señor JÁNOS MARTONYI ministro de Asuntos
exteriores de Hungría jefe del comité de ministros del Consejo de Europa
Cuando los pueblos de Europa comenzaron a reconstruir
su vida después de la segunda guerra mundial, el gran conflicto que devastó
todo el continente durante seis años, el deseo de establecer un nuevo orden
europeo encontró su primera expresión política y colegial en la creación del
Consejo de Europa, cuyo estatuto se firmó en Londres el 5 de mayo de 1949.
Así, el Consejo es la más antigua de las instituciones europeas, y fue la
primera que se dedicó a forjar una nueva unidad entre los pueblos del
continente, basada en los valores espirituales y morales que constituyen la
herencia común de los pueblos europeos. Los padres fundadores del Consejo de
Europa afirmaron que esos valores son «la verdadera fuente de la libertad
individual, de la libertad política y del papel de la ley» (Preámbulo al
Estatuto del Consejo de Europa, 1949), y pusieron así los cimientos de un
nuevo proyecto político europeo.
Esta noble visión se ha fortalecido y plasmado
ulteriormente de modo concreto con la firma del Acuerdo europeo sobre derechos
humanos y libertades fundamentales, cuya salvaguardia y aplicación se ha
confiado a un Tribunal europeo independiente de derechos humanos. Su
jurisdicción paneuropea sigue siendo aún un principio sin precedentes, al
afirmar que, en los casos contemplados por el Acuerdo, el respeto a los derechos
humanos trasciende la soberanía nacional y no puede subordinarse a objetivos
sociopolíticos o a intereses nacionales. El Tribunal ha demostrado que el
Acuerdo es un instrumento eficaz para proteger los derechos de la persona frente
al ejercicio incorrecto del poder por parte del Estado.
El espíritu de la democracia europea se afianzó aún
más gracias a la creación de la primera Asamblea parlamentaria consultiva, en
1949, única en aquel tiempo, que reunió a los representantes elegidos por los
Parlamentos de los Estados miembros del Consejo de Europa. Recuerdo con especial
alegría mi visita al Consejo de Europa, en Estrasburgo, en 1988. En el discurso
que pronuncié allí, elogié la visión perspicaz de los padres fundadores del
movimiento europeo, que logró superar los confines nacionales, las antiguas
rivalidades y los rencores históricos, para promover un nuevo proyecto
político según el cual las naciones de Europa deberían ensancharse y
construir una «casa común», fundada en los valores indispensables del
perdón, la paz, la justicia, la cooperación, la esperanza y la fraternidad.
Deseo repetir aquí lo que dije en aquella ocasión: Europa necesita redescubrir
y tomar mayor conciencia de los valores comunes que han forjado su identidad y
forman parte de su memoria histórica. El núcleo de nuestra herencia europea
común, religiosa, jurídica y cultural, es la singular e inalienable dignidad
de la persona humana. El Consejo de Europa, interpretando esta rica herencia
histórica, con la proclamación y la protección de los derechos humanos ha
puesto la base de sus iniciativas políticas. En la Declaración de Budapest, os
habéis comprometido a construir esa gran Europa sin confines, afirmando «la
primacía de la persona humana en la elaboración de [vuestras] políticas» (n.
3).
El Consejo de Europa ha abierto sus puertas para
recibir las nuevas democracias de Europa central y oriental. De una Asamblea de
veintiún Estados, cuando me dirigí por última vez a los miembros del Consejo
de Europa, vuestro número ha ido aumentando, y hoy son cuarenta y uno los
Estados miembros.
El 50° aniversario de la fundación del Consejo de
Europa coincide con el décimo de los dramáticos acontecimientos de 1989, que
abrieron el camino a la reunificación de este continente, sobre la base de los
ideales y principios que son la herencia común de los Estados que pertenecen a
la familia europea. Las «armas de la verdad y la justicia» (Centesimus
annus, 23) -la verdad sobre el hombre y la justicia a la que aspira la gente-,
promovidas por una protesta pacífica, produjeron la caída de los sistemas
políticos que, fundados en una ideología extraña, habían dividido a los
pueblos de Europa. El error fundamental del totalitarismo era de carácter
antropológico (cf. ib., 13). El bien del individuo se subordinó al
orden sociopolítico, y la consecuencia fue que la persona humana, como sujeto
moral, desapareció. Esta concepción errónea de la persona llevó a una
profunda desviación de la finalidad y la función de la ley, que se convirtió
en un instrumento de opresión más que de servicio. Con programas de asistencia
bien preparados, destinados a promover el desarrollo y la consolidación de la
estabilidad democrática en los Estados independizados durante los últimos diez
años, el Consejo de Europa ha contribuido a remediar esa desviación y a poner
las bases de una auténtica democracia. Dadas las limitaciones de los modelos
actuales de sociedad para ejercer la libertad política, la igualdad social y la
solidaridad, espero vivamente que el Consejo de Europa ayude a las naciones
miembros y a todo el continente a afrontar de modo creativo los nuevos desafíos
que se presentan.
Como valoro los esfuerzos hechos para eliminar las
causas de la división política, así también confío en que ustedes aprecien
mi ardiente deseo y mi esperanza constante de que se superen asimismo las
divisiones religiosas en la familia europea, especialmente en este tiempo en que
la Iglesia está comprometida en un diálogo fructuoso con otras comunidades
religiosas, que también han dado su contribución a la rica herencia espiritual
y cultural de Europa.
Conozco muy bien y comparto plenamente la inquietud
del Consejo de Europa por los trágicos y violentos acontecimientos que se han
producido en los Balcanes y, en particular, en Kosovo. Os exhorto a no
desanimaros y a proseguir vuestros loables esfuerzos para contribuir a poner fin
a la violación de los derechos humanos fundamentales y a la ofensa de la
dignidad humana. Es preciso encontrar medios respetuosos de la ley y de la
historia, que reúnan las condiciones necesarias para construir un futuro
positivo para las naciones implicadas en el actual conflicto. Os aliento a
perseverar en vuestra noble vocación de establecer un nuevo orden europeo
basado en la prioridad de los derechos humanos, los principios democráticos y
el papel de la ley. Una vez que los estragos de la guerra hayan terminado, el
Consejo de Europa será la institución más adecuada para promover una nueva
cultura política en el sudeste de Europa y podrá fomentar la reconciliación
entre los pueblos, cuyas energías físicas, morales y espirituales han sido
disipadas por la violencia y la destrucción.
Al presidente del comité de ministros y al secretario
general del Consejo de Europa, a los ministros de Asuntos exteriores y a los
representantes de los Estados miembros y de los Estados candidatos del Consejo
de Europa reunidos en Budapest, así como a los representantes de los Estados
observadores y a los funcionarios más antiguos del Consejo de Europa, les
envío mi cordial saludo, y ruego a Dios que los bendiga abundantemente y
recompense sus esfuerzos por consolidar y acrecentar la unidad de los pueblos de
Europa.
Vaticano, 5 de mayo de 1999.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 25 p.18.
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